Espadero

Señoras y señores:

Muchos años hace, porque los años que se pasan lejos del suelo nativo son años muy largos, en una tarde de Mayo en que estallaban al sol tierno las primeras lilas, vi al gentío de seda y encajes, do petimetres y marquesas, de generales canosos y de duques, levantarse entusiastas de su asientos, vitorear una música entrañable y conmovedora, proclamar, en el aire lloroso, al que enviaba a la corte feliz el dolor de la noche, la queja de las sombras, la plegaria de los cañaverales. Era Madrid: la sala famosa de los conciertos de Madrid, que aclamaba El Canto del Esclavo, de Espadero. La Sociedad Literaria hace, pues, bien en tejer, con las rosas de su casa, una corona más para aquel que aprisionó en sus notas, como en red de cristal fino, los espíritus dolientes, que velan y demandan desde el éter fulguroso y trémulo del cielo americano. La Sociedad Literaria no podía cerrar sus puertas, abiertas de par en par a la gloria, cuando llamaba a ellas una noble mano de mujer pidiendo con derecho de hermana, la caridad de una flor para la tumba del genio austero y compasivo.

El programa imperioso asigna la ceremonia de un discurso al Presidente de la Sociedad, que desobedecerá en esto al programa, porque los pensamientos brillan poco donde hay tanto jazmín de Malabar y tanta rosa roja o té, y capullos que se entreabren, con ruido que suena a beso, en la rama del mirto; porque en el misterio del amanecer, y en uno que otro cuchicheo de pájaros, ha aprendido esta presidencia que la palabra, trabada y empalagosa, no ha de robar el tiempo a la palabra redimida, al discurso con alas, a la poesía que va por el aire, susurrando y animando: a la triunfante música. Ni para lamentar siquiera la desaparición de este mundo del compositor ilustre daría yo suelta a las ideas, porque el morir, cuando ya se ha ganado un poco de amor, es tan apetecible y justo como vergonzoso e inútil es salir de la vida sin haber merecido con el trabajo y la bondad el descanso de ella. A la muerte se la ha de cortejar, con la virtud y el trabajo cordial, como a una amiga hermosa. El que ha visto estallar una flor, ha visto la muerte. En la muerte halla el poeta su poesía y el apóstol la libertad, y el universo ve al fin, tendidas hacia él las dos alas de amor, las armonías que, como mariposas de fuego, le revoloteaban en vida por la frente, o lo transportaban, en carro invisible, a los países azules, para dejarlo caer después, extranjero y huraño, en el mercado burdo de la vida.

No he de decir aquí, porque todo el mundo lo sabe, que el músico creador a quien rendimos homenaje, no fue artista de mera habilidad, que saca del marfil jadeante y estrujado, una música sin alma: ni lacayo de su tiempo, que al esqueleto de su patria le pone sobre la oreja una moña de colores, o de gritos salvajes compone un baile impuro para que lo bailen, coronados de adormideras en el gozo del fango: sino salterio sensible, que en la limpieza de la soledad, cuando cae sobre el mundo lentamente el bálsamo de la noche, ve alzarse de las maravillas, volando de onda en onda, el alma de la flor, y danzar sobre el río, con la nota en los labios, a las doncellas de agua y luz, y a las palmeras, como madres deshechas de amor, acoger en sus ramas a los espíritus que huyen de la tierra con el rostro cubierto, sangrando y despavorido: era arpa magnífica, que en la fiereza del silencio, entona un himno fúnebre a todo lo que muere: ¡saluda con alborozo de aurora a lo que nace: recoge en acordes estridentes los gritos de la tierra, cuando triunfa la tempestad y viene la luz del rayo!

De lo que sí no se puede dejar de hablar, porque por ahí se medirá más tarde la alteza del hombre, es del montaraz sigilo en que cuentan que vivía aquel domador de notas. ¿Ni cómo había de vivir, siendo sincero, aquel peregrino que pasaba por la tierra, como todo artista que de veras lo es, con la ira y desdén de quien ve luces, que no ven los que le rodean, y entreoye acentos que la zahúrda vulgar no le deja oír, y se revuelve áspero, contra los que no le dan tiempo, con el bufido de los fuelles y el martilleo de las forjas, a levantar, en el encanto de la luna, su torre de aspas, de estrellas y de cristales? ¿Cómo, sino tétrico y fuera de sí, había de vivir, con su poder de unir encantos, las voces del conjunto, y en una nota un haz de esperanzas y de penas, quien no vino al mundo en aquellas edades en que las almas, afinadas en coro, remedaban con su unidad en esta vida la plenitud de la otra, sino en época y tierra de retazo, donde ni la música de lo interior ni la de ciencia de afuera hallaban en torno suyo armonía y estímulo, sino perturbación, fealdad y espanto?

¡Bien hace, de veras, la Sociedad Literaria en llevar con este concierto de espíritus, un alivio póstumo a la tumba de quien acaso sacó su música más bella del choque del espíritu excelso, con la vida que se lo ofendía y acorralaba! ¿Bien hacen estas manos caritativas de mujer, en poner en la tumba del artista desconsolado la limosna de una flor!

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