Una distribución de diplomas en un colegio de los Estados Unidos

Una distribución de diplomas en un colegio de los Estados Unidos

Bachilleres Norte-Americanos y sus Discursos.

Quienes eran esos Bachilleres.

Estamos en un colegio afamado de los Estados Unidos, en un día de grados. Treinta son los alumnos favorecidos, y lucen en las manos sus diplomas, atados con cintas verdes, azules y encarnadas. Los aprietan con gozo, como si apretaran las llaves de la vida. De allí saldrán a verter luz, a mejorar ignorantes, a aquietar, elevar y dirigir: es grande la palabra francesa: “elevar” por educar. Los que han vivido, ven con tristeza a los que comienzan a vivir: y echar los colegiales a la vida parece como cortar las alas a los pájaros: lleno se ve el suelo de alas blancas. Pero la vida, que consume fuerzas, exige, para reparar el nivel, que periódicamente le entren por sus venas cansadas fuerzas nuevas. El candor y el empuje de los colegiales reaniman, aun cuando no se les sienta, la esperanza, la honradez y la fe públicas, tal como las aguas generosas de las nuevas lluvias bajan cargadas de las flores y yerbas fragantes de los montes vírgenes, a enriquecer con sus caudales la empobrecida corriente de los ríos.

Abre la sesión un pastor protestante: en los Estados Unidos, toda ceremonia, privada o pública, de gozo o de tristeza, bien sea fiesta de colegio, bien sea Congreso de delegados de un partido político, empieza con plegaria: el pastor, vestido de negro, alza los ojos al cielo e impreca sus plácemes; los oyentes, sentados en sus bancos, se cubren con la manos el rostro, que apoyan sobre el respaldo del banco vecino. Y aquella plegaria espontánea de hombres libres, vibra. Después, con las querellas de iglesia, la virtud de la plegaria desmerece. Una iglesia sin credo dogmático, sino con ese grande y firme credo que la majestad del Universo y la del alma buena e inmortal inspiran ¡qué gran iglesia fuera! ¡y cómo dignificaría a la religión desacreditada! ¡y cómo contribuiría a mantener encendido el espíritu en estos tiempos ansiosos y enmonedados! ¡y cómo juntaría a todos los hombres, enamorados de lo maravilloso y necesitados de tratarlo, pero que no conciben que pueda haber creado en el hombre facultades inarmónicas la naturaleza que es toda armonía, ni quieren pagar a precio de su razón y libertad el trato con lo maravilloso!

Estamos en el colegio afamado. Acabada la plegaria, sube a la tribuna uno de los alumnos graduados. Y tras él otro, y otro tras él. Hablan de cosas hondas en lenguaje macizo. No repiten de memoria las pruebas de la redondez de la tierra; ni disertan en párrafos halmescos sobre la capacidad y calificación del conocer; ni dicen de coro los nombres antiguos de las ensenadas, remansos y recodos de la histórica Grecia, como en nuestros tiempos nos hacían decir, con gran satisfacción de padres y maestros, que de muy poco en verdad se satisfacen: porque el plumaje gana colores con todos esos utilísimos conocimientos; pero el seso no queda aprovechado, ni la vida en que se ha de bracear enseñada, ni la manera de timonear por ella y precaverse contra sus angustias. En los colegios no se abre apenas el libro que en ellos debiera estar siempre abierto: el de la vida.

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