Recuerdo de Salvador Arias
Por: Pedro Pablo Rodríguez

Hoy 19 de marzo Salvador Arias hubiera cumplido 85 años  y en el Centro de Estudios Martianos hubiéramos hecho una fiesta íntima, es decir, de sus compañeros de trabajo, y quizás ahora en la tarde, cuando escribo estas breves líneas, estaría cantándonos alguna aria operática.

Siempre admiré su extraordinaria capacidad de trabajo, en la que volcó probablemente  esa cierta ausencia de compañía hogareña que lo caracterizó. Era tozudo y en ocasiones demasiado agresivo en algunos juicios sobre asuntos o personas que  le molestaban. Pero, dada su alma noble y desprovista de vanidades o intereses mezquinos, solía disculparse cuando lo estimaba necesario. Y más de una vez lo miré encogerse de hombros y esbozar una sonrisa algo irónica ante cualquier tontería, banalidad o estupidez de conducta.

Lo importante es, desde luego, que nunca dejó de trabajar, a pesar de  que nunca dispuso de un espacio propio para él y sus libros para hacerlo en lo que pudiéramos llamar su hogar. Por eso la oficina  fue su lugar para leer y escribir, y en ella, mientras pudo,  solía permanecer hasta  la caída  de la tarde o las primeras horas de la  noche, luego de una jornada comenzada bien temprano en la mañana.

Lo importante es, sobre todo, que no perdió tiempo, que fue un cubano entregado a su patria y a su labor de estudioso de las letras cubanas y particularmente  de la escritura de José Martí. Ahí está la prueba en su extensa bibliografía, con indudables informaciones y muy numerosos juicios personales, resultados de su tanta dedicación.  No es posible analizar  la literatura cubana del siglo XVIII ni del XIX, y hasta parte de la del XX, sin dejar de estudiarlo a él y de valerse de sus análisis y de sus juicios.

Eso, el trabajo, fue su recompensa, junto con el disfrute del arte musical y de la cinematografía. No pidió nada y estoy convencido de que fue feliz leyendo, entendiendo y escribiendo acerca de sus temas literarios. Supo trocar  la pluma por el fusil cuando la patria estaba amenazada. No solicitó honores, los recibió quizás con escasez  para todo lo que aportó. Y por todo eso, lo recuerdo con cariño  y respeto, y le agradezco cuánto me ayuda aún con sus textos.

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