España. César Cantu

CARTA DE NUEVA YORK EXPRESAMENTE ESCRITA PARA LA OPINIÓN NACIONAL

España.–Peregrinos y carlistas.–Los católicos de don Alfonso y los católicos de don Carlos.–-El Pontífice, el nuncio y los ministros.–Nocedal.–Baile en Palacio.–Italia.–Los ancianos.–Milán.–César Cantú y los milaneses.–Los cambios en la historia.–Cantú dice cómo reforma su libro.–EI mundo nuevo.–Garibaldi en peligro de morir.

Nueva York, 17 de febrero de 1882

Señor Director de La Opinión Nacional: Ni es nunca en Madrid el invierno estación desocupada, ni lo está siendo, por cierto, el invierno de este año. No hay mente serena, ni diario sin ira, ni partido sin congoja. Ante los amigos de los tiempos nuevos, que ponen en peligro sus conquistas, con el ardor con que batallan en pro de los intereses de pecunia o fama que de ellas le han nacido,–forma en fila, más temible por más rencorosa, y por vencida, aunque no más ligada ni compacta, la servidumbre de los tiempos viejos. Ni de Cuba, donde se hunde una plaza de toros, que es cosa que no debe estar en pie, y sepulta a gran número de infelices; ni de los dramas nuevos, en que la Mendoza Tenorio, que es rica esencia en vaso endeble, luce sus artes trágicas o sus donaires cómicos; ni de historias de corte, porque es ley de las cortes que anden siempre abundantes en historias,–se han ocupado en estos días aquellos periódicos que se escriben, entre humo de cigarros y sobre mesa dura, al caer de la noche,–aquellos perezosos, que en lo mejor del día, resuelven las cosas públicas en sus pláticas, como resuelve drogas el mancebo en la farmacia,–aquellos graves desocupados, y personas de cuenta, que hablan maravillas y se rebozan en capa añeja en torno de las mesas apretadas del Café de la Iberia, o del más rico y famoso Café Suizo. No se ha hablado en Madrid en estos días más que de peregrinos y carlistas.

¿Irán los peregrinos a Roma? ¿Es la peregrinación un homenaje al Papa, una petición al rey, o un ostentoso tributo de lealtad a Carlos VII? ¿El nuncio, el amable monseñor Bianchi, es persona sincera, que de veras quiere que sea la peregrinación cosa de católicos, y no de rebeldes, o es persona doble, que en voz alta niega a los carlistas el derecho de organizar el viaje de los peregrinos, y en voz baja les habla como a los caros hijos de la Iglesia, y urde con ellos el modo de peregrinar?

¿Pues Nocedal, aquel abogado sutil, aquel político vivaz, aquel Sagasta de letras, aquel polemista batallador, aquel diputado temido, que parecía muerto,–no está muerto? Y es tal el número de preguntas, de comentarios, de suspicacias, de insinuaciones, de ofensas, de alarmas, que se cruzan en los animados diarios madrileños, que pudieran a su sombra, como a la de los dardos del ejército de Jerjes, darse la próxima batalla.

¿Irán a Roma los peregrinos? ¿Les rogará el Pontífice que no salgan de España? ¿Obrarán de tal modo que el gobierno de España prohiba la peregrinación? Tales rencillas se han movido; en tales bandos se ha separado el elemento católico; en tales angustias han puesto los bandos rivales al Pontífice y a su nuncio, que por cobrar sueldo del rey, y por ser quien es, ha de presumirse que es fiel al rey, que ya se dice que León XIII y su nuncio desean que el Gobierno de España ponga coto a tanta avaricia de sacar bien para sí, de lo que sólo había de hacerse en bien del Papa.

Intentaron los católicos de Alfonso dar batalla en campo católico, que parecía aún en España todo almenado y formidable, al gobierno de los partidos liberales, más vencibles, en torneo monárquico, con estas armas que con otras: mas lo intentaron en provecho del partido alfonsino. No bien fue pública la idea, como los carlistas hacen arma principal de su lealtad religiosa, se hicieron del arma, como suya, los católicos de Carlos. Que están los carlistas hoy en ocasiones de victoria como el desierto en cuanto a aves, y no habían de dejar pasar, sin pretender asirla, esta ave que les cruza por su desierto.–Mas si a los de don Carlos importa poco, a trueque de mostrarse vivos y fuertes, acompañarse de los de don Alfonso, los de don Alfonso no han de querer, porque les temen y odian v les interesa no darles ocasión de vida, ir acompañados de los de don Carlos.–Y antes cejarían en el empeño, que consentir en ir a Roma como tenientes de sus enemigos. Que los de España no van a Roma, sino por lo que se haya de decir de ellos en España.–Y no ha de haberse esgrimido un arma, para que nuestro contrario nos la arrebate, y nos la sepulte en el costado.–El nuncio del Pontífice, urgido por los ministros visibles del rey, que son los liberales, y los ministros invisibles, que son los conservadores, ni confesaba que veía sin enojo los activos trabajos carlistas, ni ponía mano en impedirlos. Se habló de retirada del nuncio de Madrid, y del embajador español del Vaticano. Buen número de obispos, que aman más a su Pontífice que al príncipe pretendiente, negaron en documento público a las juntas carlistas el derecho de encabezar, ni hacer carlista, la peregrinación. Las juntas que obedecen al hábil Nocedal, se reunieron para preguntar al Pontífice si desaprobaba sus trabajos, para no seguir en ellos, o los aprobaba, para continuar en su labor, aunque no pluguiese a los obispos. El cardenal Payá y Rico, que es arzobispo de Santiago, dijo que el Pontífice quería ver a los hijos de la Iglesia y no a los que hacían de la Iglesia antifaz y mampuesto, y medio de logro. El Embajador de España en el Vaticano repetía en incesantes telegramas que el Pontífice anhelaba que no tuviese carácter político el viaje de los españoles a Roma. Se decía en voz alta que, a seguir siendo como ya era, un motín sigiloso la peregrinación, haría el gobierno que no saliesen de España los buenos peregrinos. Dijo El Liberal, muy leído periódico, y escrito por hombres jóvenes, hechos a la lid política, y avisados, que el nuncio había recibido orden del Papa de ayudar a Nocedal, cabeza de los carlistas, en las labores de organización,–a lo que respondió el nuncio publicando un telegrama del cardenal Jacobini, Secretario de Estado de León XIII, en que declara que la peregrinación a Roma ha de ser dirigida por los obispos, cabezas naturales de los católicos, y no por Nocedal, cabeza de los carlistas. Y de esto se sigue no ser cierto, como los malévolos susurran, que se da en sigilo a los católicos de don Carlos el amparo que en lo visible se les niega;–que como no irán navarros ni vascongados a Roma, puesto que no van los carlistas, la procesión de viajeros se hará al cabo, mas muy mermada, porque los de don Carlos tomarán a empeño entonces, mostrar que la España católica está con ellos, y privar de esta ocasión de alarde a los secuaces de don Alfonso.–Urge poner en claro estas urdimbres, para que los hombres sacudan al fin sus lanas y se libren de las tijeras de los cardadores.

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