Los asuntos hispanoamericanos en Washington
El ferrocarril internacional.—Política interior y exterior.—Blaine y los Tratados de Reciprocidad
Nueva York, junio 28 de 1890

Señor Director de La Nación:

Hispanoamérica está en todas las bocas. Ni de la podredumbre de Tammany, ni del regalo escandaloso a la mujer del presidente, se ha hablado tanto como de Hispanoamérica en estos días, aunque del regalo se han dicho tales cosas y tan a punto, que los más cercanos a la Casa Blanca no osan defenderla de lo que llama uno «sencillez increíble», y otro «hipoteca de los caudales públicos», «mortificante ignominia». Ni la plata preocupa tanto como Hispanoamérica a los que hablan y leen, por más que ande el proyecto en volante de la Casa de los Senadores, los cuales no quieren, como la Casa, que el gobierno compre toda la plata que se saque de la república, y dé por ella certificados de papel, que han de fluctuar con el valor de la plata representada, sino que compre el gobierno la plata toda del país, y aun toda la del mundo y acuñe en pago pesos de a cien centavos, que en oro no valen en realidad más que setenta y la ley obliga al país a tomar por cien de oro; y cuando el presidente anuncia, por no alarmar al Este de los banqueros, que su deseo de complacer al Oeste no va hasta forzar a los bancos a recibir como cien un peso que sólo pueden vender por setenta,—se levanta un senador republicano, de allá de los estados nuevos, y dice con citas de Shakespeare y del latín, “que si su gente hubiera sabido que no le iba a dar Harrison la plata libre, se habrían guardado de ponerse al codo las camisas, como se las pusieron, para sacar de presidente al que les iba a comprar toda la plata: ¡y ya sabe lo que tiene que hacer el que quiera los votos de Colorado!» Dos grandes gremios por sobre todos los demás, pelean con ministerio abierto en Washington, por regir el partido imperante de modo que convenga al interés agrícola, aunque las manufacturas ganen menos de lo que ganan a su costa,?o al interés manufacturero, que quiere que los del campo se le sometan, y avengan a mantener con su asentimiento una tarifa que les pone lo de vestir y de comer más alto de lo que por culpa de ella pueden vender los frutos con que lo han de comprar. El público sabe poco de estas querellas de los manufactureros, con Quay y MacKinley de capitanes, y los campesinos aliados, que tienen a Allison y Buttenworth por principales cabezas; y hay que hocear por lo oscuro, y verle los móviles a cada cual, para saber que toda la pelea sobre el proyecto de MacKinley está en concertar, dentro del Partido Republicano, estos dos intereses, que se han puesto tan aparte, según lo están de hecho, que Blaine ha visto modo de alzarse de nuevo como tirano pacificador y dar otro sombrerazo en la mesa, a fin de ver si detrás de él se van, ligados los manufactureros y los campesinos, aclamándole por jefe:?para lo cual se presenta de campeón del libre cambio, o poco menos, con las naciones de América.

¡Se ha de estar a los saltos y mudanzas de los que se ocupan de nosotros! Arañarles el faldón, no es necesario; sobre todo cuando se lo hemos besado antes: sino ver de dónde nace, y a dónde va, lo que nos interesa, y cuál nos quiere bien, y cuál no es nuestro amigo: o si se nos toma de tamboril, y debemos echar el tambor al aire.

El rencor mezquino no nos es tan útil como la atención sensata.

Lo primero, por supuesto, que recomendó la Secretaría de Estado al Congreso, de todo lo que acordó la Conferencia, fue el proyecto de ferrocarriles, donde están Carnegie y Davis, y fue al Congreso con su nota de Blaine, que alude sin ira al desarrollo de los ferrocarriles argentinos, como al de los de México y Chile, y un mensaje presidencial, en que se apoya la idea, aunque no le faltó modo de poner, entre razón y razón, esta frase amorosa sobre los vapores:?»La creación de líneas nuevas y mejoradas es indudablemente el medio más rápido de desenvolver un tráfico mayor con las naciones de la América Latina».?Y luego con vivo empeño y nuevo mensaje y nota, se propuso la incorporación del Banco Panamericano, cuya comisión está en sesiones desde que conoció el proyecto el Congreso, donde hablan día a día el comerciante Thut, príncipe del caucho, que es en la empresa cabeza mayor, y el agudo abogado Ivins, que tiene en el Brasil buenos negocios, y en Nueva York la mejor biblioteca castellana, y Hughes, el de los vapores de Ward, que era en la conferencia como delegado sin diploma, y Bliss, el que ha hecho millones en los géneros: tanto que la malicia llega a insinuar que por ahí se empiezan a ver las causas del interés de aquel, y del comedimiento del otro, en los asuntos de la Conferencia, sobre todo cuando los diez comisionados propuestos para organizar el banco de negocios son los mismos diez a quienes los Estados Unidos nombraron de delegados al congreso de naciones de América. De un banco no hay que decir mal, si viene con honradez; ni están hoy los pueblos para atufarse, tejado contra tejado, y enseñarse los dientes uno a otro, sino para vivir en vigilante paz, que con nada se asegura tanto como con el interés natural y libre, ni se compromete más que con convenios artificiales y forzosos.

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