Muerte de Longfellow. La mujer en los Estados Unidos

Longfellow ha muerto.—Su muerte, sus versos, su vida.—Urnas sonoras.—Abogados mujeres.—La mujer en los asilos, en los hospitales, en las cárceles, en las escuelas.—La mujer en las universidades.—En Inglaterra y en los Estados Unidos.—Derecho de desembarque que han de pagar los inmigrantes.—Fauces enormes.

 

Nueva York, 1ro de abril de 1882.

Señor Director de La Opinión Nacional.

Ya, como vaso frío, duerme en la tierra el poeta celebrado. Ya no mirará más desde los cristales de su ventana los niños que jugaban, las hojas que revoloteaban y caían, los copos de nieve que fingían en el aire danza jovial de mariposas blancas, los árboles abatidos, como por el pesar los hombres, por el viento, y el sol claro, que hace bien al alma limpia, y esas leves visiones de alas tenues que los poetas divisan en los aires, y esa calma solemne, que como vapor de altar inmenso, flota, a manera de humo, sobre los montes azules, los llanos espigados y los árboles coposos de la tierra. Ya ha muerto Longfellow. ¡Oh!, cómo acompañan, los buenos poetas! ¡Qué tiernos amigos, esos a quienes no conocemos! ¡Qué benefactores, esos que cantan cosas divinas y consuelan! ¡Si hacen llorar, cómo alivian! ¡Si hacen pensar, cómo empujan, y agrandan! Y, si están tristes ¡cómo pueblan de blandas músicas los espacios del alma, y tañen en los aires, y le sacan sones, como si fuera el aire lira, y ellos supieran el hermoso secreto de tañerlo!

La vida, como un ave que se va, dejó su cuerpo. Le vistieron de ropas negras. Le arreglaron la blanca barba ondeante sobre el pecho. Le besaron la mano generosa. Miraron tristemente, como quien ve un templo vacío, su frente alta. Le acostaron en su ataúd de paño. Le pusieron en él un ramo humilde de flores campestres. Y abrieron, bajo la copa de un álamo majestuoso, un hueco en tierra. Y allí duerme.

Y ¡qué hermoso fue en vida! Tenía aquella mística hermosura de los hombres buenos; el color sano de los castos; la arrogancia magnífica de los virtuosos; la bondad de los grandes, la tristeza de los vivos, y aquel anhelo de la muerte, que hace la vida bella. Era su pecho ancho, su andar seguro, su cortesía real, su rostro inefable, su mirada fogosa y acariciadora. Había vivido entre literaturas, y sido quien era, lo que es mérito grande. Le sirvieron sus estudios como de crisol, que es de lo que han de servir, y no de grillos, como sirven a otros. Tanta era su luz propia, que no pudieron cegarla reflejos de otras luces. Fue de los que dan de sí, y no de los que toman de otros. Le graznaron cuervos, que graznan siempre a las águilas. Le mordieron los envidiosos, que tienen dientes verdes. Pero los dientes no hincan en la luz. Él anduvo sereno, propagando paz, señalando bellezas—que es modo de apaciguar, mirando ansiosamente el aire vago, puestos los ojos en las altas nubes y en los montes altos. Veía a la tierra, donde se trabaja, hermosa; y la otra tierra, donde tal vez se trabaja también, más hermosa todavía. No tenía ansia de reposar, porque no estaba cansado; pero como había vivido tanto, tenía ansia de hijo que ha mucho tiempo no ve a su madre. Sentía a veces una blanda tristeza, como quien ve a lo lejos en la sombra negra rayos de luna. Y otras veces, prisa de acabar, o duda de la vida posterior, o espanto de conocerse, le llenaban de relámpagos los ojos. Y luego sonreía, como quien se vence. Parecía un hombre que había domado a un águila.

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