Decodificando los códigos
Por: Lic. Mayra Beatriz Martínez

Si bien la Guatemala ilustrada celebró inicialmente la llegada del joven José Martí, una parte de ella no dudó en censurarlo cuando dejó de mostrarse incondicional respecto a la política del gobierno. El 22 de abril de 1877, apenas un mes después de su arribo, el periódico El Progreso publicó un documento revelador de su autonomía de pensamiento, concebido a pedido del ministro Joaquín Macal: “Los códigos nuevos”. Sería una reflexión en torno a los Códigos civil y de procedimientos próximos a regir. Quizás, se presupuso que, siendo dueño de una voz de cierto prestigio acreditado, su análisis del reglamento podría inclinar a los lectores hacia la aceptación en vistas de que la opinión pública se hallaba dividida. Debió creerse que el examen martiano estaría condicionado por los favores recibidos por parte de figuras principales del gobierno y la intelectualidad, favorecedoras de su rápido establecimiento; que se plegaría incondicionalmente al ideario de los grupos implicados en renovaciones liberales no siempre justas.

Por el contrario, Martí se afanaría al trabajar imparcialmente y a fondo en el documento, tensando sus capacidades como jurista. En los análisis descubrimos las huellas de sus estudios de abogacía, tanto como de experiencias de camino y de razonamientos que, en consecuencia, surgían: como lo relativo al concepto de “nuestra América”. En “Los códigos nuevos” se advierte una precoz evolución de su pensamiento, que empieza a presagiar la futura reflexión de su ensayo Nuestra América. El inicio de “Los códigos nuevos”, justamente, parece entresacado de aquel:

Interrumpida por la conquista la obra natural y majestuosa de la civilización americana, se creó con el advenimiento de los europeos un pueblo extraño, no español, porque la savia nueva rechaza el cuerpo viejo; no indígena, porque se ha sufrido la injerencia de una civilización devastadora, dos palabras que, siendo un antagonismo, constituyen un proceso; se creó un pueblo mestizo en la forma, que con la reconquista de su libertad, desenvuelve y restaura su alma propia. […]

Toda obra nuestra, de nuestra América robusta, tendrá, pues, inevitablemente el sello de la civilización conquistadora; pero la mejorará, adelantará y asombrará con la energía y creador empuje de un pueblo en esencia distinto, superior en nobles ambiciones, y si herido, no muerto. ¡Ya revive![1]

Destacan aquí ideas que lo acompañarían: reconocimiento primario de una valiosa civilización americana antigua, de la violencia inherente a la civilización moderna occidental y de nuestra identidad peculiar mestiza. Fueron varios, pues, los aspectos del artículo martiano que alimentaron recelos dentro del círculo de poder y de la intelectualidad a ellos sometida. Previendo reproches –o conociéndolos de antemano– Martí manifestaría lo inquebrantable de sus criterios en una carta de 11 de abril –anterior a la publicación– y que, sintomáticamente, es dada a conocer junto con el texto. La escribe a Joaquín Macal, no como amigo sino como “Ministro de Relaciones Exteriores”:

Llego a Guatemala, y la encuentro robusta y próspera, mostrándome en sus manos orgullosa el libro de sus Códigos; lo tomo, lo leo ansioso, me entusiasman su sencillez y su osadía, y—encogido por los naturales temores de escribir donde no se es conocido, pero deudor a V. de algunos renglones,—esos que aquí van le envío, y no han de ser ellos los últimos que sobre tan noble y bien entendida materia escriba mi pluma apasionada. Apasionada de la grandeza y de mi deber”.[2]

También declararía: “el primer deber de un hombre de estos días, es ser un hombre de su tiempo. No aplicar teorías ajenas, sino descubrir las propias”;[3] “[e]scribo cada día sobre lo que cada día veo”;[4] “[h]ay una gran política universal, y esa sí es la mía, y la haré: la de las nuevas doctrinas”.[5] Encendió las alarmas. Mientras Macal, quien le había hecho el pedido, se desentendió del asunto al renviar la misiva martiana a El Progreso, el periódico introduce el artículo, además, con nota editorial orientada a salvar su responsabilidad. Presumiblemente escrita por Valero Pujol, revela la censura ejercida:

Se nos remite para su inserción una carta dirigida al Sr. Don Joaquín Macal, Ministro de Relaciones Exteriores, y un notable artículo sobre los códigos nuevos, ambas cosas escritas por el joven e ilustrado abogado cubano Don José Martí—. Con mucho gusto le damos cabida aun retirando parte considerable del original. Esto nos permite saludar al Sr. Martí, y felicitarle por su decisión en consagrar su talento y su fantasía a las nuevas doctrinas que son las de la civilización y del progreso […] necesitamos sin embargo declinar la responsabilidad de ciertas afirmaciones, como aquella con que comienza el artículo, no sea que pueda creerse aprobación tácita de opiniones que suponen una cultura extraordinaria en pueblos, que si fueron torpemente atropellados, pero que carecían de la grandeza y desarrollo que se les atribuye.[6]

¿Podría concebirse un descrédito mayor a un texto que se iba a publicar adjunto? Por suerte, lo que ha prevalecido hasta nuestros días es el valioso texto martiano –que “dejó plenamente esclarecido un concepto de identidad verdaderamente revolucionario para su tiempo” –,[7] y pasó al olvido piadoso la desafortunada apostilla de la redacción. La maniobra editorial era evidencia de que ya, en algunos sectores, se apreciaba como “nociva” la influencia martiana.

Tras el inicio impetuoso que destacamos, se aprecia un enfoque bastante moderado en el resto de “Los códigos…”, con seguridad, a consecuencia de lo mutilado. A pesar de su mención primera a los diversos elementos pluriétnicos que confluían en nuestro “pueblo en esencia distinto”, no hay referencia precisa al estatus especial de sus pobladores autóctonos ni al derecho que debía protegerlos.

Insistiría en el uso del término “pueblo”, aunque resulta visible que no se identifica con el real conjunto: la “nueva sociedad” republicana a que se alude estaría compuesta por quienes poseían derechos y obligaciones civiles y políticas –ilustrados; criollos blancos y ladinizados, sujetos con posibilidad de ejercer derechos. Serían los beneficiados por el “código patrio”, liberados de la “servidumbre agobiadora” de “leyes de las edades caducadas”. Las ventajas estarían disponibles para quienes aceptaran “educarse” y abandonar sus modos ancestrales. Claro es su mensaje: “No niegues, hombre terco. Estudia, y luego cree”.[8]

Significativamente, insta al respeto del “derecho natural” como el esencialmente justo –en la línea de Platón, los estoicos, Cicerón, Tomás de Aquino–, cuyos principios siempre son cognoscibles naturalmente por el hombre mediante la razón: “un nuevo Código Civil, […] no podía inventar un derecho, porque sobre todos existe el natural”;[9] “conserva lo justo, introduce lo urgente, y adecua con tacto a las necesidades actuales las ideas del Derecho Natural. Y eso quiere, y es, la justicia: la acomodación del Derecho positivo al natural”.[10] Se observa que entiende la necesidad de contextualización de una regulación como esa, aunque reconoce las limitaciones a que el reglamento estaba obligado –el respeto a “relaciones creadas” con anterioridad–, y en esa medida lo juzga como normativa perfectible: “No ha hecho un Código ejemplar, porque no está en un país ejemplar. Ha hecho un Código de transformación, para un país que se está transformando”.[11] Es evidente su implícita creencia en que el “código patrio” no contribuía a un Estado de derecho pleno, acorde con una democracia consecuente. Podría hacer notar, no obstante, aspectos provechosos: aprueba derechos para la mujer –“Da la patria potestad a la mujer, la capacita para atestiguar y, obligándola a la observancia de la ley, completa su persona jurídica”[12]–; aplaude la defensa de la propiedad –“Tiende a librar la tenencia de las cosas de enojosos gravámenes, y el curso de la propiedad de accidentes difíciles”–;[13] pondera la llaneza de su redacción –“En los pueblos libres, el derecho ha de ser claro. En los pueblos dueños de sí mismos, el derecho ha de ser popular”–,[14] entre otros aspectos.

Daba a entender que los términos del código no garantizaban igualdad ante la ley, lo cual era lógico: se promulgaba bajo la anuencia de un estado totalitario, que ejercía acoso sobre quienes no comulgaran con sus decisiones –tal cual no tardaría en comprobar en carne propia. Se muestra esperanzado, pero reconoce indirectamente sus fronteras: “Limita, cuando no destruye, todo privilegio. […] Y en aquello que no pueda ser cuanto amplio y justo debe, séalo lo más que la condición del país permita”.[15] Adelanta lo que considera de utilidad: la ventaja de contar, al menos, con un cuerpo legal que pudiera poner cierto freno a arbitrariedades. Precavidamente, distancia la administración de Barrios de acciones semejantes en vistas de que el gobierno aprobó el Código –“Bien ha dicho el Sr. Montúfar: no quiere ser tirano el que da armas para dominar la tiranía”–,[16] pero subraya: “se ha puesto en las manos del pueblo un arma contra todos los abusos. Ya la ley no es un monopolio; ya es una augusta propiedad común”.[17]

Definitivamente, nuestro analista también debió atenerse a lo que “la condición del país” le permitía. Pese a la circunspección que se propuso, aludida en la misma carta a Macal –“nunca turbaré con actos, ni palabras, ni escritos míos la paz del pueblo que me acoja”–,[18] su texto no cumplió las expectativas de quienes confiaran en él. Los hechos acontecidos en torno a su texto representaron, apenas, el arranque de las aprensiones que despertaría y de las presiones que comenzaban a cernerse sobre él, encargadas de determinar, al cabo, su partida.

 

[1] José Martí: “Los códigos nuevos”, Obras completas. Edición crítica, t. 5, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2001, p. 89. En lo adelante, se referirá “José Martí” como “JM” y “Obras completas. Edición crítica” como EC.

[2] JM: “A Joaquín Macal”, EC, t. 5, ed. cit., p. 83.

[3] Ibídem, p. 83.

[4] Ídem.

[5] Ibídem, p. 84.

[6] “Carta a Joaquín Macal”, en “Notas finales”, EC, t. 5, ed. cit., p. 332.

[7] Pedro Pablo Rodríguez: De las dos Américas (Aproximaciones al pensamiento martiano), Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2002, p. 15.

[8] JM: “Los códigos nuevos”, EC, t. 5, ed. cit., p. 90.

[9] Ídem.

[10] Ibídem, p. 92.

[11] Ibídem, p. 91.

[12] Ídem.

[13] Ibídem, p. 92.

[14] Ibídem, p. 93.

[15] Ibídem, p. 92.

[16] Ídem.

[17] Ibídem, p. 93.

[18] JM: “A Joaquín Macal”, ob. cit., p. 83.