La exposición de Louisville

La exposición de Louisville

EXPOSICIONES PERMANENTES DE FRUTOS SUD-AMERICANOS

Louisville es notable ciudad del Estado de Kentucky, donde antes se hirieron el pecho como enemigos, y ahora se lo estrechan como hermanos, los hombres de los Estados del Norte y del Sur. Ya parece que se va, camino del olvido, la nube de la guerra. Ya no hablan de revancha, sino de fusión, aquellos dos tremendos bandos rivales. Ya se visitan, se devuelven las armas con que pelearon, los trofeos que del puño ensangrentado se arrebataron: ya anhelan cambiar productos y máquinas. Los plantadores del Sur quieren enseñar a los mecánicos del Norte cómo son sus productos tan valiosos, y tan fecundas y dóciles sus comarcas, que en país alguno pudieran emplear mejor sus caudales, ni cultivadores algunos fiar, ni en tierra alguna fundar fábricas, que en aquel Sur ya pacífico, que ve al cabo de veinte años trocados en Senadores, en Reverendos, en enviados diplomáticos a sus esclavos, y se saca del pecho el odio, única bandera que le quedaría para la guerra, puesto que aquella de la protección de los derechos autonómicos del Estado no vino a ser más que antifaz decoroso de la defensa de los intereses de los propietarios de hombres.

Aún quedan lastimaduras de la guerra, y de vez en cuando, respetado por su sinceridad, mas no seguido, habla de reencenderla uno que otro apóstol fanático; pero los pueblos, y sobre todo los pueblos formidables, no se desquician sino cuando los empujan grandes razones.?Y hoy todas las razones grandes empujan al Sur a la paz. Ya no puede reconquistar sus esclavos, razón de la pelea. Tiene campos abandonados: trabaja con máquinas pobres: no tiene caudales con qué atraer a los inmigrantes: vencido en la producción por los países que le echaron el paso adelante durante la guerra, anhela medios de dar recio empuje a sus cultivos desmayados o desatendidos, por falta de fe pública, dineros y brazos,?y dar a sus frutos las múltiples aplicaciones industriales de que son capaces.

Y a esto vino la Exposición de Louisville: a poner ante los ojos del Norte todos los productos del Sur, y la buena y sincera voluntad de paz de sus habitantes: a poner a los ojos del Sur todas las máquinas del Norte que pueden convertir en productos industriales exportables los frutos del Mediodía.

La de Atlanta vino a lo mismo, y preparó el camino a la de Louisville. Así como en lo antiguo precedía el postillón a la silla de posta, así ahora preceden las Exposiciones a la paz.

Y ¡cómo vuelven los tiempos sobre sí propios, y reaparecen los mismos fenómenos, como los cometas en el cielo, mas cada vez con mayor perfección y trascendencia, como viajeros que van adquiriendo experiencia y riqueza en el camino! Piénsase involuntariamente, cuando se ven estas Exposiciones de ahora, que no vienen a ser más que muestrarios dignos de la producción y comercio de estos tiempos, en aquellos otros muestrarios menos vastos, mas no menos famosos, que los habitantes de las comarcas ricas y traficantes del Mediterráneo mantenían perpetuamente en aquellos puertos antiguos de Roma y de Grecia, vigilados siempre de cerca por empinado monte, ceñido de impenetrable fortaleza!

Se mandan agentes viajeros a recomendar los frutos: debieran enviarse los frutos, a recomendarse a sí propios. Adonde hay un mercado para un producto, allí debieran ir, a mostrarse perennemente, todas las variedades del producto. Serían Exposiciones constantes, mantenidas a poco costo por las contribuciones mínimas de todos los productores de frutos que los sacan de sus países para su venta. No en gobiernos se piense para estas cosas; que de acudir al Gobierno para todo, viene luego que el Gobierno crea, con cierto asomo de justicia, que no se puede pensar, ni creer, ni obrar sin él. No se puede estar siempre invocando al tutor por una parte, y rechazarlo cuando no nos place, por la otra. Esto fuera del beneficio de todos los cultivadores, de todos los vendedores, de todos los compradores: todos podrían ayudar a ello.

¡Qué bueno y útil sería que en cada gran mercado de Europa y de América, se mantuviesen perpetuamente abiertas casas de Exhibición de los productos americanos!

Y si esto todavía no, por requerir mayor organización y tiempo ¿quién niega que sería cosa excelente celebrar, una vez al menos, en cada uno de esos centros compradores, en una época favorable del año, una Exhibición de nuestros productos?

Porque el que está interesado en vender, es el que está interesado en enseñar.

Y mientras no sepan lo que tenemos, no podrán ir a pedírnoslo.

¡Quién viera, como pudiera verse, en New York, una Exhibición de los productos de las repúblicas hispano-americanas!

La América. Nueva York, octubre de 1883.

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