Una novela en el Central Park

Inteligencia de las oropéndolas.
La América suele, para reparar en el comercio de la Naturaleza las fuerzas que se pierden en el de los hombres, salir a paseo por donde hay árboles coposos: y gusta de ver cómo los soles del verano disponen de igual manera al amor a los hombres y los pájaros, y cómo éstos revolotean en torno de las ramas, cual las imágenes, sueltas por el aire a modo de balcones de cetrería, danzan y giran, de vuelta de sus excursiones, en torno de la frente.

Por los lugares menos concurridos del “Central Park” suele pasear La América: que más le contentaría andar por selvas naturales, libres y robustas, que por jardines mondados y pulidos. Y allí tuvo ocasión de ver dos pajarillos que por su discreción se han hecho famosos.

La oropéndola es ave diestra e inteligente, y esta pareja de ellas lo es mucho.

Parecía que se veía trabajar al propio pensamiento cuando se les veía hacer su nido: como la observación va cogiendo hechos, y vaciándolos en la mente, que los reúne y trenza, y da luego en idea compacta y sólida, así recogían las oropéndolas hojas fibrosas, pedúnculos y gramas, y trabajaban su nido con ellas.

Iban y venían, como copos de oro: y como el pico, mayor que la cabeza, lo tienen ancho y recio, y son diligentes y busconas, el nido iba de prisa. Pero a poco observaron que la rama de que lo habían colgado era muy débil y se venía al suelo, a punto que ya tocaba el césped: lo que da miedo singular a las aves que, espantadas acaso del tiempo en que vieron sobre la tierra, no quieren que sus hijos nazcan en ella, y se interrumpa su camino al cielo.

Aletearon y piaron querellosamente los dos pajarillos. Se paraban en otra rama, y se movían en ella. Se juntaban como para consultarse, y separadamente, como para buscar, se perdían por el ramaje espeso.–Y volvían con tristeza, como dos esposos desdichados, a posarse sobre la rama débil.–Con el nido a medio fabricar, lleno ya de sus esperanzas y devaneos ¿qué harían ahora?: ni del amor impaciente, que les agitaba de adentro del pecho su plumaje de oro,–de su creador amor, qué harían? Porque el pájaro, más sabio que el hombre, no engendra hijos sino después de haberles procurado casa.–Ala contra ala seguían gimiendo los dos pajarillos.

De pronto, saltan sobre una rama que estaba como a unas quince pulgadas por encima del nido amenazado; la oprimen con el cuerpo y la sacuden; tienden sus cabecitas a la rama de abajo, como para medir bien la distancia; pían con menos dolor; unen un instante sus picos, y, por lados contrarios, vuelan.

Ya era de noche, y a la mañana siguiente se vio la maravilla. ¿Qué habían hecho las dos oropéndolas? ¿Llevado el nido a la otra rama? ¿Comenzado un nido nuevo? ¿Suspendido el amor hasta tenerle fabricada la casa? ¡Oh, no; que los novios no tienen espera! –Muchos pájaros saben tejer y anudar, y algunos, como el tejedor de la India, juntar por los extremos una hoja grande, en forma de embudo, y llenarla para recibir sus huevos.–Y estas oropéndolas amables y traviesas habían hallado por el suelo piadoso un trozo de cordón, pasádolo por encima de la rama fuerte, y sujeto con sus dos extremos colgantes las alas del nido, a donde ahora, en silencio, están calentando sus huevos. Como tienen las plumas amarillas, se ve, por encima del nido, como una espuma de oro.

La América. Nueva York, julio de 1884

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