New York. [1887]

New York. [1887]
Mi señor:

Como regaño de Momzonk, que esconde leas caricias en las pro¬fundidades de la negra barba, me llega, sin carta suya, un paquete suculento de Le Temps, que es un diario excelente y de Fígaros. No merezco leerlos despacio hasta que le haya escrito con reposo. ¿Y cuándo tengo yo reposo? Con las cartas para aquellos a quienes quiero, me pasa lo que al enamorado cuando va de visita a su novia, que cuando no puede ir con lo mejorcito de su ropa, prefiere no ir. Para los demás el tumulto, la conversación violenta, la palabra obligada: pero para escribir a los que se quiere, aquel estado de alma plena y claridad y limpieza de sentidos, que no llegan jamás. En esto de los nervios del espíritu sé yo tanto como Charcot de los del cuerpo. No me recuse pues y aunque con su noble puntua¬lidad dé al diablo a su cónsul porque no le llega a tiempo la carta esperada, quiérame cada vez más como yo lo quiero y piense que es que los días se me amontonan sin sol y sin noche, ni más pen¬samiento que acabar en cada uno la mayor suma de trabajo posible, tanto que hoy que estamos a 20, vengo a recordar que el 15 debí cobrar mi mesada de México […]

Pero déjeme hablarle ante todo de la lindísima marina. La iglesita, que llegó muy bien, me tenía enamorado y ya campea en un marco digno de ella, entre un yeso del Coliseo y el Calendario Azteca. Pero esta marina es de una disolución de color y una elo¬cuencia de atmósfera que la celebro muy de veras. Las distancias del agua son reales como los barcos puestos serenamente en ellos. Se ven muy bien por el fondo las casas de la colina. La blanca mancha del pontón no es violenta, y en todo hay mucha gracia y finura.

Ya lo oigo reírse a carcajadas por este comentario serio. Y eso que no le digo lo bien que me parecen las ráfagas de azul torvo en el celaje atormentado. ¿Pero, por qué me le cortó el borde? Un poco más y lo deja sin la necesaria perspectiva; tendré que hacer como con la iglesita cuya puerta oscura está muy bien tratada, lo mismo que el blanco de la pared, descascarado abajo y reluciente arriaba en lo alto de la torre donde se concentra naturalmente el sol. Ni crea que he dejado de ver la placita bien medida y puesta en buena luz, que por esta, y el buen trazo de la calle resalta como debe el fondo; y para no perder detalles ni distancias tuve que pegar la tela sobre un bastidor ahorrando así lo que hubiera tenido que cercenarlo para los bordes.

Otra cosa veo yo, aunque usted mismo tal vez no se lo quiera confesar, en el color sesudo y esmerado del cuadro de la iglesia, y en la paciencia y perfección de la marina, y es que el campo y el padre y la vida más artística y natural me le tienen el alma en calor, y la mente beneficiada y tranquila. Es imposible que un hombre sincero como usted ponga en un acto que requiere muchos toques de la mano, condiciones distintas de las que posee el espíritu; en mí lo veo, que no peco mucho de disimulo, porque cuando tengo el espíritu hosco y encogido, la letra me sale tan menuda y rega¬ñona como si la escribiese con pluma litográfica, y cuando estoy en ánimo de ganar combates salen las letras que parecen desbocada artillería y tropeles de lanzas. En todo esto pensé en cuanto a la marina y me parecía que era usted mismo el que me hablaba desde lo alto y sereno del pontón; por lo que le tengo cariño especial a este cuadrito.

¿Qué le he de decir yo, en la posición interesada en que la bondad de usted me tiene, sobre lo que me dice de su vuelta a la tierra? Ya yo le he dicho, cuando no tenía los embarazos de ahora, todo lo que pienso de eso. Lo que no quiero yo es que, con todas las ventajas sociales que realzan en usted las de la naturaleza, pierda por un miedo delicado, que sería culpable si llega a excesivo, el logro justo y fácil de una situación que para usted especialmente, no florecerá nunca lejos de su suelo. Aquel que no hace todo lo que puede hacer, peca contra lo natural y paga lea culpa de su pecado. Ya le digo más de lo que debiera y ya es desvergüenza en mí lo que le he dicho. Pero, cada cuadro y sobre todo los que lo merecen, deben estar en su marco.

¿Y ahora no voy a tener carta suya por injusta venganza, hasta que no reciba esta mía? Como mamá que me llena de injurias cada tres o cuatro semanas cuando de pura pena no le escribo! […]

Noto que empiezo a escribirle ahora que acabo. Un abrazo en redondo a toda su prole. A su padre y a Marion mis mejores recuerdos. Usted sabe quien tiene en

José Martí
New York. [1887]

Los comentarios están cerrados.