[Nueva York] febrero de 1887

[Nueva York] febrero de 1887
Mi querido José:

No hubiera querido recibir de otras manos la noticia de la muerte de mi padre.2 En la carta de Vd. he sentido su último calor. Si ya Vd. no fuera hermano mío, por la ternura con que me quiso a mi padre lo sería. Vd, entendió su santidad, e hizo en la tierra por premiarla. El lo quería a Vd. como a un hijo preferido. Es de hijo el sollozo con que Vd. me ha anunciado su muerte. Yo no lo he visto a Vd. nunca; ¡pero ya me parece que lo he conocido toda mi vida!

Yo tuve puesto en mi padre un orgullo que crecía cada vez que en él pensaba, porque a nadie le tocó vivir en tiempos más viles ni nadie a pesar de su sencillez aparente salió más puro en pensamiento y obra, de ellos. ¡Jamás, José, una protesta contra esta austera vida mía que privó a la suya de la comodidad de la vejez! De mi virtud, si alguna hay en mí, yo podré tener la serenidad; pero él tenía el orgullo. En mis horas más amargas se le veía el contento de tener un hijo que supiese resistir y padecer. Yo, con toda mi costumbre de las palabras, y con toda mi ternura, no podría pintarlo mejor que como Vd. me lo pinta: «un ángel con canas.» ¡Ah José! Sólo se saben ver en los demás las condiciones que se tienen en sí. Trastornos horrendos y alejamientos grandes suele traer la vida, pero nunca dejaré de ver a Vd. dando un beso en la frente de mi padre, y reemplazando al hijo ausente.

Este dolor, José, me tiene muy confuso el pensamiento. ¡No he podido pagar a mi padre mi deuda en la vida! Ya ¿dónde se la podré pagar? No es que haya muerto lo que me entristece, sino que haya muerto antes de que yo pudiera pregonar la hermosura silenciosa de su carácter, y darle pruebas públicas y grandes de mi veneración y de mi cariño. Pero ¿qué falta le hice, si lo tenía a Vd.? Juntos, José, Vd. y yo iremos a visitarlo algún día.

Martí

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