España. Usanzas de hidalgos

CARTA DE NUEVA YORK EXPRESAMENTE ESCRITA PARA LA OPINIÓN NACIONAL

España.–Usanzas de hidalgos.–Diputados de provincia y diputados madrileños.–Un mes en Madrid.–Católicos contra herejes.–La batalla de marzo.–Preparativos, recuentos y probabilidades.–La conversión de la deuda

Nueva York, 7 de enero de 1882

Señor Director de La Opinión Nacional:

Por ser usanza de hidalgos, y buena usanza, ir a pasar la Nochebuena a la aldea de los padres, o a la pesada casa solariega, o a la humilde ciudad de provincia, donde habla el progenitor sesudo, envuelto en su ancha capa, con este platero, o aquel vendedor de paños, o aquel que vende drogas, y las cuenta; y porque el Ministro de Hacienda ha menester de calma y tiempo para convencer a los tenedores de bonos de la deuda española de la utilidad que a España y a ellos reporta la conversión que proyecta; y porque Sagasta necesita de estos meses para ver cómo ajusta las diferencias que entre sus sectarios van surgiendo, y para organizar sus huestes de manera que reciban sin daño, y sin venir a tierra, el mortal ataque que los ultramonárquicos y católicos les preparan,–Congreso y Senado han interrumpido sus tareas, y anuncian que no han de reanudarlas hasta marzo.–Hay diputados fieles a su provincia, que la cortejan, y son de ella, y no tienen a menos, como hábito, y no como cortesanía, hacerse hueco entre los labriegos que calientan su rala capa parda y su chaquetilla ruin, al amor de la lumbre, que chispea en el ancho hogar, y conforta al anciano de rostro lampiño que cuenta de sus mieses, a la esposa que hila en paz, y habla con los ojos a las doncellicas de la casa, a las que no sabe mal que los mozos les recuenten las travesuras de antaño, cuando eran chicos, y merodeaban por las eras. Pero hay otros diputados, y son los más, que tienen a la provincia como escabel, y como pedestal; y la visitaron para hacer buena la recomendación del potentado o del ministro, en los días de elecciones, y ya no la visitan, porque gracias a las artes que ellos saben aguardan para la elección nueva, nueva recomendación de sus caudillos, en esa provincia, o en alguna otra que, en dando en las Cortes, toda provincia es buena.–Para aquellos diputados caseros son la bendición de los abuelos, la buena sombra de la casa añeja, el sol alegre del risueño patio, donde un elector agradecido, porque le han pagado este reclamo, o dado agua a su huerto, echa a andar el marranillo o la gallina, y en donde, en tiestos de barro rojo, ostenta sus hojas menudas la albahaca, y las suyas felpudas el geranio, bien guardadas tras de cristales, no sea que las marchite el cierzo, lo que es fama que debe hacerse con todas las flores. Y para el diputado urbano, para el que fue a la provincia y no vino de ella, para el que se señaló en Ateneos, tertulias y antesalas por su actividad, ambición, elocuencia, habilidad o brío, y se afilió en el bando de tal jefe que le place, a trueque de que el jefe, por verse defendido de ese buen soldado se valga de sus mañas y de sus amigos campesinos y le busque asiento en Cortes; para este gallardo madrileño, que no es fuerza haber nacido en Madrid para ser madrileño, sino hacerse de aquel donaire y ligereza, que como el perfume del vino generoso, son dotes de Madrid; para este vecino de las buenas casas de huéspedes de la calle Mayor, o la de Preciados, o las lóbregas de la calle del Sordo, que es callejuela, y va a dar a la hermosa plazuela del Congreso, por donde vive un Madrazo, pintor excelente, y de familia de pintores; para este diputado cunero, como se dice allá en jerga política, son los grandes y pequeños teatros, baratos y buenos; y el café aromoso de la Cervecería inglesa, si es que no prefiere el de la escocesa, que está al doblar, en la calle del Príncipe, y a un paso ambos del Teatro Español, casa de encantos, donde las damas lucen sus hermosos ojos, y tienen puestos los suyos los poetas.

¡Qué buen mes, un mes de Madrid! Se va a la Academia de San Fernando, y se estudia a Goya, y frente a los retratos de la duquesa de Alba, siente el poeta joven arder en torno suyo enloquecedores pebeteros, y flotarle en la espalda manto de beduino, con que pudiera, sobre corcel blanco, ampararla del frío, y llevar a los cálidos desiertos a aquella maravillosísima hermosura. Y se admiran los pies breves de la Tirana María Fernández, que fue famosa cómica, señora de galanes. Y aquella Santa de Murillo, que cura a los leprosos con sus manos, y al alma triste con verla. Se va al Museo riquísimo, a ver los Velázquez, que pasman; los Correggio, que convidan; y los árabes de Fortuny, que deslumbran. Se va al Retiro, que fue paseo de reyes, donde al sol de oro de Castilla, y en la clara atmósfera, limpia de impurezas por los aires de invierno, resplandecen, más que pasean, niños y damas.

Se pregunta asombrado el economista de dónde han fortuna esos lindos señores y suntuosas damas que así en días y horas de trabajo, huelgan. Se compran los periódicos traviesos, que se van ya haciendo periódicos ingleses, y alardean de graves, sin que por sobre la luenga levita londonesa deje de flotar, para quien sabe ver, el manto moro, porque los españoles empiezan a mirar mal los sueños, y bien los negocios, pero ellos no harán nunca negocios sino en la medida en que se los dejen hacer los sueños. Y ya entrada la noche, se va–lo que es desdoro para el culto Madrid–a ver lidiar un toro, sobre la escena una piececilla de un caballero Pina, que goza de fama por la abundancia, aunque no por el género, de su chiste, porque el chiste ha de ser como el Jerez, y no como el vino grueso de Aragón; o se aplaude en Variedades, que es teatrillo risueño, a una compañía de actores, que ha pocos años lo era de calaveras y de obreros, y en fuerza de ser ellos criaturas de Madrid, y de verlas, y de copiarlas en los teatros provisionales que se alzan en los barrios por Navidad y Pentecostés, han venido a ser cómicos excelentes, que a todos sus rivales vencen en el arte de representar con gracia tipos madrileños. O se va a Apolo, en que, con ser teatro muy lindo, ni actores ni público hallan acomodo. O al Teatro de la Ópera, que se llama el Real, y merece serlo. O a ese Teatro Español que a cada cual parece cosa de sí mismo, porque allí ve la dama que le enamora, y el amigo grato; y hablan, por boca de actores familiares Alarcón y Tirso, y vive allí el ente misterioso de la raza, y el espíritu perdurable de la lengua. Al diputado que en Madrid se queda, aguardan esos placeres deleitosos; la entrevista furtiva en el Teatro de la Comedia, que es el favorecido de las altas damas, y los que van tras ellas, porque es airoso y cómodo; y allí trabajan actores en boga, que hacen gala de no ser actores de provincia y suburbio, sino del viejo Madrid, y de sus lindas marquesas.

Los comentarios están cerrados.