Entre Izabal y Zacapa: caballero en su mula
Por: Lic. Mayra Beatriz Martínez

Martí arribó a tierras guatemaltecas, en fecha no precisada de la segunda mitad de marzo de 1877. La goleta en que se trasladaba había logrado transponer la barra arenosa que lo separaba de la costa, tras “bravos esfuerzos para romper su cárcel submarina”, como refiere a inicios de su crónica “Livingston”[1] –su primer texto guatemalteco– y es llevado a tierra en una canoa, que atraca en el pequeño poblado homónimo. En esas anotaciones, hallamos un mediador que comienza a identificarse con nuestros entornos socio-culturales, a pesar de reproducir todavía, en buena medida, narraciones maestras de la modernidad. Adopta la primera persona como narrador homodiegético, aunque, al referir ciertas vivencias concretas, que adivinamos como personales, se enmascara tras el uso de la tercera persona: manifiesta una voluntad heterodiegética en función de distanciarse de lo narrado,[2] según proceder que repetiría mucho en su periodismo –sería allí “el huésped” y “el viajero”. No obstante, al relatar su encuentro con la población garífuna y describir la vida cotidiana del caserío, no oculta la satisfacción que lo involucra emocionalmente: “Es un pueblo moral, puro, trabajador. A eso lo invitan y lo obligan […] ese alto bosque que tienen a su espalda, ese ancho mar que tienen a su frente, y esa masa de cocos que se han abalanzado sobre la costa, como abriendo los brazos de la generosa América al viajero.—Ah! y qué contento!”.[3]

Se embarcaría nuevamente para abandonar la Bahía de Amatique y remontar el Río Dulce, ruta que describiría en un segundo texto, el llamado “Diario de Izabal a Zacapa”, otra crónica de viajero: “traía el alma robusta con el magnífico espectáculo que a ambos lados ostentan las majestuosas orillas de un gran río; como alas se habían pegado a mi alma aquellos cortinajes de verdura, prendidos en el cielo, mal sujetos sobre las ondas del Río Dulce, salpicados los movibles pliegues por aves blancas y pajarillos de colores”.[4] La grata impresión de ese recorrido se mantendría fresca en su memoria a lo largo de muchos años y a ella volvería en escritos de diversa índole –como en “Plátanos” de 1883 y “Guatemala, la tierra del quetzal” de 1888.

Dejando atrás El Golfete –“lago que el río lleva en el seno”–, nuestro peregrino accedería, finalmente, al amplio Lago de Izabal el 25 de marzo, tal como se colige de la lectura de “Diario…”. Al respecto, parece necesario atender al criterio del antropólogo guatemalteco Arrivillaga Cortés, quien afirma que los viajeros en tránsito hacia la capital arribaban al original pueblo o “puerto de Izabal” –como lo menciona Martí–, un asentamiento de escasa población ubicado en la ribera sur del lago,[5] que desde antiguo, funcionaba, sobre todo, como “depósito de los productos indígenas y de las mercancías extranjeras importadas por cabotaje”.[6] En ese humilde caserío, Martí se hospedó precariamente, adquirió lo indispensable y contrató al arriero que lo conduciría. Relata en “Diario…”: “Compré mi hamaca de pita, y mi sombrerillo de petate,—que todo junto vino a ser un peso,—pagué doce reales por dos huevos que comí, y una noche que no dormí”.[7] Desde ese fondeadero arrancaba “el llamado Camino de los Españoles, […] ruta de ascenso a la Sierra del Mico”,[8] que llevaba a escalar abruptas y selváticas montañas y a pasar por la aldehuela indígena de su nombre, enclavada en plena Sierra de las Minas –con sus “pobres y aisladas casas”, cuyos techos y paredes se cubrían con hojas “macana”, tal cual menciona en “Diario…”.[9] La senda era la usada históricamente por comerciantes importadores y exportadores quienes, como él, accedían al gran valle del río Motagua y seguían, junto a sus orillas, el viejo Camino Real, al cual Martí calificaría de “ancho camino carretero”. Así, tras el descenso, pasaría por las aldeas Quiriguá y La Palmilla –inmediata a Los Amates actual–, el caserío El Roblar –alrededores de Gualán– y el poblado de San Pablo. En anotaciones sueltas, vinculadas a “Diario…”, hallamos una lista de sitios en orden cronológico, que permiten reconstruir con certeza el itinerario durante este segmento de la ruta.[10] También podemos hallar noticias aclaratorias en su posterior ensayo Guatemala: “Quédense tras nosotros el Mico, desde donde se es, en empinada cumbre, vecino del alto Cielo, dominador del ancho mar, y Quiriguá, y Gualán, donde tan buenos gallos riñen, donde tan buen café cosechan, donde tan hospitalariamente acogen”.[11]

Como se sabe, el “Diario de Izabal a Zacapa” fue un texto íntimo, en formato de carta, que pretendía dirigir a sus amigos Fermín y Eusebio, quienes, con toda seguridad, querrían mantenerse al tanto de sus peripecias en la tierra natal paterna.[12] El esmero literario que alcanza la prosa tanto en él como en “Livingston” resulta sorprendente en un manuscrito no concebido para ser publicado. Ambos poseen coincidencias notables. Aún se apegan temática y formalmente a códigos románticos, usuales en las crónicas de viaje. Exaltarían, obviamente, lo singular, lo costumbrista, el carácter aventurero del recorrido. En “Diario…”, su “imaginación enamorada de lo heroico de un viaje”[13] narraría el trayecto por la sierra con visos de una extraordinaria empresa épica:

Respiro un aire nuevo, y me va bien; bien a fe sobre estas crestas. Son las unas de piedras puntiagudas; las otras de pendiente arenosa; estas de césped resbaladizo, aquellas de colosales capas pétreas, sobre las cuales se deslizan velozmente los cascos de la mula, que va a caer sentada y yo sobre ella, al lado de un precipicio, cuyo fondo, casi invisible desde lo alto, ofrece las sombrías igualdades de lo negro, atractivo, vertiginosamente atractivo, como todo lo oscuro y lo profundo. El peligro enciende la sangre en los caminos, como en los campos de batalla la enciende la pólvora. El accidente es el placer de los viajeros. Tal pico asombra por enhiesto, y a él hemos de ascender, bajo el fuego del Sol y sin la sombra de los árboles, al rayar el Sol en mediodía. Tal cripta o abra espantan y los llaman por lo inclementes. El Infierno; y allá hemos de bajar, resbalando al borde de barrancos sobre lechos de piedras, envueltos en tales velos que no penetra por ellos ni un rayo siquiera de las luces, blandas y plenas, de la Luna. Aquí, más que silba, ruge y gruñe la víbora […].[14]

Se observa, sin embargo, que por momentos abandona el estricto apego al yo, a la preminencia individual del típico autor romántico sobre su escrito, que describe y juzga la realidad únicamente a través del prisma de sus sentimientos, para hacer espacio a las visiones y voces de otros. Asimismo, hallamos una prosa muy asentada en el trabajo tropológico, ligada entonces a una percepción más sensorial, impresionista, de entornos y personajes, que se acentúa en “Diario…” –“alma robusta”, “luces blandas”, “olor de pasajero”. Desenfadados neologismos adjetivales –jarretuda, esqueletosa, idolesco, abarrilado…–, que serían marca de su estilo maduro, ya conviven allí con la observación consciente de las conductas lingüísticas de los distintos grupos de hablantes. Atesora términos y giros para él inusitados. No solo recoge localismos y los pone en boca de quienes intervienen en los diálogos que reproduce, sino que aparecen subrayados oficiosamente como parte de la narración misma: nínámia, nírá, niráju, baba, dada, del garífuna; totopoxte, marquerote, comal, apencar, coches, pisto, volido, la mayoría de uso común entre indígenas, ladinos y la población blanca humilde. Destaca otros del español castizo, que habían adquirido allí otros significados –apencar, semita, tortilla– o que desconocía entonces –humar. Cita frases enteras, provenientes del habla popular, que han avivado su curiosidad y podían alimentar el tono humorístico del relato. Lo vemos en “Diario…”: “le cuadraba mi modo, que ya la bestia estaba impuesta a mi costumbre”.[15]  Allí bromea constantemente sobre lo que advierte –“ese cuerpo, cuadrado y desenvuelto, es tan feo que parece enfadado”–[16] y, en muchas ocasiones, la burla se orienta hacia sí mismo, hacia su triste figura sobre “la más pequeña, rebelde y mal intencionada mula que vio nunca la montaña de Izabal”:[17] “Y ¡este león rugiente, este corcel de Arabia, y esta águila altanera que yo me siento aquí en el alma!―Imagina todo esto, a horcajadas sobre una innoble mula”;[18] “¿Quién me diera una mula pegasiana? Pero ahí está el tarjetero, y lo tiene en la mano el padre Homero: ‘No se admiten mulas en el Olimpo’.”[19] Transcribe un intercambio con la hostelera “de cuerpo abarrilado”,[20] donde se enorgullece de su “lengua ciudadana”, pero se mofa de su propia mala pronunciación:

—¿Qué me manda? me dice de una manera tan abreviada y rápida, que un oído no habituado no la entendería.—

Este—¿qué me manda, o qué manda?—vale lo mismo que el bueno eh español, que el ¡Señor! servil, que el plaît-il francés, que el estirado Sir británico. Equivale al ¡ay! que a cada instante grazna mi arriero.—Y como yo hablo de prisa, y me falta el diente, y mal me avengo a acampesinar mi lengua ciudadana, sucede que muy a menudo me interrumpen o responden con:

—Ay!

—Qué me manda?

—Qué manda?

—Qué me dice?[21]

Sin embargo, también introduce meditaciones perspicaces sobre el tema. Acota respecto a los garífunas en “Livingston”, por ejemplo: “hablan su caribe primitivo, su dialecto puro: ellos no lo han mezclado, como en México, con palabras españolas para las innovaciones españolas. O han inventado sus palabras, o las tenían, lo que acusa natural riqueza”.[22] Y en “Diario…”: “Un lenguaje singular revela un espíritu recto. Los pueblos de lengua sobria, aquellos pueblos de semilla y de raíz, como gastaban poco en lengua, gastaban mucho en natural grandeza”.[23]

Desde el punto de vista de la focalización del emisor su posicionamiento evoluciona. En “Diario…” asume el relato como narrador-protagonista. Oscila entre una voz homodiegética y otra autodiegética –relata como testigo y, además, se incluye en ocasiones como participante, adoptando una visión múltiple.[24] Cabría atender en torno a la concepción de ese documento que, en realidad no es propiamente un diario: no fue escrito de modo simultáneo a la ocurrencia de los hechos. Como él explica, fue concebido de un tirón, días después de los acontecimientos, mientras tuvo que detenerse a causa de las ceremonias de Semana Santa. Inclusive, da inicio a su texto in medias res; es decir que el discurso narrativo comienza en un punto medio de la historia a contar, y continúa haciendo una retrospectiva o analepsis a partir de una introducción. En ese primer segmento, concierta un pacto narrativo con sus lectores previstos –Fermín y Eusebio. Aporta datos acerca de su presencia en Zacapa –donde terminaría, luego, el relato– tras de lo cual retrocede temporalmente a su primera jornada en Izabal. El sucinto relato de las circunstancias que lo rodean cuando suspende la marcha, no le impide legar imágenes de los festejos católicos que tenían lugar y de la peregrinación zacapeca que contemplara.

Tal vez, la elaboración literaria de “Diario…” provoque que haya sido valorado más como pieza narrativa, pasando por alto su valor testimonial. No ha sido el cubano considerado entre los escritores viajeros de paso por la Guatemala decimonónica, aunque sus observaciones bien podrían aportar al conocimiento de los entornos naturales y culturales que caracterizaban aquella principal vía por la que transitara. Desde luego, no fue la suya una relación demasiado abundosa en referencias concretas aprovechables, tales como las de los ingleses George Alexander Thompson y Henry Dunn –comisionados en distintas épocas para informar al gobierno británico sobre la región–; del cónsul general de Holanda para América Central, Jacobo Haefkens; del naturalista francés Pierre Marie Arthur Morelet o el explorador estadounidense John Lloyd Stephens –cuya obra, por cierto, Martí conocería y admiraría después. Ellos, entre otros, fueron típicos y pragmáticos viajeros ilustrados, quienes se mostraban afanosos por adquirir saberes útiles para sus distintos países y continuaban alimentando de distintos modos la narrativa colonial en torno al “otro”.[25] Lógicamente, la intencional exactitud y la claridad con que reportaran sus experiencias ha provocado mayor interés entre los académicos.

Pese a eso, no es para desdeñar lo que reseñara Martí en “Livingston” y “Diario de Izabal a Zacapa”: hallamos un autor que sí poseía la preparación del típico viajero ilustrado, informado y culto, y que empleara un modus operandi semejante, aunque difirieran sus propósitos. Sus desplazamientos se conectaron siempre con circunstancias más acuciantes y objetivos menos utilitarios –exilio forzoso, sobrevivencia económica, labor política… Aquel recorrido de arribo a Guatemala representó un momento excepcional respecto a su apreciación de los contextos mesoamericanos, más cercana que nunca antes; en especial, porque no contaría con la compañía de un colega o amigo conocedor, en función de mediador erudito, como sucediera durante su período mexicano. A falta de términos precisos, intentaría hacer su propia traducción de las realidades que encontrara a partir, justamente, del lenguaje poético. Legaría, no obstante, importantes indagaciones de sesgo antropológico: examinaría costumbres, dieta, herramientas, viviendas, vestuarios; describe las economías. Noticiaría sobre flora, fauna y clima. Haría bocetos –de los arrieros, una montura, la mula en que cabalga.

Pese al interés que demuestra ante esas realidades nuevas no deja de marcar significativa distancia en algunos aspectos, como frente a la imagen de las mujeres indígenas, que rechazaría de plano. Al retratar a Lola, esposa del arriero Aniceto, comenta cómo las perfecciones que puede hallar en su forma estaban “abrutadas por la incultura” y se convertían “en fealdades numerosas por la falta de transparencia espiritual”.[26] No lo esconde; la “incultura” y la “presencia antiestética” de la arriera molestaban su “concepto de belleza pura, aristócrata”.[27] Termina por establecer su estupefacción ante aquel patrón femenino distinto: “El pensamiento de esta mujer es una piedra azteca; no se puede leer en ella sin ayuda de su marido […] Me entrego a mis urbanos pensamientos, y dejo su fraseo de bípedos a estas rocas talladas en lo humano”.[28] Así, denuncia su desazón personal ante la imposibilidad de comprender, desde su logos –sus “pensamientos urbanos” –, la conducta críptica de Lola –inaccesible “a la pregunta”.[29] Pone de manifiesto la incapacidad o la negativa de la indígena para manifestarse correctamente a través de códigos civilizacionales que no la contenían.[30]

Paradójicamente, podemos hallar manifestaciones críticas respecto a quienes desprecian los valores de la vida rural. Cuenta en torno a “una locuacilla hija de la hostelera, que pasó sus infancias en Guatemala [se refiere a la capital]; que es por mitad criada y señorita, y que mordería el polvo por hablar su horita cada día con algún caballero de ciudad”.[31] Enjuicia de este modo la sobreevaluación de la vida citadina y, por otra parte, elogia de forma indirecta la razón diferente, el conocimiento distinto de los habitantes de los entornos naturales: “[…] me despedí de un hombre díscolo, que en el lugar tiene fama de ignorante, y a mí me parecía un hombre sapientísimo, porque disentía en todo de mi manera de ser y de decir”.[32] Es fácil advertir dentro del propio texto, pues, un registro ambiguo con respecto al concepto de “ilustración” y ciertos atisbos de estructuración de una tabla de valores más contextualizada y menos aprensiva.

Era lógico que las estrategias martianas de representación de sujetos y contextos “extraños” se edificaran sobre la base forzosa de los referentes culturales que definían su propia identidad y desde los cuales, por fuerza, interpretaba. A nivel formal, constituyen asiento para asociaciones de sentido no solo como recurso estético sino para esbozar nuevos significados, operación metafórica inherente al proceso de cognición.[33] Refiriéndose a la “raza pura” de los afrodescendientes, que le “alegra los ojos”, compararía a las mujeres con Venus y con Hércules a los hombres en “Livingston”,[34] no para denigrarlos sino con afán de enaltecimiento. Esas convivencias pudieron resultarle impropias, extrañas, pero debieron condicionar, al cabo, variaciones en su perspectiva. “Diario…” refleja cómo, tras algunas primeras percepciones excesivamente incómodas, llegaría a considerar la revaluación de sus criterios, marcados por prejuicios consensuados. No fue comportamiento habitual en él hacer alusiones despectivas. Así, cuando describe el San Pedro llevado en procesión, precisa “que aún en formas ridículas inspira y merece respeto.[35] Llega a reconocer: “Con miedo escribo cuanto escribo, y hago cuanto hago, porque me posee, a la par que mi ciego espíritu, único, una reseca desconfianza de mí mismo, y temo que, como hoy corrijo dudas de ayer, haya de corregir mañana estas que, brusca y vehementemente, agito hoy”.[36]

Pese a sus buenas intenciones, se había sentido atrapado por circunstancias donde no sabía o no lograba desenvolverse. Tras el tránsito por caseríos de mayoría indígena, avista al fin Zacapa, centro importante de actividad urbana, y su alborozo fue total: “Es el olor a la población, que aviva las curiosidades del viajero. En la mitad del camino, la población más populosa, la única población verdadera que hay desde Izabal. Es el nombre mil veces repetido que, trocado en pueblo alegre, tengo a la vista. El oasis en la arena”.[37] Menciona los factores en que se asienta su aprecio: “A Zacapa! A Zacapa! Al pueblo de la pita y de los mangos!; a la ciudad del comercio y de los quesos! La que tiene cuartel, juzgado, plaza, violín, violón […]”.[38] Y los destacados son niveles vinculados a la construcción de la civilidad que acredita el proyecto moderno: “comercio”, “cuartel”, “juzgado”, “plaza”…, los poderes: económico, militar, legislativo, civil…

No existen anotaciones conocidas que relaten su avance con posterioridad a la permanencia en Zacapa: “Diario…” finaliza con una expresión que parece cierre lógico –“¡Esto es Zacapa!”.[39] No hace pensar, necesariamente, que quedara inconcluso. Sin embargo, igual cabe la posibilidad de que su continuación se perdiera. Recordemos que ese documento está compuesto por “apuntes de viaje, conservados fragmentariamente” –como indica nota al texto en Obras completas. Edición crítica.[40] Me inclino a suponer que halló un mejor medio de transporte, que tornó más rápido su desplazamiento –sin dar lugar a descansos en que pudiera escribir. De hecho, no había parecido muy complacido de que Aniceto lo acompañara hasta la capital, a pesar del amable ofrecimiento del arriero –“en dejando a la mujer, en el Jiote, para el apareo del frijolar, quería seguir conmigo a Guatemala. […] Sonreí por fuera, y me mordí el labio por dentro, con lo cual, diciendo a Aniceto que no, díjele que sí, y hasta con agradecimiento y con cariño”.[41] De modo que es muy probable que consiguiera librarse del compromiso y que continuara viaje en carreta.

Presumimos que, en ese trayecto final, debió pasar por las poblaciones de Chimalapa, Jícaro, Guastatoya, Sanarate, San José del Golfo hasta llegar al río Las Vacas, en las inmediaciones de la capital, lo que recordaría en el ensayo Guatemala: “vense a lo lejos, más allá del río, altas iglesias sobre ameno valle, vasto perímetro, diáfana atmósfera, gentil señora, bella y gran ciudad”.[42] Procediendo del Atlántico, pudo haber accedido a la ciudad por la entrada de Guarda del Golfo –actual 4ta calle, zona 6–, continuación del Camino Real –tramo conocido como Camino del Guarda Viejo. Anotaría en hoja suelta: “Ahora escribo para ‘La Revista de la Universidad’, por cuya calle, ¡dulce recuerdo supersticioso!―recuerdo que entré en la blanca Guatemala”.[43]

El “Diario de Izabal a Zacapa” fue expresión del entusiasmo que lo asistía en esos momentos, de su jovial ansiedad por comunicar experiencias y aprendizajes recién adquiridos, y menos en dedicarse a la reflexión. El carácter del relato, espontáneo, regocijado, travieso –por momentos, irreverente– se corresponde por la honestidad sin cortapisa que podría mostrar un muchacho de apenas veinticuatro años. Resulta, por tanto, sumamente útil, indispensable, para conocer de cerca al muy joven Martí.

 

[1] José Martí: “Livingston”, Obras completas. Edición crítica, t. 5, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2001, p. 47. En lo adelante, se referirá “José Martí” como “JM” y “Obras completas. Edición crítica” como EC.

[2] Usamos las categorizaciones de Genette. El narrador homodiegético testimonia, cuenta la historia como espectador de los acontecimientos, y el heterodiegético se encuentra ausente de la historia que cuenta (V. Gerald Genette, Figuras III, Lumen, Barcelona, 1989).

[3] JM: “Livingston”, ob. cit., p. 49.

[4] JM: “Diario de Izabal a Zacapa”, EC, t. 5, ed. cit., p. 53.

[5] Alfonso Arrivillaga Cortés: “El Camino Real del Golfo en la ruta de los viajeros”, Tradiciones de Guatemala no. 64, Centro de Estudios Folklóricos, USAC, Guatemala, 2005, p. 19.

[6] Arturo Morelet: El camino del Golfo. En Viaje a América Central, t. 2, Academia de Geografía e Historia de Guatemala, 1990, p. 368. Morelet realiza su viaje en los cuarenta del xix, pero en treinta años poco debe haber cambiado.

[7] JM: “Diario de Izabal a Zacapa”, ob. cit., p. 52.

[8] Alfonso Arrivillaga Cortés, ob. cit., p. 19.

[9] JM: “Diario de Izabal a Zacapa”, ob. cit., p. 57.

[10] Aparecen en hoja aparte, donde también incluye ligeros bocetos de los arrieros, mulas, la silla de montar y detalle de uno de sus estribos. Copio de anotaciones conectadas con “Diario…”: “Mico// […] Gualán// Roblar// Zacapa” (JM: “Fragmentos relacionados con el Diario de Izabal a Zacapa”, EC, t. 5, ed. cit., p. 82.

[11] JM: “Guatemala”, EC, t. 5, ed. cit., p. 255.

[12] Se ha considerado a José Mariano Domínguez y Salvajarregui, capellán guatemalteco, presunto padre adoptivo de Fermín y de Eusebio, pero se sospecha que ocultaba una paternidad legítima. Ramón Guerra cita su testamento, donde Domínguez refiere que Eusebio y Fermín fueron expósitos de la Real Casa de Maternidad de La Habana, a quienes él decidió amparar, sin aclarar si eran hermanos consanguíneos, lo que abre nueva incógnita (V. Ramón Guerra Díaz: “Fermín Valdés Domínguez: El amigo del alma de José Martí”. En Blogs.monografías.com. Disponible en https://www.monografias.com/trabajos82).

[13] JM: “Diario de Izabal a Zacapa”, ob. cit., p. 53.

[14] Ibídem, p. 55.

[15] Ibídem, p. 62.

[16] Ibídem, p. 75.

[17] Ibídem, p. 73.

[18] Ibídem, p. 53.

[19] Ibídem, p. 78.

[20] Ibídem, p. 65.

[21] Ibídem, p. 67.

[22] JM: “Livingston”, ob. cit., p. 48.

[23] JM: “Diario de Izabal a Zacapa”, ob. cit., p. 76.

[24] El narrador autodiegético es personaje principal y puede buscar la complicidad del lector (V. Gerald Genette, ob. cit.) dirigirse directamente a él. Martí, en su “Diario…”: “Y yo te aseguro, Eusebio amigo, que fue aquella una noche un tanto cruda” (JM: “Diario de Izabal a Zacapa”, ob. cit., p. 52); “Fermín hermano: a nuestros años se tiene siempre una panada de sueños dormidos”, ibídem, p. 53).

[25] Hoy se reconoce que los relatos de los viajeros ilustrados modernos no siempre eran filantrópicos, sino que revelaban elementos explotables y que sus relaciones eran fuente frecuente para científicos que trabajaban sobre esos conocimientos empíricos y arribaban a generalizaciones conducentes a resultados inexactos. Martí llegó a ser consciente de ello y, en Nuestra América, denunciaría a los “pensadores canijos, los pensadores de lámpara” contraponiéndolos al “viajero justo y el observador cordial […]” que él mismo se empeñó en ser (JM: “Nuestra América”, Obras completas, t. 22, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 22. En lo adelante, se referirá “Obras completas” como “OC”). Actualmente Esteban Krotz los ha aludido de manera asombrosamente similar: “antropólogos de escritorio” (V. Esteban Krotz: La otredad cultural entre utopía y ciencia, Fondo de Cultura Económica, México, 2002).

[26] JM: “Diario de Izabal a Zacapa”, ob. cit., p. 54.

[27] Ibídem, p. 62.

[28] Ibídem, pp. 54-55. La calificación “azteca” para Lola puede denotar un lapsus. Lola era maya o descendiente. Martí no debía ignorarlo.

[29] Ibídem, p. 54.

[30] Se sabe que ha sido comportamiento habitual. Las indígenas trataban de conservar su retraimiento, gracias a lo cual han protegido buena parte de sus valores tradicionales. Martí parece llegar a advertirlo: muchos de los datos que obtuvo respecto a la cultura material y vida cotidiana de esos pueblos los conseguiría dialogando con mujeres.

[31] JM: “Diario de Izabal a Zacapa”, ob. cit., p. 52.

[32] Ibídem, p. 53.

[33] V. George Lakoff y Mark Johnson: Metáforas de la vida cotidiana, Cátedra, Madrid, 1986.

[34] JM: “Livingston”, ob. cit., p. 47.

[35] JM: “Diario de Izabal a Zacapa”, ob. cit., p. 51.

[36] Ibídem, pp. 62-63.

[37] Ibídem, p. 80.

[38] Ibídem, p. 78.

[39] Ibídem, p. 81.

[40] Ibídem, nota 1, p. 55.

[41] Ibídem, p. 62.

[42] JM: “Guatemala”, ob. cit., p. 242.

[43] JM: “Fragmentos”, OC, t. 22, ed. cit., p. 291.