[Nueva York, 1887]

[Nueva York, 1887]

División.

Victoria.

Carmita me ha dado conocimiento de la carta que le escribe a V., y en que se refiere a mí. Es difícil, Victoria, que una persona de su tacto y bondad, haya sabido prescindir por completo de una y de otra. De mí, perdóneme que le diga que casi no tengo que responder a V.: tengo un sentido tan exaltado e intransigente de mi propio honor, un hábito tan arraigado de posponer todo interés y goce mío al beneficio ajeno, una costumbre tan profunda de la justicia, y una seguridad tan de mí mismo, que le ruego me perdone si soy necesariamente duro, asegurándole que ni mi decoro, ni el de quien por su desdicha esté relacionadlo conmigo, tendrá jamás nada que temer de mí, ni requiere más vigilancia que la propia mía. Yo sé padecer por todos, Victoria, y consideraría, en llano español, una vileza, quitar por ofuscación amorosa, el respeto público a una mujer buena y a unos pobres niños. Puedo afirmar a V., ya que no [sic] su perspicacia no le ha bastado esta vez a entender mi alma, que Carmita no tiene, sean cualesquiera mis sucesos y aficio¬nes, un amigo más seguro, y más cuidadoso de su bien parecer que yo. Además, debe V. estar cierta de que ella sabría, en caso necesa¬rio, reprimir al corazón indelicado que por satisfacer deseos o va¬nidades tuviere en poco el porvenir de sus hijos. En el mundo, Vic¬toria hay muchos [¿dolores?] que merecen respeto, y grandezas calladas, dignas de admiración. De Carmita, pues, no le digo nada, que ella sabe cuidarse. Y de mí no le puedo decir mucho ya que no tengo ni la inmodestia necesaria para referirle a V. mi vida, que he mantenido hasta ahora por encima de las pasiones y de los hombres y tiene por esta [p.i.] fama que no he de perder; ni tengo el derecho de escribir, a V. que es dama, las palabras alborotadas que como cuando uno se ve desconocido en su mayor virtud, me vienen a la pluma.

Una observación, sí, me he de permitir hacerle. Leída por un extraño, como yo, la carta de V. a Carmita no parece hecha de mano amorosa; sino muy cargada de encono: ¿cómo, Victoria, si V. no es así, sin duda? No sólo tiene V. el derecho, sino el deber, de procurar que no sea Carmita desventurada; y si sospecha V. que quiere a un hombre pobre, casado, y poco preparado para sacar de la vida grandes ganancias, haría V. una obra recomendable ur¬giéndola a salir de esta afición desventajosa. Por supuesto que si, libre de hacer en su [¿alma?], salvo el decoro de sus hijos y el propio, lo que le pareciere bien, si insistiese en esto, sería un dolor; pero un dolor respetable, puesto que no se vendía a nadie por posi¬ción social, protección o riqueza, sino que, en la fuerza de su edad y de sus gracias, [a la vez que no daba a su cariño más riendas que las que no pueden ver el mundo ni sus hijos, se consagraba sin fruto y en la tristeza y el silencio a un cariño sin recompensa, y a la privación de las alegrías que de otro modo podrían todavía esperarla. Esto, mundanamente, sería luna locura, como sé yo muy bien, y le digo a cada momento; y estoy seguro de que si ese fuese el caso, se le dejaría siempre inflexiblemente en la más absoluta libertad de obrar por sí, y no se impediría jamás por apariencias impremeditadas de hoy las soluciones de mañana. Pero esas penas calladas. Victoria, merecen de toda alma levantada, cuando se lle¬van bien, un [a] estimación y respeto que en su carta faltan.

Ahora, de murmuraciones, ¿qué le he de decir? Ni Carmitta ni yo hemos dado un solo paso, que no hubiera dado ella por su parte naturalmente, a no haber vivido yo, o que en el grado de responsa¬bilidad moral, de piedad, si V. quiere, que su situación debe inspirar a todo hombre bueno, no hubiere debido hacer un amigo íntimo de la casa, que no lo es hoy más de lo que lo fue cuando vivía el esposo de Carmita. Yo le repito que de esto sé cuidar yo: si alguna mala persona, que a juzgar por la estimación creciente de que ella por su parte y yo por la mía vivimos rodeados, sospecha sin justificación posible y contra toda apariencia que ella recibe de mí un favor que la manche, esa, Victoria, será una de tantas maldades, mucho menos [¿inputables?] y propaladas que otras, que hieren sin compasión años enteros a personas indudablemente buenas, que las soportan en calma.

Ya es tiempo de decirle adiós, Victoria. Con toda el alma, y no la tengo pequeña, aplaudo que si V. sospecha que Carmita inten¬ta consagrarme su vida, desee V. apartarla de un camino donde no recogerá deshonor, porque a mi lado no es posible que lo haya, pero sí todo género de angustias y desdichas. Y si en el mundo hay para ella una salida de felicidad, dígamela y yo la ayudaré en ella. Pero V. no tiene el derecho de suponer que lo que mi cariño me obligue a hacer por la mujer de un hombre que me estimó y sus hijos huérfanos es la paga indecorosa de un favor de amor. Por acá, Victoria, en estas almas solas, vivimos a otra altura.¬-Sea tierna, amiga mía, que es la única manera de ser bueno, y de lograr lo que se quiere.

He escrito a V. tanto, más porque me apena que sea injusta con Carmita, que por mí mismo, que no me hubiera yo atrevido a [p.i.] [¿en mi porfía?] su atención por tanto tiempo.

Los comentarios están cerrados.