La política

La política

Hablaba un cubano en público, hace poco tiempo, con sus compa¬triotas recelosos. El auditorio no era de esos de lujo, que se junta a oír lo que cree de labios conocidos, o a dejar pasar con amable cortesía la verdad abrasante; sino público de pelear, que oye con los ojos y los oídos, y tiene al pie de la frase la réplica contundente. Todos atendían en silencio profundo, unos cruzados de brazos, como quien no quiere que se le escape el corazón detrás del primer recién venido; otros a n» dio darse, con los codos en las rodillas. El discurso acabó en un coro de almas; y un hombre desconocido, un joven mulato de vibrante vos, habló a su pueblo, asido a la barandilla como a las riendas de pelea, con acentos que le salían de lo más tierno de las entrañas. Daba gracias certificaba lo que el orador decía: «la política es el deber de hijo que el hombre cumple con el seno de la madre; la política es el arte de hacer felices a los hombres».

Esa frase se ha de recordar, ahora que un espionaje sutil, comprendiendo que el peligro mayor de la dominación española está en la buena política revolucionaria, fomenta en nuestros reformadores generosos f en nuestras casas de trabajo el odio a la política. Política es el estudio de los diversos métodos de vida común que ha discernido o pueda discernir el hombre. La aristocracia es una política, y la democracia otra. El zarismo es política, y es política la anarquía, la anarquía, que en mucho corazón ferviente es el título de moda de la aspiración santa y confusa a la justicia, y en manos del gobierno español, que echa anarquistas por todas partes, es un habilísimo instrumento. Pero en los juicios libres no puede prender ese recurso burdo; los hombres que desean sinceramente una condición superior para el linaje humano no pueden ser cómplices de la política de policía que anda predicando el desdén de la política; el deber de procurar el bien mayor de un grupo de hijos del país, no puede ser superior al deber de procurar el bien de todos los hijos del país; y si la guerra triste viene a ser el modo único de conquistarlo, ningún hombre bueno negará su apoyo a una guerra inspirada en el deseo vehemente de obtener, por los métodos amplios de un gobierno propio, justicia para todos, una guerra que no se hace, como pudiera hacerse, por obra y bien de los políticos de oficio, respaldados por los intereses y las castas, sino por la política del amor a la humanidad, que no puede desertarse sin delito.

Porque la política se puede desertar, como profesión enojosa que es aunque el hombre honrado la ha de ejercer siempre como vigilancia, cuando no sea más que el arte de la administración, en cuya minimez no todas las paciencias caben, o el de obtener, por el halago de las pasiones, y la complicidad con los intereses, aquel poder, mantenido por el repartimiento provechoso de la autoridad, que es grato y lleva a tales culpas, a los hombres de vanidad y de apetitos. Pero cuando la política tiene por objeto salvar para la virtud y para la felicidad un pueblo de seres humanos que la opresión pudre en el vicio y el hambre lanza al crimen, cuando la política tiene por objeto salvar aquel pueblo, raíz principal de la vida, donde los seres humanos que se envilecen sutilmente, de la vileza que les rodea, son nuestro hijo y nuestra hija, sólo pueden desertar de la política los que deserten de sus propios hijos.

Cuando la política tiene por objeto cambiar de mera forma un país, sin cambiar las condiciones de injusticia en que padecen sus habitantes; cuando la política tiene por objeto, bajo nombres de libertad, el reemplazo en el poder de los autoritarios arrellanados por los autoritarios hambrientos, el deber del hombre honrado no será nunca, ni aun con esa excusa, el de echarse a un lado de la política, para dejar que sus parásitos la gangrenen. Es la casa en que vive lo que le gangrenan, y ha de entrar en ella para purificarla. Cuando la política tiene por objeto poner en condiciones de vida a un número de hombres a quienes un estado inicuo de gobierno priva de los medios de aspirar por el trabajo y el decoro a la felicidad, falta al deber de hombre quien se niegue a pelear por la política que tiene por objeto poner a un número de hombres en condición de ser felices por el trabajo y el decoro.

¿Qué hace el hombre bueno, con manos para izar y para arriar, cuando ve que va a mal, por los malos marineros, el barco donde nao vega con una muchedumbre desvalida? Los hombres que lo son, se juntan para salvar el barco de quienes lo desvían, y los hombres que no lo son, los hombres recortados, los egoístas, se echarán, solos, a los pocos botes de naufragio, dejando atrás a sus compañeros de desgracia: y vagarán, abandonados, por las olas.

No; cien veces no: los que lo creen, yerran de buena fe. La cobardía y la indiferencia no pueden ser nunca las leyes de la humanidad. Es necesario, para ser servido de todos, servir a todos. ¡Que hay otras batallas que librar, santas y vitales! Pues primero es ensanchar las con¬diciones del combate, para poderlo librar más fácilmente. Primero es tener bajo los pies la arrogancia del suelo nativo, que da al hombre un derecho, y a la justicia una mesura, y a la mirada un rayo que no se tiene jamás en el suelo extranjero, donde la justicia, por los diversos métodos y costumbres, no acaba nunca de parecernos nuestra, donde vive el hombre como el que anda en la mar, y todo echa y rechaza todo, como los potros libres cocean por desdén al caballo ensillado. Ansía la bestia misma la libertad del aire y de la luz, y muere de dolor o vive triste, sin fuerza ni belleza, cuando la sacan del suelo en que nació, y saca vida nueva y rayos de los ojos cuando vuelve a su tierra natural. Vuela la bestia al socorro de sus semejantes, y muere peleando bajo el lobo que ataca a los de su misma forma y naturaleza. ¿Cómo se ha de llamar al hombre que se cruza de brazos cuando sus semejantes padecen, ni con qué derecho ha de pedir simpatía para sí quien la niega a sus semejantes?

Los comentarios están cerrados.