En busca de la libertad antillana: “Cuba” y “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano.”
Por: Ms.C. José Antonio Bedia Pulido

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El Caribe es un pequeño universo susceptible a múltiples definiciones, la más socorrida atiende a factores culturales y geopolíticos, incluye al mar homónimo sus islas los litorales de América del Sur Centroamérica y parte del territorio mexicano, aunque hay autores contemporáneos que también le añaden una porción del sudeste de los Estados Unidos. Este texto centra su vista en una porción del Caribe insular, la que enmarca a Cuba y Puerto Rico en sus luchas por la independencia, durante la segunda mitad del siglo XIX. Por entonces las islas comenzaban a patentizar sus identidades atendiendo a su proximidad geográfica, historias comunes y en múltiples similitudes económicas y culturales.

La inclusión del área en el mundo moderno, desde que por estas latitudes se desplazó la colonización española, provocó que ambas islas se convirtieran en escenario de un sinnúmero de hechos análogos durante siglos,[1] lo que favorecía visualizar sus identidades al calor de ideas redentoras. La particular importancia antillana durante el siglo XIX resulta fácil de percibir en las más diversas aristas geopolíticas del orbe;[2] ello obligó a nuestros próceres independentistas a dedicar sus obras, ya escritas, ya en actos, a defender y guiar una región en tránsito.[3]

Ramón Emeterio Betances y José Martí son equivalentes en cuanto a su preocupación por liquidar el colonialismo español y sus secuelas; el boricua y el cubano a la vez encararon la nueva dominación que se abalanzaba a partir de los cambios en la balanza de fuerzas internacionales.[4] Por demás ellos no comulgaron con la idea de que los males que afligen el área son endémicos de nuestra naturaleza, hombres y sociedad. Todo lo contrario, advierten que tales padecimientos son el resultado de situaciones históricas concretas; por ello sobre esta base coinciden en transformar las estructuras sociales existentes.[5]

En Betances y Martí el sentido estratégico del antillanismo debe tener como meta la libertad de Cuba y Puerto Rico, función que les obligó a sustentar una visión geopolítica regional para apoyar sus proyectos redentores, de ello Roberto González Gómez señala: “[…] el antillanismo de los grandes próceres del Caribe hispánico: […] Pone de relieve el vínculo entre estos patriotas y pensadores […] en un magno proyecto político […] pensado en función de frenar el expansionismo de la gran potencia norteamericana sobre América Latina, peligro que visionariamente advirtieron.”[6]

Este texto advierte sus coincidencias en la misión de la región con América Latina y la humanidad, enlaza con sus ideas sobre el equilibrio del mundo y les une en un proyecto revolucionario-cultural. En la presente ocasión nos ceñimos a dos textos: “Cuba”, publicado por Ramón Emeterio Betances el 10 de abril de 1874 en la Revista Latino-Americana de París[7] y “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América”,[8] escrito por José Martí, y difundido en Patria, Nueva York, el 17 de abril de 1894.

Ubiquemos estos textos en su ámbito epocal, el de Betances, cercano al estallido revolucionario que sacudió a Puerto Rico y Cuba luego del fracaso de la Junta de Información,[9] es expresión acelerada de los reclamos insulares. Entonces el propio Betances había redactado una “Proclama” (22 de diciembre de1867), alentando: “¡Puertorriqueños! No más dominio español en el bello mundo […] Alcemos la frente […] de hombres americanos, […] más altiva cuando ha sido tostada al sol de los combates; y al santo grito de Independencia”[10]. Pronunciamiento concordante con el “Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba, dirigido a sus compatriotas y a todas las naciones”, de Carlos Manuel de Céspedes, (10 de octubre de 1868), y que argumenta: “Al levantarnos armados contra la opresión del tiránico gobierno español […] que nos han obligado a dar este paso, […] // [porque] España gobierna […] con un brazo de hierro ensangrentado; […] y no se (le) concede otro recurso que callar y obedecer.”[11] La situación colonial obligaba a la toma de las armas, la economía daba paso a la política, no bastaba con “reformar” el sistema, la independencia compelía a buscar un puesto entre los pueblos libres de América.

Una vez más la política española fue incapaz siquiera de notar que solo a través de cambios podría dilatar aún su estancia en las Antillas. Por esa época “Lord Palmerston, admitiendo la posibilidad de la pérdida de Cuba por España, expresaba la idea de que ésta sería la única culpable, a causa del mal gobierno que mantenía en la Gran Antilla.” [12] Inglaterra, aceptaba la preponderancia norteamericana en las aguas del Caribe; ciertamente, finalizada la campaña secesionista los gobiernos norteamericanos retomaban su doctrina de “América para los americanos.”

[1] Desde el arribo europeo, las Antillas se integraron bajo el peso de la espada y el arcabuz, quedaron desplazadas luego por la conquista del continente, hecho que coincidió con la extinción de los aborígenes y el oro de las islas. Juntas sufrieron el dominio de su litoral por corsarios y piratas, quedando de esta época el sistema de fortificaciones construidas bajo la dirección de Juan de Texeda y Bautista Antonelli. La introducción de esclavos africanos, la extensión de la plantación. La rivalidad entre las potencia por el dominio regional (España, Inglaterra, Francia, Holanda, Alemania y los EE.UU.). La influencia del independentismo emanado del continente. La expulsión en 1837 de las Cortes, la opresión de las facultades omnímodas. La convocatoria y fracaso de la Junta de Información y los levantamientos de Lares y Yara, aparejado al consustancial trabajo pro independencia de cubanos y puertorriqueños brindan el sustrato a múltiples estudios sobre comunidades en la región.

[2] Refiriendo solo el siglo XIX, en 1805 el presidente Tomas Jefferson pensaba en ocupar militarmente la isla de Cuba a lo que se opusieron España, Inglaterra y Francia. En 1823 al promulgarse la Doctrina Monroe, los norteamericanos dejaron claro que no estorbarían a los españoles en sus dominios insulares, pero que esperarían “la fruta madura”. Bolívar percibe esta postura y previo al congreso de Panamá sufre la presión norteamericana a su proyecto de expedición libertadora hacia Cuba y Puerto Rico. La firma del tratado Clayton Bulwer en 1850 evidencia que los Estados Unidos aún no podían encarar a Inglaterra; sin embargo, hacia mediados de siglo, los estudios señalan que alrededor del 40% de las exportaciones cubanas y puertorriqueñas marchaban a los Estados Unidos. Cuando se producen los levantamientos de Lares y Yara, a pocos años de concluida la Guerra Civil, Estados Unidos todavía no eran la potencia que impondría la doctrina Mahan. El oeste y los territorios de Texas y Baja California le permiten, a la potencia emergente, ensancharse, aún, internamente. Sin embargo, el fenómeno expansionista norteamericano es algo apuntado preclaro por los independentistas antillanos, como traspatio abocado a sus aspiraciones económicas y lindes fronterizos.

[3] Sobre el particular Betances, en su texto “A los puertorriqueños, el 7de diciembre de1868, indica: “Yo creo en la independencia futura, próxima de mi país. Ella sola, por acuerdo de las demás Antillas, es capaz de salvarnos del minotauro americano. Martí por su parte, en “El Manifiesto de Montecristi. El Partido Revolucionario Cubano a Cuba.” el 25 de marzo de 1895 postula: “La […] independencia de Cuba, […] nudo del haz de islas […] es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y el [al] equilibrio aún vacilante del mundo.”

[4] La lidia por el dominio de los territorios antillanos desde el siglo XVI provocó el traspaso de poder de algunas islas. En la segunda mitad del siglo XIX se avizora ese conflicto con nuevos actores Alemania y los Estados Unidos. En realidad esta última emergente potencia es quien más aspiraba a cambiar el status antillano y Caribeño. El tratado Clayton Bulwer se veía abocado a la quiebra, Betances y Martí, consientes del equilibrio antillano, aprecian la independencia insular como acto de salvaguarda a la América Latina, e impedimento al expansionismo estadounidense.

[5] Este particular es refrendado por la mayoría de las aproximaciones al antillanismo decimonónico que se han realizado, baste citar los trabajos de: Antonio Gaztambidez: Encuentros y desencuentros entre el antillanismo y latinoamericanismo en Betances, Hostos y Martí. Pedro Pablo Rodríguez: La independencia antillana y el equilibrio del mundo en José Martí. Ramón de Armas: “Apuntes de la estrategia continental de José Martí: el papel de Cuba y Puerto Rico”. Paúl Estrade: La colonia cubana de París 1895-1898. La Habana, Ciencias Sociales, 1984. Emilio Cordero Michel: El antillanismo de Luperón.

[6] Prólogo de Roberto González Gómez al libro de Antonio Gaztambide-Géigel: Tan lejos de dios… Ediciones Callejón, San Juan, 2005, p. XI.

[7] Ramón Emeterio Betances: “Cuba.” (1874), en: Betances, Ramón: Ramón Emeterio Betances. Casa de las Américas, La Habana. 1983 Selección y prólogo de Haroldo Dilla y Emilio Godínez.

[8] José Martí: “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano El alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América.” (1894), en: José Martí. Obras Completas, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1991, t. 3. (en lo adelante OC.)

[9] La Junta de Información fue convocada por el Real Decreto del 25 de noviembre de 1865. Su objetivo central era someter a la consideración de sus integrantes un cuestionario. Las respuestas permitirían reunir la información necesaria para preparar un plan de reformas del sistema colonial.

[10] Ramón Betances: Ramón Emeterio Betances, Casa de las Américas, Selección y prólogo Haroldo Dilla y Emilio Godínez, La Habana, 1983, p. 59.

[11] Hortensia Pichardo: Documentos para la Historia de Cuba. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1976. T. I, p. 358-362.

[12] Ramiro Guerra: La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y de los países hispanoamericanos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, p. 288.

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