La Conferencia Americana
Sucesos varios.—Noticias de América.—La Argentina en la conferencia.?Reconocimiento del Brasil.—Crónica de la conferencia
Nueva York, 11 de diciembre de 1889

Señor Director de La Nación:

Diciembre está en sus últimos días hábiles, porque el fin del mes es aquí de Pascuas todo, y no hay quien piense en más que en regalar o en recibir, ni mes del año en que las esquelas de amiga traigan más perfume, ni en que esquiven los galanes la presencia más, ni en que sean los niños tan obsequiosos y obedientes: luego, desconsolada, la esposa ligera dice a su amiga del corazón: «¡Y yo que hice tanto por tenerlo contento, y vea lo que me ha dado de Pascuas, una lámpara!» Todos están en Washington de viaje, porque no hay representante ni senador, por canosa que tenga el alma, que no quiera ir a ver a quién le toca en el salón de su casa, a la campanada de la media noche, el beso a que da título el encuentro debajo de la rama del muérdago amoroso. El Sur entierra, con las ciudades vestidas de crespón a su guía y símbolo, al herido célebre de Buena Vista, al que a caballo, deshecha la cabellera, flotándole a la espalda la esclavina, hambriento y exangüe a sus pies la confederación, más parecía espíritu que hombre, semejante a un árbol acuchillado por el rayo, y rondaba, ahora a escape, luego a paso de quien muere, por las calles lúgubres de Richmond; al que solo arrió el pabellón de su causa vencida para morir envuelto en él: a Jefferson Davis. El Norte entierra, a tiempo que se levantan los «nuevos abolicionistas», los que quieren abolir la propiedad privada en los bienes de naturaleza pública, a uno de aquellos doce famosos, que sin más Tesoro que su idea, ni más ejército que su voluntad, fundaron en Boston, befados y lapidados, la primera sociedad abolicionista de la esclavitud que fue el fundamento de la nueva nación. ¡Malhaya el que teme verse solo, o acompañado de los humildes, cuando tiene una idea noble que defender, y los de cuenta de banco y botín de charol están del lado de los que la sofocan o abandonan!: los que huían como de la peste, de Oliver Johnson, y le murmuraban la levita verde y el pelo revuelto, ahora, con epicedios y antífonas, han ido, sombrero en mano, a acompañarlo a la tumba. Los diarios hablan mucho de las víctimas de la luz eléctrica, que lleva en los alambres más poder que el que resiste la vida humana, o tiene gastada la cubierta aisladora, y abrasa y mata en segundos, a los pobres obreros, que mueren sobre los alambres, con un hilo ceñido a una pierna, y el opuesto en la mano, chirriándoles la carne, echando chispas la muñeca, comiéndoles la boca: un trabajador clava al poste en que murió su amigo, una alcancía, y a la mañana siguiente le echa en la falda a la viuda, que llora rodeada de sus tres hijos, ochocientos pesos: ¡pero muere un obrero cada día, y la caridad se cansa!

De la rapidez con que el presidente de la Casa ha nombrado las comisiones, se habla mucho; de la agonía de la mujer que le cobró la honra a balazos al banquero, y ahora, deshecho el pulmón, cuentan que acaba en su celda; del padre que creía en lo que la Biblia dice sobre el poder de curar de la oración, y oró, y se le murieron sin medicina los dos hijos; de los discursos nobiliarios y aguileños del oráculo de la gente bolsuda; de Chauncey Depew, el que quiere «atar la América del Sur a la del Norte»; y para eso quiere «que sea aquí la Exposición»; del frenesí con que Chicago, anheloso de ganarse la voluntad del presidente, lo cercó y estrujó de manera, en su visita a la ciudad para el estreno del Auditorio, que las damas mismas del cortejo presidencial salieron de la muchedumbre sin plumas ni lazos.

Pero en Nueva York, como que ya están al llegar, lo de moda por la semana que entra, va a ser la excursión de los panamericanos. Tampoco parece que venga en masa a la gira la conferencia de naciones; aunque ya ondea desde ayer en la casa de las sesiones la bandera panamericana al fondo del campo azul, limpio de las estrellas usuales, la cruz de mayo: delante, cubriendo con las dos alas tendidas el norte y sur del continente, el águila: y el continente tiene alrededor un anillo de boda.

De los países de América se lee aquí en estos días mucho. En Haití, como que no halla fácil el camino el mulato Douglas para que Hyppolite, que ya es el dueño, cumpla lo que parece que ofreció, a los poderes del norte que lo proveyeron de ánimo, y de armas y han ido, a estrenarse por aquellos mares, cuatro buques de guerra. El Tribune, de Nueva York, que en estas cosas sale hecho de la Secretaría de Estado, dice, a propósito de un artículo donde se celebra la política de la Secretaría, «una política osada, original, definida, popular en la nación, que le asegure resultados de valor permanente»,—que «hay sus señales de la disposición del Departamento de Estado a tomar en cuenta la importancia de obtener estaciones de carbón en la punta norte de Haití, y en otras partes».

Hawai tiene aquí a un ministro Carter, que viene a pedir el protectorado. «Del canal de Nicaragua», dice el Tribune, «parece que está dispuesto a cuidarse el Departamento de Estado». Todo lo de Nicaragua y Costa Rica, y de la Unión de Centroamérica, se publica aquí día a día, con los detalles más minuciosos y razones por las que Nicaragua, que va a tener canal, no debía unirse a Guatemala, «que se le va a echar encima»;—y notas de las opiniones anexionistas de un Jiménez costarricense, que «prefiere ver a su patria anexada a los Estados Unidos, que convertida en Estado de Centroamérica». Se publica mucho lo de la ciudad nueva del canal, que se va a llamar «América». «Este gobierno a la verdad», dice el Times, «habría de ver con mucho desagrado la entrada de Nicaragua en unión alguna, a menos que no quedase libre el canal de toda intervención del nuevo gobierno federal». ¿En qué dirección se ha de mover nuestra bandera?», dice el Sun en un artículo odioso, «¿sobre el norte, o sobre el sur, o sobre alguna de las Antillas?»

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