Sobre Santiago Pérez Triana. Sociedad Literaria Hispanoamericana

Me siento como ungido, y este honor, en nadie hubiese podido recaer mejor que en quien recae por ser él persona distinguidísima. Este honor recae en quien debe porque al celebrar a D.S.P., no sólo celebramos sus méritos propios, como proféticos y patriarcales.

Hay en la tierra de Colombia algo como aquello de que hablé yo aquí una noche, celebrando dos bellas improvisaciones de Pérez Triana y Calderón, sobria la de Calderón, rica la de Pérez Triana, y cada una con algo de la otra: hay allá, como en todas partes, aunque en pocas en tanto grado, por ser en pocas tan grande y varia la riqueza, una fuerza literaria original y nativa, y un vuelo como el de sus aves, y una altura como la de sus montes, y una coloración como la de sus árboles, y una novedad como la de su naturaleza, que se ve en lo que desde el principio, desde las cárceles de la colonia, produjeran sus hijos, en la gracia de Trelles, en el colorido de Piedrahita, en los de San Nicolás, en la misma pasión angélica de la Madre Castillo. Por aquellas tierras hay tal jugo y poder que cuando sembraban cadetes, salían Bolívares; y cuando sembraban seminaristas, salían Zeas, coronados de ciencia; salía Restrepo, protegiendo con su cuerpo la razón desnuda, salía envuelto en la Declaración de los Derechos del Hombre como en fuego salía Nariño. Así es la tierra. Sembraban Marciales, Persios y Salustios, y sucedió que desde hace más de un siglo, adelantada Colombia en esto como en todo, propuso bravamente, y aun puso en práctica, la reforma contra el latín, que empieza ahora a triunfar en lo más culto de Europa y en esta parte de América. Porque en desdeñar el bien material, o posponerlo a las cosas del espíritu, hemos sido hasta ahora tan pródigos que nos íbamos quedando demasiado atrás del mundo; pero en batallar por nuestras ideas, en postergarlo todo al obrar político, en amasar la libertad con sangre, en obrar alto, en pensar hondo nos ha hecho el vigía y el cantor, y la nave mensajera, y la hija póstuma, y la lección viva para que con lo que en nosotros ve América hoy nos preste oídos a aquellos de sus hijos que por el amor poético al viejo solar acaso pretendieran, abofeteando a sus padres en la tumba, reemplazar la libertad feliz que la naturaleza les impone y el paso que han dado hacia la luz del mundo con las prácticas homicidas de los tiempos que en sus ojos la cegaron!

No es esta noche de fiesta, de fiesta de fundación en que es ley que paguemos tributo de respeto los hispanoamericanos a nuestros fundadores, noche propia para analizar, como urge analizar para evitar males muy próximos, los elementos de que nuestra América se compone, y ver si convendrá más fundirlos, desenvolverlos, y cruzarlos conforme a su naturaleza y cualidades.

Sembraron claustros, y nacieron tertulias eutrapélicas: criaron a las mujeres para monjas, y bajo la presidencia de una mujer celebraba sus reuniones la famosa tertulia del Buen Gusto; una mujer notable en quien se mostró toda la flor de su tierra; y esto, y el recordar que nuestro huésped no ha venido a esta tierra por sí solo, sino con los encantos de su vida, me hace pensar en que nuestro homenaje no sería completo si no hiciéremos con lo mejor de nuestra voluntad un ramo como de lirios, y lo dejáramos en manos del anciano meritorio para que lo ponga a los pies de las dueñas de su casa, que son dueñas nuestras.

De aquella época de mujeres benditas y de hombres evangélicos arrancan los que luego han ido creando como familias literarias, donde el vigor de la cepa fue tal que no se pierde en los vástagos, sino va fortaleciendo con el jugo de la tierra bien sembrada, como esas generaciones de Restrepos, de Pombos, de Caicedos, de Camachos, de Caros, de Quijanos. Mucho lucen en la literatura colombiana, y con luz mayor, estos ricos ingenios, mas el de nuestro huésped es tal que nada pierde en su compañía, sino que se sienta como padre, y aun como hermano entre ellos. El ha bregado, desde que se sintió la luz de la palabra. del lado de la luz. El ha ayudado a echar abajo lo viejo prefiriendo, como se debe preferir, que lo podrido se corrompa hasta desaparecer, a permitir que su corrupción entre como componente del cuerpo nuevo. El ha tenido las pasiones y ha librado los combates, siempre en primera fila y a pecho descubierto, de su país y de su época. El peleó la batalla romántica del teatro con su Jacobo Morlay y su Castillo de Berkeley: él habla en prosa como senador constante y como poeta tiene en su lira cuerdas varias, la del ingenio para dar los días a Dolores, la de la ternura en el buen hijo de Virginia, la de la Contemplación de la noche con el mar, y en su poema Leonor, la de la historia; con reflejos de luz y suavidad de lágrimas. Y ahora que entra en el reposo bien ganado escribe, como por el espíritu del país que se apega a los que nacen en él, como escribían los indios de antes, como si esculpiera, como si no escribiese en el papel, que perece, sino en la piedra, que perdura. Nuestro huésped de esta noche escribe en mármoles.

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