Brumas en torno a la gestación del Manifiesto de Montecristi
Por: Mayra Beatriz Martínez

El Delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC), José Martí, escribe a Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra el 26 de febrero de 1895: “Hoy recibimos el cablegrama de Vds., en que no puedo leer más que estas palabras, que aún resplandecen ante mí: ‘revolución en Occidente y en Oriente’. Empezamos, pues: ahora a ayudar y rematar la obra. Acá, se está en lo que se debe”.[1]

Pero esa carta a Gonzalo y Benjamín, enviada desde República Dominicana –adonde había viajado por última vez, para reunirse con Gómez, recabar apoyo para la “guerra necesaria” de inicio inminente y preparar una expedición a Cuba–, aparte del contento martiano, nos parece trascendente por otra razón: allí se halla la que pudiera considerarse primera referencia a su futuro mensaje a Cuba enviado a nombre del PRC, más conocido, luego, como Manifiesto de Montecristi, que llevó fecha 25 de marzo. Lo alude como el primero de los temas que, según les confiesa, tiene pendientes: “Ya les hablaré después sobre las menudencias: manifiesto a América […]”.[2] Y avanza incluso algunas de los planteamientos que querría incluir:

[…] que la guerra es para que españoles y cubanos puedan gozar de la tierra ordenada en paz, y que la revolución, generosa y serena, jamás tratará como enemigo, en el cubano de hoy, al autonomista de ayer,—abrir, sin apresuramiento pernicioso e innecesario, las fuentes de recursos que enseguida hallarán empleo,—y, muy principalmente, mantener reunidas a las emigraciones, a comunicación continuo, valiéndose de cada ocasión, en la misma alma una, democrática sin lisonja, en que hemos juntado a ricos y a pobres, y que se ha de oponer, y se opondrá de sí misma, si no pierde la fe en nuestro cariño, a los que quieran negociarla o perturbarla.[3]

Más adelante en su texto, especifica destinos posibles: “Yo, en estos cuantos días, escribiré y les enviaré, para su instantánea y abundante distribución, los papeles necesarios de la Delegación para el país, para las emigraciones, para los pueblos de nuestra América, y en inglés para el Norte: y lo que el General, con su lengua de tajos, querrá sin duda decir al país”.[4]

Presumiblemente, comenzaba entonces a bocetar el célebre documento, pero lo aquejaba la falta de tiempo, disgusto que se refleja, una y otra vez en sus cartas. Es de imaginar que, en los más mínimos momentos libres, en cualquier alto en el camino, trabajaría con empeño en su redacción, de lo que podrían dar cuenta, a nuestro juicio, algunos de los varios bosquejos que se conocen previos a la versión final: dos borradores, también manuscritos –con muy numerosas tachaduras, correcciones y añadidos–, más otras anotaciones en hojas sueltas, que ponen de manifiesto la atención concienzuda que le fue dedicando. Son cuartillas de diversa naturaleza, lo que sugiere un proceso de concepción discontinuo, no sistemático.

Alusión al angustioso proceso de confección, a contrapelo de las contingencias, la encontramos, nuevamente, en carta a Benjamín y Gonzalo de 8 de marzo:

Han sido de incesante viaje estos días que pensé emplear en escribir: y el viaje sigue, como ven:—sin embargo, no faltará nada esencial,—a pesar de una premura tan penosa, que me saca la pluma de las manos.—Pero aquieten los nobles corazones—: en la casa del General escribo, que desde que llegamos es toda nuestra, y él no descansa; ni me deja caer […].[5]

Hechos, que ocurren en paralelo, nos ayudan a comprender cómo se va produciendo la maduración de las ideas que se plasmarían finalmente en aquella declaración. El 22 de marzo, estando Martí en Montecristi, el doctor Ulpiano Dellundé le enviaría una misiva desde Cabo Haitiano: le daría cuenta de noticias procedentes de Cuba, entre ellas el apresamiento de Pablo Borrero –sobrino de Paquito– a su llegada a Santiago de Cuba. Resulta interesante lo que Dellundé le advierte a partir de lo que le ha informado el dominicano Manuel de Jesús Peña y Reinoso: que en Cuba “[…] los españoles esperan que hablen los cubanos, es decir un manifiesto en que se les garantiza vida y propiedad”.[6] ¿Serviría este comentario vehiculado por Dellundé para enriquecer las ideas y, a un tiempo, urgir la preparación de aquel documento que ya venía ideando, encargado de explicar razones y principios de la guerra al país? ¿Le ratificaría ideas que ya habían salido en las conversaciones que habían sostenido en Cabo Haitiano? No parece caber duda.

No es extraño, pues, que, días después de firmado el Manifiesto…, el 28 de marzo, el Delegado le explicitara a Gonzalo y Benjamín su interés de que la proclama fuera conocida, en especial, por los españoles: “A sobre vivo,—sobres que pueden imprimir con varios lemas como de casas de comercio,—envíen, mucho, y continúen correo tras correo enviando, a todos los españoles de quienes sepan, y de quienes lean en los diarios. Y a quien reparta en Cuba, que los distribuya principalmente entre los españoles”.[7]

Evidentemente, y como mucho se ha dicho, Martí debió apresurarse en la redacción final durante los últimos momentos de su estancia en territorio dominicano, porque el propósito primero había sido que la expedición partiera el 25 –intención que se ve frustrada y postergada por sucesivos inconvenientes–: es la jornada en que, al cabo, firma el documento, en calidad de delegado del PRC, y Gómez, como general en jefe del Ejército Libertador. Cartas de despedida, fechadas ese día, subrayan la primitiva intención: a María y Carmen Mantilla, a doña Leonor Pérez, Gonzalo y Benjamín, y el inicio, al menos, de la famosa carta a Federico Henríquez y Carvajal. Todo esto es suficientemente conocido.

Pero querríamos incorporar una nueva consideración: durante las jornadas anteriores –entre el 23 y el 24, tras recibir la carta de Dellundé antes citada–, podría haber estado enfrascado ya en la versión final: es un período del cual no existen referencias ciertas de su actividad.

Es de imaginar que la concepción de un texto tan significativo para su proyecto de guerra necesaria, hubo de responder a una voluntad cuidadosamente meditada y no a un acto vehemente velozmente concebido –por genial que fuera su autor, como sabemos–, y que, al menos, durante el último mes, debió inspirarle anotaciones y hasta, quizás, alguno de los dos borradores que se conservan, tal cual era su costumbre –me refiero a anotar las ideas surgidas a la primera oportunidad. La insistente y pormenorizada elaboración que manifiestan esos borradores y anotaciones previas preservadas, la complejidad que alcanza la estructura del documento y la sutileza con que se argumentan sus planteos, lo sugieren, a pesar de que se trate de solo pocas cuartillas. Había sido un objetivo que se había propuesto cumplir, de antemano, en tierras dominicanas y previo a la salida –de regreso a Nueva York, como se le recomendaba, o hacia la manigua mambisa, como deseaba él.

Ibrahim Hidalgo destaca que en la carta martiana a Gonzalo y Benjamín, la cual comienza –o que fecha en su primera parte, para ser más precisos– 25 de marzo, es posible hallar prueba de que “aún no había escrito el manifiesto”.[8] Cito: “Ni sosiego, ni oportunidad, he hallado para ninguna declaración pública […]”.[9] Pero de ello no interpreto que no se hubiera iniciado el trabajo, sino que, al comenzar esa carta, aún no poseía la versión definitiva y publicable que ellos esperaban –la cual pudo materializarse, después, ese mismo día.

Por otro lado, nos resulta significativo que el documento que se considera definitivo –el rubricado y que llegó a poder de Gonzalo y Benjamín–, no deja de mostrar tachaduras, correcciones y añadidos. Pudieran haber sido marcas del “cuidadoso laboreo” que se menciona en la “Presentación” a la edición facsimilar de 1895,[10] que consideramos posteriores a su firma. En vista del estado de aquel documento original, no nos parecería tan insólito pensar que quisieran obtener alguna copia limpia. De ahí que estemos en disposición de considerar la vieja versión, defendida, en especial, por testimoniantes dominicanos de entonces y algunos estudiosos, relativa a que, ciertamente, se produjera, al menos, un pase mecanográfico bajo la vigilancia de Martí y del que fuera responsable el emigrado cubano Juan E. Bory, quien con tanta persistencia lo afirmara en artículos y entrevistas. Según Rodríguez Demorizi, diversos artículos de Bory –o sobre él– confirman este aserto. Cita las publicaciones El País (10 de junio de 1939), Información (16 de septiembre de 1948), Alerta (25 de marzo de 1952) y Carteles (20 de mayo de 1952).[11] También lo aseguraría, firmemente, Gerardo Castellanos en su Francisco Gómez Toro.

No vamos a evaluar, desde luego, si era interés de Martí y Gómez utilizar tal copia para que fuera impresa en Dominicana, ni quiénes pudieron participar en la empresa. Al no existir evidencia documental –conservación de algún ejemplar– cualquier análisis al respecto se resquebraja. Pero la posibilidad de un simple pase en limpio a máquina por parte de una persona de absoluta confianza como el santiaguero Bory, fiel colaborador de la causa, tesorero del club “Capotillo”, no parece algo que debiera descartarse absolutamente.

Quizás eso explicaría el por qué Martí no envía a Gonzalo y Benjamín el manuscrito del documento hasta el 28 de marzo siguiente. De hecho, en la segunda parte de la misiva que comienza con fecha 25, les adelantaría la noticia de la existencia del Manifiesto…, junto a la advertencia de que aún no pretendía enviárselos: “[…] el correo siguiente les llevará los documentos de otra especie que éste aún no debe llevar”.[12] Incluso, al día siguiente, 26, les despacha un cablegrama con la palabra clave acordada para la confirmación de su terminación: “vidi”. Él mismo se los recuerda en su misiva del 28, donde sí les adjunta el Manifiesto…[13] ¿Cuál habría sido la verdadera razón para esa dilación? ¿Solo revisarlo nuevamente e incluir las rectificaciones que observamos? ¿O realizar un pase en limpio que no ha sido hallado? Quizás algún día lo sabremos con certeza.

 

[1] José Martí: “A Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra”, Obras completas, t. 4, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 71.

[2] Ibídem, p. 73.

[3] Ídem.

[4] Ibídem, p. 74.

[5] José Martí: “A Benjamín Guerra y Gonzalo de Quesada”, Obras completas, t. 4, ed. cit., p. 82.

[6] “Del doctor Ulpiano Dellundé”, Destinatario José Martí (comp. Luis García Pascual), Casa Editora Abril, La Habana, 1999, p. 349.

[7] José Martí: “A Gonzalo de Quesada”, Obras completas, t. 4, ed. cit., p. 113.

[8] Ibrahim Hidalgo: “Nuevas facetas de los manuscritos del Manifiesto de Montecristi”, I Encuentro Científico Juvenil “Pensamiento y acción de José Martí” (mecanuscrito), La Habana, may. de 1985, p. 9.

[9] José Martí: “A Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra”, Obras completas, t. 4, ed. cit., p. 105.

[10] José Martí: Manifiesto de Montecristi. El Partido Revolucionario Cubano a Cuba (ed. facsimilar, pról. Centro de Estudios Martianos, Editorial de Ciencia Sociales), La Habana, 1985, p. VIII.

[11] Emilio Rodríguez Demorizi, Martí en Santo Domingo, Gráficas M. Pareja, Barcelona, 1978, p. 478.

[12] José Martí: “A Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra”, Obras completas, t. 4, ed. cit., p. 106.

[13] “Incluyo el manifiesto que le anuncié con la palabra vidi, conforme a la clave que llevó Manuel [Mantilla], en mi cablegrama del 26 […]” (José Martí: “A Gonzalo de Quesada”, Obras completas, t. 4, ed. cit., p. 112).