Pobres y ricos

Pobres y ricos

Es la gloria de nuestra guerra. El esclavo salió amigo, salió herma¬no, de su amo; no se olvidan los que se han visto cara a cara ante la muerte: la muerte, con claridad sobrenatural, ilumina la vida. Nuestro pobre ha crecido: ha echado mente y autoridad, en la defensa de la vida, en pueblos extraños y cultos: todo su oro interior le ha salido a donde se ve, en la tribuna y el periódico, en el liceo y la escuela gratuita, en la religión nueva del filósofo, en el hogar virtuoso y fino: entien¬de y mantiene con incorruptible vigor la verdadera libertad.

Nuestro rico ha purgado en el sacrificio y el trabajo la fuente tal vez criminal de su fortuna. Los nietos han de hacerse perdonar el pecado de sus abuelos.

El servicio a la revolución de la libertad puede lavar la culpa de la riqueza, acumulada con el fruto de la esclavitud. El mundo es equilibrio, y hay que poner en paz a tiempo las dos pesas de la balanza. El decreto de emancipación de los esclavos aseguró para siempre la paz de Cuba en la independencia. La restitución a la guerra de la libertad de una migaja siquiera de los provechos amontonados en la explotación de la servidumbre, hará más firmes y generosas las relaciones de los cubanos en la república.

¡Ah, pobres y ricos!

Ayer, en «La Rosa Española», la fábrica de tabacos de Cayo Hueso, no tenía un cubano ferviente, enfermo en la semana de la contribución voluntaria, con qué cubrir el día de trabajo de la patria. Y lo pidió prestado, para cumplir con el deber de dar a sus hijos un pueblo donde puedan aspirar y vivir, como se pide prestado para cumplir con cualquiera otra obligación sagrada. Ni latines ni alemanes sabe ese hombre bueno, que no quiere la vida sin la dignidad, que no entiende la vida sin poder saludar de frente y como igual a los que hoy gozan por su valor de todo el derecho humano en un pueblo suyo. Ese hombre, oscuro hoy, será leyenda mañana. Ese es el pobre de Cuba.

Ayer, un poco más atrás cuando la guerra de Calixto García, Carlos Roloff y José Martí fueron a pedir a un solo rico, a Don Miguel Cantos, el barco y las armas de la expedición. No había barco, no había armas. Martí le habló unos cuantos minutos. Don Miguel Cantos se puso en pie, y le echó el brazo por el hombro: «¡Vamos, hijo; ya tienes todo: ya tienes el barco, ya tienes las armas!» Y un hombre solo pagó la expedición, Don Miguel Cantos, que es polvo hoy, será mañana monumento. Si tuvo esclavos primero, redimió esclavos después. Así fue un rico de Cuba.

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