New York, 16 de diciembre de 1887

New York, 16 de diciembre de 1887

General Máximo Gómez. Distinguido compatriota:

Con la fe de la honradez y la fuerza del patriotismo nos dirigi¬mos a Vd., por encargo de los cubanos de New York, excitados y acompañados por los de Cayo Hueso y Filadelfia, para tomar su parecer, y exponerle el de los cubanos de esta ciudad, sobre el modo más rápido y certero de organizar por fin, dentro y fuera de Cuba, con la cordialidad digna de las grandes causas, la guerra que ya mira el país con menos miedo, y en que parece estar hoy su esperanza única.

El valor, el prestigio, la intención pura, el martirio ejemplar de los revolucionarios del extranjero son inútiles, mientras no trabajen todos unidos, con la majestad y sensatez que la magnitud del pro¬blema les impone, en una obra juiciosa y heroica a la vez, que atraiga y satisfaga al país acostumbrado ya a examinar sus hom¬bres y ejercitar su pensamiento. Cuba no es ya el pueblo niño e ignorante que se echó a los campos en la revolución de Yara, sa¬grada madre nuestra; sino un país donde lo que quedó de aquella generación, con todas sus experiencias y pasiones, se ha mezclado con la masa culta que trajo el conocimiento activo de la política de los países del destierro, y con la generación nueva, tan dispuesta a pelear por la patria, pagando así su deuda a los que por ellos mu¬rieron, domo a resistirse a pelear por una solución oscura y temible, en cuya preparación y fin no vean un plan grandioso, digno de su sacrificio.

La hora parece llegada. Los enemigos de la revolución se di¬viden y desordenan. El país está a punto de perder su ú: timo pre¬texto para demorar la solución que defendemos. Se están reuniendo de todas partes a la vez, y de un modo natural y espontáneo, los elementos de la guerra en la Isla, con cuya actitud y voluntad hemos de contar, y a los que tenemos a un tiempo el derecho de aconsejar y el deber de oír, puesto que ellos nos permiten realizar nuestros ideales, y nosotros sin ellos somos impotentes para rea¬lizarlos. Debemos, pues, organizar la guerra que se aproxima, en acuerdo con el espíritu del país, puesto que sin él no podemos hacer la guerra. Es un crimen valerse de la aspiración gloriosa de mi pueblo para adelantar intereses o satisfacer odios personales. Es una obligación, por cuyo cumplimiento honrarán mañana los nombres de nuestros hijos e irán los pueblos a retemplar su fe a nuestras tumbas, disponer con desinterés, que bien mirado es el modo mejor de servir el interés, los elementos para el triunfo de la guerra inevitable. La revolución surge, y nosotros podemos organizarla con nuestra honradez y prudencia, o ahogarla en sangre inútil con nuestra torpeza y ambiciones.

Urgen los tiempos. El principio de nuestra campaña ha sido acogido con notable favor en Cuba y en las emigraciones. No pa¬rece que la situación de Cuba dé ya más espera que aquella a que nosotros mismos la invitemos, apera que sea más completa la cons¬piración de los espíritus, más ordenadlo el movimiento militar, y más capaces de ayudarlo desde afuera las emigraciones. Todo a la vez: la opinión sobre todo, los trabajos de organización y exten¬sión en la Isla, los trabajos de unión, espíritu republicano y ayuda constante de la guerra en el extranjero.

Estas ideas comenzaban ya a tomar forma en la emigración de New York, y tuvieron su expresión primera en la reunión pública del 10 de Octubre. Sus ecos, y sobre todo sus ecos en Cuba, coinci¬dieron con las excitaciones de los cubanos de Cayo Hueso, y con la reunión convocada por un cubano de New York para conocer del plan de un jefe dispuesto a invadir la Isla. De esta reunión, com¬puesta de los cubanos cuyos nombres figuran al pie de esta carta, surgió el acuerdo de recomenzar las labores revolucionarias, con una política vasta, cordial y fija, la única que puede reanimar la confianza lastimada del país. Y sin provocar por ahora reuniones públicas que revelasen a nuestros adversarios el estado de princi¬pio de nuestras labores, cuando nos suponen con mucha rasáis acti¬vidad y fuerza moral; sin asumir ante Vd. más autoridad que la de su patriotismo, la del nuestro, la de los hombres que nos comi¬sionan para esta campaña, y la adhesión voluntaria de los clubs revolucionarios de Cayo Hueso y los cubanos de Cayo Hueso, únicos con los que hasta hoy nos ha alcanzado el tiempo para comunicarnos, esta reunión de cubanos en que acaso por primera vez se vieron reunidos con una tendencia clara y decidida los que antes trabajaban en grupos dispersos y a veces hostiles, determinó a nombrar de su seno una comisión ejecutiva, inspeccionada y aconsejada por todos los miembros de la reunión, para iniciar enérgicamente los trabajos preparatorios de organización revolucionaria, con arreglo a las cuatro resoluciones de la junta primera, que incluían la de la necesidad de aguardar a la preparación racional de la guerra para llevar la invasión armada, y a estas cinco bases que han de inspirar nuestras palabras y actos: 1. Acreditar en el país, disipando temores y procediendo en virtud de un fin democrático conocido, la solución revolucionaria:

2. Proceder sin demora a organizar, con la unión de los jefes afuera, y trabajos de extensión, y no de mera opinión, adentro,¬-la parte militar de la revolución:

3. Unir con espíritu democrático, y en relaciones de igualdad todas las emigraciones.

4. Impedir que las simpatías revolucionaríais en Cuba se tuer¬zan y esclavicen por ningún interés de grupo, para la preponderan¬cia de una clase social, o la autoridad desmedida de una agrupa¬ción militar o civil, ni de una comarca determinada, ni de una raza sobre otra:

5. Impedir que con la propaganda de las ideas anexionistas se debilite la fuerza que vaya adquiriendo, la solución revoluciona¬ria.

Pero esta Comisión Ejecutiva, y esta reunión de cubanos de New York no se erige por sí como árbitro de un poder que sólo puede venir, en el desorden del destierro, de la autoridad y eficacia de los actos realizados, y de la confirmación pública de ellos. Lo que los cubanos de New York ven es que hay un deber difícil e imperioso que cumplir. Lo que ven es que la guerra no puede hacerse sin que el país tenga fe en ella, y en los que la han de iniciar o figurar m ella principalmente. Lo que ven es que el país ese decide a la guerra, y es necesario desvanecer los temores que la guerra inspira, e impedir que el ¡gobierno de España, como lo desea, haga estallar lía lucha prematuramente para sofocarla con mayor facili¬dad. Lo que ven es que la guerra se acerca, y que los militares ilus¬tres que la pueden dirigir, no se han apuesto aún al habla, ni se distribuyen el trabajo. Lo que ven es que cada día aumenta la necesidad de realizar estos objetos esenciales:

Unir, con un plan digno de la atención y respeto de los cu¬banos, el espíritu del país y el de las emigraciones.

Dar ocasión a los jefes militares de desvanecer en la Isla, con sus declaraciones de desinterés, civismo y subordinación al bien patrio, los reparos, injustos sin duda, que algunos de ellos inspiran por suponérseles equivocadamente faltos de esas condicio¬nes, aun a los mismos dispuestos en Cuba a trabajar por la inde¬pendencia de la patria.

Reunir en un trabajo común, preciso y ordenado a loes jefes del extranjero entre sí, y a estos en junto con los de la Isla, a cada uno con sus amigos, a cada jefe de influjo con su comarca,-¬todo con aquel mutuo respeto y grandeza que originan placeres más vivos y autoridad más alta y durable que los proyectos privados e incompletos, sin más fin que la alarma y la impotencia, que a patriotas menos probados que Vd. pudiera aconsejar la ambición desordenada.

Con este espíritu y concordia levantar ante el país, de una vez y en unión solemne, con sus militares republicanos y su cuerpo de recursos, todas las emigraciones.

¿No ve Ud., como nosotros, la fuerza y eficacia de esta conduc¬ta? ¿No la cree Vd., indispensable para que el país se decida a seguirnos? ¿Cree Vd. que con menos nobleza, con menos sagacidad, con menos sentido práctico, con trabajos aislados, rivales y de simple persona, puedan obtenerse en el país la confianza y entusiasmo, y la organización y recursos naturales después de ellos, que podemos obtener con esa exhibición imponente de fuerza moral, y fuerza de guerra para el bien público? ¿No querrá Vd. con sus declaraciones, con su disposición a ponerse al habla con sus com¬pañeros de armas, con su autorización para ofrecer en su nombre al país esas declaraciones de republicanismo y de respeto, contri¬buir, realzando así y asegurando los lauros que su valor le con¬quistó en la guerra, a organizar por fin de un modo glorioso y grato a Cuba la guerra nueva que nuestros enemigos desean provo¬car y frustrar ahora, confiando en que nuestra torpeza, nuestras rivalidades, nuestra falta de patriotismo, les ayudarán a matarla en flor y a desorganizarla? Vd. es, como nosotros, y como cada cubano, responsable de la catástrofe que la falta de preparación or¬denada, entusiasta y unánime pudiera traer sobre el país, u quien las provocaciones de adentro o la impaciencia mal aconsejada de afuera lanzasen a una guerra que desea el enemigo, para empe¬ñarla como le conviene, contra adversarios divididos, y escogiendo la hora. La historia nos ofrece un puesto envidiable. Nos limitamos a señalarlo.

Los cubanos reunidos en New York, y la Comisión Ejecutiva que trabaja provisionalmente conforme a sus acuerdos, sólo desea, en privado y sin alarde de autoridad, disponer los espíritus de las emigraciones de modo que por lea declaración autorizada de los jefes, y la fuerza unida e independiente de cada emigración por sí, pueden en un día dado decir al país, sin mentira, cuál es el espíritu generoso y la fuerza real de los que desde afuera intentamos ser¬virlo; dar cuenta de lo ahecho, en unja reunión de que ya no habrá que avergonzarse, y tendrá considerable resonancia e influjo en Cuba, a la emigración de New York; y dejar, por lo que hace a New York, en las manos de la emigración, que es la única que la posee, la autorización necesaria para continuar estos trabajos, hoy meramente privados y preparatorios.

Con júbilo, porque el aplauso del país y el de la emigración nos dan ya derecho a él, cumplimos al dirigirnos a Vd. uno de los deberes que los cubanos reunidos aquí nos han impuesto. El país va desordenadamente a la guerra, y la guerra corre gran pe¬ligro si la dejamos estallar desordenada.

El país no tiene ya, como debiera tener estando la lucha ya tan cerca, un plan que lo una y un programa político que lo tranquilice. La decisión del país por la guerra será mucho mayor de la que es hoy, y loes trabajos revolucionarios mucho más fáciles, cuando los enemigos de la revolución no puedan oponerle, como le oponen hoy por falta de declaraciones expresas en contra, el argumento de que la guerra no será más que el campo de los odios de jefes ambicio¬sos y rivales. Los jefes necesitan, para que a guerra sea posible, para su mismo crédito y autoridad, demostrar por su unión en el extranjero y su sumisión al bien público, que en vez de ser el azote de la patria son su esperanza.

A lo más noble de su corazón llamamos, pues, y a lo más claro de su juicio, para poder sin engaño decir al país: «Que V., como nosotros, cree que la guerra de un pueblo por su independencia, fruto de un siglo de trabajo patriótico y de la cooperación de todos sus hijos, no puede ser la empresa privada ni la propiedad perso¬nal de uno que debe a la obra de todo el país la parte que el he¬roísmo le dilo en la gloria común: Que Vd., como nosotros, en¬tiende que la guerra en Cuba debe organizarse y llevarse a cabo en vista del estudio y conocimiento de su problema actual y sus necesidades, y para el bien y paz de Cuba, no para el medro de los que por haber ganado honor en su servicio pretendiesen valerse de él para explotarla en su provecho, o servir sus pasiones, o extra¬viarla: Que Vd., como nosotros, llevaría a la guerra, con la ener¬gía que la guerra requiere, la indulgencia política y la sabia gene¬rosidad que de antemano deben ser conocidas, y creídas, en un país formado de elementos tan diversos, tan dispuestos al odio, tan te¬mibles si se nos ponen juntos de frente, tan útiles si por nuestra grandeza y cordialidad nos son neutrales: Que Vd., como nosotros, no ayudaría la guerra con el fin impuro de darla victoria a un partido vengativo y arrogante, sino para poner en posesión de su libertad a todo el pueblo cubano.» Bien sabemos que todo eso debe estar en el espíritu de Vd.; pero los pueblos no se cansan de ser ¬tranquilizados. E1 corazón nos anuncia lo que Vd. ha de contentarnos. ¡Qué gran día aquel en que, revelando al país en una apari¬ción suprema toda la virtud de sus servidores, presentemos de nue¬vo a Cuba, siempre ilustres por su republicanismo, aquellos a quienes nuestros enemigos, y muchos de nuestros amigos, presentan como e1 obstáculo al triunfo de la guerra, y el establecimiento de una re¬pública durable!

Y no ya para el público, sino para adelantar la preparación de nuestra obra organizadora, cumplimos otro de nuestros encargos al preguntarle si no cree llegada la hora, con la prudencia y mira¬miento mutuo que aconsejan los precedentes y la naturaleza humana, de que por medio acaso de un cuerpo en quien no pudiera suponerse ansia de autoridad militar se pongan al habla los jefes que en diversos lugares se ocupan en preparar el modo de aprestar a Cuba sus servicios, puesto que así como sin el espíritu del país toda labor revolucionaria es vana, así serían impotentes y de incal¬culables males para Cuba, los esfuerzos aislados de aquellos cuyo esfuerzos reunidos, distribuyendo la autoridad corno nuestro terri¬torio y organización permiten, serán incontrastables. La disposi¬ción benévola de Vd. a un plan como este es esencial a la eficacia de la obra revolucionaria. Y como en Cuba mira el Gobierno de España, como su salvación única, la probabilidad de interrumpir en su desarrollo espontáneo la nueva guerra, de forzarla a estallar untes de que tenga juntos sus elementos, y de estimular a invasio¬nes aisladas a los jefes cubanos, ¿qué nombre mereceríamos los que contribuyésemos a esa temible y certera política, los que por terque¬dad, por soberbia o por celos ayudásemos a impedir la formación natural y la explosión vigorosa de las fuerzas revolucionarias, que lío son sólo los valientes que pelean, sino el consentimiento del país, y el espíritu que las hace triunfar? ¿Cuándo, si la asesinamos ahora sus propios hijos, renacerá nuestra patria?

Con esas observaciones deja cumplido su grato encargo respec¬to de Vd., la Comisión Ejecutiva. Los hombres pueden errar, y los patriotas de buena fe pensar de distinto modo sobre los modos de preparar y conducir la guerra; pero cuando se trata como hoy de impedir con una campaña grandiosa y oportuna que se malogre el último esfuerzo que aparece capaz de hacer la patria, dudar de la actitud de Vd. no sería cumplir un encargo sino ofenderle: lo que no harán ciertamente los que tienen fe en su sensatez y en su patriotismo. Séanos dado,-ahora que podemos fundar o destruir,-fundar.

Seguros de su noble respuesta, somos de Vd.-

Affmos. compatriotas:

José Martí

Félix Fuentes, Rafael de C. Palomino, Secretario Dr. J. M. Pá¬rraga.
Cuerpo Asesor: Sres. Dr. J. J. Luis. Pedro Iraola. Francisco Sellén. Un cubano. Un camagüeyano. Eduardo Ester. José E. Sán¬chez. R. B. Aday. Porfirio Ramos. Antonio Saladrigas. Abelardo Peoli. Ramón Rubiera. Manuel Beraza. Enrique Trujillo. Serafín Bello. Coronel Emilio Núñez. Comandante José Rodríguez V. J. J. Camino. Un cubano.

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