Nueva York, 10 de abril de 1885

Nueva York, 10 de abril de 1885
Sr. Heraclio Martín de la Guardia
Mi amigo generosísimo:

Con Mercedes le mando la parte mas cariñosa y agradecida de mi alma; aunque parte no es justo decir, porque con el acto de, valiente bondad con que me tiene usted obligado, se la ha ganado usted toda. Ya era suya, por los trabajos y merecimientos de su vida, por el difícil y ejemplar decoro con que usted aquilata sus talentos: ya era propia de usted, como una rosa blanca de una lira de oro Me apreté el corazón, que se me quería salir del pecho, como si tuviera alas y quisiera ir a usted con ellas, cuando, más valiosa para mí que paga u honor algunos de la tierra, leí la dedicatoria de su poema. ¡Luego no está solo el que está solo! ¡Luego las almas honradas se entienden sin hablarse, y se aprietan para resistir, y vencerán al cabo! ¡Luego me acompaña y me quiere uno de los más grandes poetas de la lengua española! ¿Cómo quería usted que le dijese mi alegría, mi amor lloroso, mi agradecimiento, que como un juramento le empeño, en una carta pálida y lejana? Juntaré mis versos, me dije; unos versos atormentados y dolientes que yo hago, y pondré al frente, como quien posa sobre un haz de zarzales un águila blanca, el nombre de Heraclio Guardia. Con eso no le pagaré la deuda en que me ha puesto; apero daré muestra de que la he alojado en mi corazón, como una joya que me le dará luz en noche oscura, y me lo mantendrá rico cuando las injusticias o ruindades humanas me lo aflijan y empobrezcan. Y en carta no le contesté, por contestarle en libro. Pero me ha entrado el horror de la palabra, como forma de la vergüenza en que me tiene la infecundidad de mi existencia. La mano, ganosa de armas más eficaces, o de tareas más viriles y difíciles, rechaza, como una acusación, la pluma. Las amarguras de mi tierra se me entran por el alma, y me lea tienen loca. Ahora mismo, después de un sueño de años, ya puedo escribirle, porque me lo pide Mercedes, con sus ojos que mandan, y porque nuestros guerreros están limpiando su armadura:-¡y entonces sí seré digno de responder a su dedicatoria!

Nada le digo más que este saludo. ¡Ingrato y descortés le habré parecido, yo que no tengo en el alma huésped más caro e ilustre, ni presente con más placer y emoción a los que me la visitan! Cuando me siento triste, tomo en mis manos su poema, y me salgo con él, a mis trabajos y tristezas, como con mi mejor amigo. Cuando cerca de mí habla alguien de oro, abro su libro, y para que sepan que no lo hay mejor, le enseño el de sus versos, macizo y bruñido. Por usted, Guardia, hemos vuelto, y cuente que peso lo que le digo, a la edad de las maravillas y de los titanes. Cohortes son esas estrofas; sus arrebatos, estandartes; sus versos, resplandecientes y sonantes como armaduras, son un ejército de héroes. Y yo, porque no desamo la virtud, he merecido que usted me los dedique. ¡Vengan golpes de maldad, amigo mío, que ya tengo el pecho fuerte para recibirlos! ¡Y quería usted que le contestase en una carta! Cuando por mi calma me pregunten, enviaré a que dé cuenta de ella usted, que me la tiene. Todo es para usted ternura y abnegación,

José Martí

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