Las guerras civiles en Sudamérica

De nuestra América se sabe menos de lo que urge saber, aun por aquellos que fungen de opinadores en las cosas públicas y celebran a los Estados Unidos con tanta pasión cono la que ponen en denigrar a los demás pueblos de América, sin conocer de éstos ni aquellos más que la engañosa superficie. Ignórase, generalmente, que ya hay en nuestra América pueblos que, en relación a su área útil y a sus habitantes, rinden tanto fruto al comercio humano como los Estados Unidos, y pagan más por la instrucción pública que ellos; que, en relación estricta a sus diversos antecedentes, los países de nuestra América ascienden a la libertad segura y generosa en la misma proporción en que los Estados Unidos descienden de ella; que las revueltas, siempre exageradas por censores ignorantes, de los pueblos hispanoamericanos, son el procedimiento forzoso de ajuste, igual en el mismo grado de desarrollo de todos los pueblos del orbe, entre las comarcas aisladas y rivales de las repúblicas nacientes y las reformas decisivas a que se opone, primero, la teocracia arraigada en las masas indias y el núcleo soberbio de la clase principal, y luego la vehemencia de los reformadores, inevitable ante la resistencia astuta y sorda, y el hábito, fatalmente nacido en los vaivenes de la lucha, de proveer a la vida con los frutos del gobierno. De nuestra sociología se sabe poco, y de esas leyes, tan precisas como esta otra: los pueblos de América son más libres y prósperos a medida que más se apartan de los Estados Unidos. Sobre el punto principal de las guerras civiles de nuestra América publicó un artículo, ya muy celebrado, en la North American Review, de New York, el Ministro de la República Argentina en Washington, el Sr. Estanislao Zeballos, y Patria traduce, con su idea y su fin, el trabajo, categórico y altivo, como los hijos de aquel país robusto, de un americano que, como Zeballos, une a la épica sencillez con que ha escrito la trilogía india de Peiné el desembarazado poder de análisis y clarividencia de estadista que distinguen en su patria a los hombres de la magnífica generación de que es él tipo brillante y acabado.

Patria, Nueva York, 22 de septiembre de 1894

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