New York. 28 de febrero de 1887

New York. 28 de febrero de 1887
Fermín:

Mi padre acaba de morir, y gran parte de mí con él. Tú no sabes como llegué a quererlo luego que conocí, bajo su humilde exterior, toda la entereza y hermosura de su alma. Mies penas, que aparecían no poder ser ya mayores, lo están siendo, puesto que nunca podré, como quería, amarlo y ostentarlo de manera que todos lo viesen, y le premiaran en los últimos años de su vida, aquella enérgica y soberbia virtud que yo mismo no supe estimar hasta que la mía fue nuestra a prueba. Mi dolor, Fermín, es verdadero y grande; pero la bravura y nobleza de que acabas de dar muestra han podido consolarlo. Hace tiempo que no nos escribimos; pero acabo de leer tus cartas en La Lucha y la relación de lo que vale más que ellas, el acto tuyo que las provoca, y no puedo reprimir el deseo de apretarte en mis brazos.

Tú has hecho con singular elevación, lo que acaso nadie más que tú se hubiera determinado a hacer. Lo has hecho sin pompa y sin odio, como se hacen las cosas verdaderamente grandes. Tu moderación en la justicia te habrá granjeado el respeto de los mismos que quisieron ofenderle, y enfrenará la lengua de los envidiosas, que ya los has de tener; pues mida los tiene tan implacables como el carácter. Tú has servido bien a la paz de nuestro país, la única paz posible en él sin mentira y deshonra, la que ha de tener por bases la caridad de los vencidos y el sometimiento y la confusión de los malvados. Tú, recabando sin cólera de los matadores la confesión de su crimen, has sembrado para lo futuro con mano más feliz de los que alientan esperanzas infundadas, o pronuncian amenazas que no pueden ir seguidas de lea obra, ni preparan a ella con determinación y cordura. Tú nos has dado para siempre, en uno de los sucesos más tristes y fecundos de nuestra historia, la fuerza incalculable de las víctimas. ¡Oh! si por desdicha hubiésemos estado en guerra, podría decirse, Fermín, que tú solo has vencido a muchos batallones.

De mí no te quiero hablar. ¿Qué ha de ser de mí, puesto que no tengo hoy manera de servir eficazmente a mi patria? Actos como el tuyo son los únicos que me sacan momentáneamente de esta ansiosa agonía, de la que nada se debe decir, porque la lengua se deshonra con la queja. Bien sé yo que en mi tierra hay todas las virtudes que se necesitan para hacerla por fin respetada y dichosa. Crece en lo mismo que parece que desmaya; fortalece su ánimo con la paciencia y con el juicio; y se le ve ganar en bondad y energía. Allá todo será posible, porque la mayor parte de los cubanos son buenos. Y tú, Fermín, eres uno de los mejores, pues has podido, len instantes y cosas que turban la vista y desatan la mano, ser justo sin ser vengativo. Eso es lo que te celebro; y en eso es en lo que has servido mejor a tu patria. ¡Feliz tú que has sabido domar la ira, y en una hora trágica y memorable dejar satisfechas las sombras de tus hermanos!

Con lo que le queda de alma lo es tuyo

José Martí

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