Un funeral chino

LOS CHINOS EN NUEVA YORK Creencias.—Ceremonias.—Ofrendas.—Trajes.—Cantos.—Emblemas.—Escenas curiosas.—La procesión.—El entierro.

Nueva York, octubre 29 de 1888

Señor Director de La Nación:

Por un instante cesó el afán de la política, y abrió paso Nueva York a los chinos vestidos de colores que con magnas honras, a usanza asiática, seguían el féretro del general ilustre de los Pabellones Negros, de Li In Du, que les ha muerto en los brazos. Pasen lejos ahora las procesiones de los partidos, las carretas de oratoria transeúnte, las músicas electorales. Hoy hay música extraña, la música de los funerales de Li In Du. Vamos, con Nueva York curiosa, a oírla.

Lii-In-Du fue persona valiente: derrotó a Francia en Tonquín: usó de su prestigio para favorecer a los amigos de la libertad: ni el prestigio le valió contra la persecución de los autoritarios, que no quieren sacar a China de su orden de clases: con la vida escapó apenas, seguido hasta San Francisco de algunos tenientes fieles: no peregrinó en el ocio, como tanto espadón de nuestra raza, que cree que el haber sido hombre una vez, defendiendo a la patria, le autoriza a dejar de serlo, viviendo de ella. ¡La libertad tiene sus bandidos! Y Li-In-Du no quiso ser de ellos, sino se empleó en traficar en cosas de su tierra, que es, con lavar ropa y servir de comer, en lo que por acá permiten a los chinos ocuparse. Porque si se ocupan en minas o en ferrocarriles, como a fieras los persiguen, los echan de sus cabañas a balazos, y los queman vivos.

Mott es en Nueva York la calle de ellos, donde tienen sus bancos, su bolsa, sus sastres y peluquerías, sus fondas y sus vicios. Hay el chino abate, sabichoso y melifluo, de buenas carnes y rosas en el rostro, de poco pómulo y boca glotona, de ojo diestro y vivo. Hay el chino de tienda, terroso de color, de carnes fofas y bolsudas, remangados la blusa y los calzones, el pelo corto hirsuto, el ojo ensangrentado, la mano cebada y uñosa, la papada de tres pisos, caída al pecho como ubre; y por bigotes dos hilos. Hay el chino errante, acorralado, áspero y fosco, que cargó espada o pluma y vive de memorialista y hombre bueno, mudo y locuaz por turnos, sujeto a ración por el rico ignorante que halla gusto en vengarse así de quien tiene habitada la cabeza. Y hay el chino de las lavanderías, que suele ser mozo e ingenuo, alto y galán de cara, con brazaletes de ágata en los pulsos; pero más es canijo y desgarbado, sin nobleza en la boca o la mirada, manso y deforme; o rastrea en vez de andar, combo y negruzco, con dos vidrios por ojos, y baboso del opio.

Pero hoy las tarimas del opio están vacías; los lavanderos tienen cerrada la tienda; no hay puerta a las casas de comestibles, llevan banda de luto en los balcones las farolas con que se anuncian las fondas. Mott y sus alrededores están llenos de gente de Asia, congregada para llevar a la tumba con honor a su prohombre Li-In-Du; lleno de los irlandeses e italianos, que comparten con ellos aquel barrio lodoso y fétido; lleno de curiosos de todas partes del mundo, que a millas repletan las calles por donde va a pasar la procesión.—El hombre amarillo lleva el ojo de la fiera cazada: va mirando a su alrededor, como para precaverse de una ofensa: va blasfemando a media voz, lleno el ojo de fuego: va con la cabeza baja, como para que le perdonen la culpa de vivir. Van en grupos, hacia la casa funeral: van de dos en dos, chato el sombrero negro, veste y calzón de paño azul oscuro, las manos cruzadas al pecho, los pies en las zapatillas de cordón, sobre las que danzan, como enaguas, los calzones: van entrando en la sala mortuoria, que es una caballeriza forrada hoy de negro, y en el techo dos fajas en cruz, negra una, y otra blanca; van, de dos en dos, postrándose ante el altar encendido, a los pies del cadáver, junto a dos mesas cargadas de la cabra, de los corderos, de las naranjas y pastelería cercadas de flores, que se servirán tres días después a los amigos del muerto en el banquete cinerario, que se celebra en silencio, y a la hora callada de la noche. De dos en dos van tomando ante el altar de las siete luces las tazas de óleo y arroz santo que les dan por comunión los sacerdotes de la túnica blanca, con banda y casquete negros. Y vierten las tazas de dos en dos en la cuba que aguarda la ofrenda al pie del ataúd, junto al tiesto donde arden en tierra fresca las velas del alma.

Y el muerto está en su ataúd de paño rico y mucha argentería, descubierto de la cintura a la cabeza de hombre firme, ojos hondos y metidos hacia la nariz, nariz de fosas anchas, boca fina apretada, la trenza de atrás traída como corona por la frente; y una mano al pecho cubierto de papel moneda de Asia, para pagar el portazgo del cielo. En tazas de bronce humean en torno los perfumes sagrados: la vela del alma de humo espeso de cera: a la cabeza del ataúd, en un pendón, están, en círculos blancos, los pecados del difunto, que ha de domar para ascender al elíseo que los corona, representado por una mancha negra. Ya no caben en las mesas las pilas de frutas, los cestos de nuez, las fuentes de limones, las torres del pastel funeral. Ya no tienen espacio los que llegan para abrirse camino hasta el altar, y prosternarse tres veces seguidas, y dejar en la cuba los óleos, y en las mesas las flores.

Pero no se mesan el cabello, ni se desgarran los vestidos, ni se descubren la cabeza, ni cesan de fumar, ni muestran pena por el cambio de Estado del que les defendió tan bien la tierra, al pie de la gran bandera roja. El que ha hecho mil y trescientas obras buenas, ¿no es inmortal por la ley de Tao, en los cielos? ¡vencer al francés fue más que hacer trescientas obras buenas, que es lo que se necesita para ser como teniente de la inmortalidad, o inmortal en la tierra! La vida es como la pared de la jarra, que contiene el vacío útil, el vacío que se llena con leche, con vino, con miel, con perfume; pero más que la pared, vale en la jarra el vacío, como la eternidad, dichosa y sin límites, vale más que la existencia donde el hombre no puede hacer triunfar la libertad. Morir ¿no es volver a lo que se era en principio? La muerte es azul, es blanca, es color de perla, es la vuelta al gozo perdido, es un viaje. ¡Para eso lleva bastantes provisiones!

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