En elogio de Santo Domingo (fragmento)

Y no sabe bien el mismo señor Billini el placer que me da, y el agradecimiento en que me deja, cuando me invita a sacar, de estos labios míos endurecidos y apretados por un estéril destierro, palabras en la fiesta que el cariño de sus compatriotas consagran a este ilustre dominicano.

Vivía yo algunos años hace, bregando como siempre por el ensanchamiento del espíritu, y la afirmación y… de la luminosa alma de América; vivía yo hace algunos años, ya en las postrimerías penosas de la guerra de mi patria, con todos sus dolores despiertos como leones en mi pecho, y todos sus héroes andándome, con sus plantas de luz, sus manos abiertas suplicantes y su corona de espinas ensangrentadas a le espalda; vivía yo sobre ortigas encendidas, como se vive siempre lejos del país propio, en la lejana capital de Guatemala, de aquella tierra que ostenta en sus selvas y en su escudo, el quetzal de plumaje esmaltado y alma fiera que, cuando pierde la libertad, hunde la cabeza y muere: bien así como Santo Domingo indómito, ese pueblo quetzal. Y allá en Guatemala me enseñó un buen cubano, una noche en que apretada la garganta y secos los ojos, hablábamos de las glorias y desdichas de nuestra tierra, una carta en que el caballero Luperón explicaba, con ese cariño por las causas débiles que es dote exclusiva de las grandes almas, explicaba humilde y tiernamente los impulsos que le hablan movido a tributar honras fúnebres a aquel cubano de espíritu templado a fuego sobrenatural, a Ignacio Agramonte. Me puse en pie, como si Luperón estuviese delante de mí, a apretarle las manos; le di asiento en mi corazón, donde se sientan pocas gentes, y contraje con él una deuda de ternura y afecto que le pago esta noche.

Gracias, dominicano generoso, en nombre del muerto. Gracias, hombre de juicio sereno y corazón…

Abomino los odios fanáticos, tanto como amo los corazones generosos. La libertad de mi patria, quisiera verla surgir de entre alas, no de entre charcas de sangre; pero a mi tierra la llevo en el alma, como a una hija querida, y a quien me ha admirado y consolado a mi tierra, y dado favor y cariño a sus hijos, a raudales le doy esta alma mía, para que haga con ella lo que quiera, ya que ella es tal que no dejará nunca que se haga de ella nada malo, y en un abrazo que no se acaba, aprieto a mi corazón al hombre generoso que puso una corona de sus flores libres en el ataúd de nuestros muertos, y dio amparo y calor en sus horas de desdicha a estos otros muertos, ¡los desterrados!

Tiene el mundo dos razas: parecida a los insectos la una, la de los egoístas; resplandeciente, como si en si llevara luz la otra, la de los generosos. Los unos lo sacrifican todo: patria, amistad, estimación, hasta estimación de sí mismos a su beneficio y contentamiento; los otros, aunque en las horas de sosiego puedan pagar tributo a los apetitos y flaquezas de la naturaleza humana, cuando la hora del atrevimiento y la grandeza suena; cuando el honor humano o el honor patrio están en peligro, como arrebata el viento una paja, se sacuden de los hombros todas las preocupaciones, conveniencias o intereses que puedan estorbarla, y alegres como águilas libres, se arrojan apretadamente a la pelea, camino de la luz. La vida les es grata; pero no con el pensamiento en cepos, las miradas medidas, las mejillas abofeteadas, los afectos en disfraz, toda el alma en bochorno. Y para gozar de la vida, que sólo es amable cuando es noble, se decide a conquistarla. ¿Necesitaré deciros, señores, que tenemos delante a uno de estos hombres desinteresados, que ha pagado con su propio cuerpo el precio de su libertad, y con sus propias manos ha desembarazado de su vestido de hierros a su patria, y vuelto a sus llanos apacibles, a sus montañas ilustres, a sus tupidas espesuras aquella ingenua luz de pueblo nuevo que brilló sobre los vestidos de colores de los infortunados caciques de Jaragua?

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