¡Magnífico espectáculo!

La vida del Oeste.–En un hipódromo de Nueva York.–Indios: cowboys: vaqueros mexicanos.–Las squaws.–Escenas de la vida en el desierto.–Romance de la conquista del Oeste.–Búfalo Bill, el gran escucha.–Grandes fiestas en el hipódromo.–Desfile a la carrera.–Rifleros: jinetes: caballos resabiosos.–Asalto a una diligencia.–La caza del búfalo.–El médico tristísimo.

Nueva York, agosto 9 de 1886

Señor Director de La Nación

Está a las puertas de Nueva York uno de los espectáculos más originales y sanos a que pueda asistirse en pueblo alguno. En procesión brillante, en rápidas escenas, entre la humareda de la pólvora y los gritos de guerra de los indios, pasa ante los ojos con sus trajes nativos y lances apretados la vida del Oeste, la caza de los búfalos, la carrera de los correos, las ocupaciones de los vaqueros, las hazañas de los exploradores, la vida aborigen.

Y al lado del gran circo, donde se celebran con sus actores naturales las cacerías y lidias que han dado al Oeste fama romancesca, levántanse entre los pinos de un bosque tierno las tiendas de campaña en que se alojan los héroes de la fiesta al mando de Búfalo Bill, de Guillermo el de los búfalos, del caballero de las selvas, del gran escucha y guía de las campañas, que en media hora mató una vez cuarenta y ocho bisontes, y tiene en sus ojos azules la melancolía inefable del que ha mirado tenazmente en lo hondo de la naturaleza.

Allí se vive con la épica grandeza que enamora el alma en los peligros y en las soledades: allí se cría ante los ojos en juegos inocentes la raza esbelta y áurea que dio al mundo el suelo americano; allí la vida se agiganta y refresca en la contemplación de esa misteriosa novedad que traen los hombres brotados hace poco de la tierra, y los que se entran a caballo por sus virginidades; allí se asiste, transida el alma y el cuerpo palpitante, a los cuadros de odio y acometimiento con que ha arrollado el hombre blanco la solemne espesura, y han saltado a los tiros del rifle, las plumas de las flechas, en el estruendo de la salvaje arremetida. Allí el drama se reproduce inicuo y grande, y se presencia el triunfo del fuerte y la doma de la naturaleza.

La empresa es un ejército.
Los indios, son indios. Los vaqueros, son los mismos que enlazan animales y duermen sobre las culatas de sus rifles en las llanuras donde rondan los lobos y los indios velan.

Los mexicanos, mexicanos son, hábiles en echar el lazo y colear el toro, y los manda el gran montador de caballos viciosos, Antonio Esquivel: y ¡con qué gusto se ve lucir por entre aquellos pinos las chaquetas de hombrera y galón de oro, bordadas por la mano de las novias! ¡parece que centellea sobre las chaquetillas mexicanas, descendiendo radiante por entre los pinares, el sol de la otra América, que vierte en el alma oro!

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