El día 27 de noviembre de 1871

El día 27 de noviembre de 1871

Anacleto Bermúdez y González, Alonso Álvarez de la Campa, Pascual Rodríguez y Pérez, Carlos Augusto de Latorre, Ángel Laborde, Carlos Verdugo, Eladio González y Toledo y José de Marcos y Medina. Estudiantes del primer curso de medicina, en Cuba, murieron fusilados por los Voluntarios de La Habana.

No graba cincel alguno como la muerte los dolores en el alma:–no olvida nunca el espíritu oprimido el día tremendo en que el cielo robó ocho hijos a la tierra y un pueblo lloró sobre la tumba de ocho mártires.

Nadie se ha despedido con más grandeza que ellos de la vida. Nosotros nos enorgullecemos con su energía inmortal; nosotros adoramos a nuestra patria en la fortaleza de sus hijos; pero hoy que hace un año que murieron para el mundo y nacieron para la gloria, lloramos con las madres que lloran en el seno de la patria la muerte de su alegría y el horror de los recuerdos que los ensangrentaron en la muerte.

Y cuando lloramos, con nosotros han de verter lágrimas de inmenso duelo los que los amaron,–lágrimas por la honra patria los que desde aquí se espantaron con el asesinato,–lágrimas de remordimiento y de vergüenza todos aquellos que tienen una mancha de debilidad sobre la frente y una gota de su sangre sobre el corazón.

Han muerto–aunque presumimos que viven más desde que murieron. Han muerto, y fue su desaparición de entre nosotros olvido de justicia y de honor.–El honor y la justicia gimen con nosotros, con nosotros inclinan la frente sobre la tierra, con nosotros lloran sobre ella, tumba inmensa y gloriosa de aquellos a quienes la maldad y la ira negó la tumba común.

Y bien hicieron en sepultarlos en la tierra sin término y sin límites: sólo ella es digna de recibir cuerpos que la energía hacía nobles, que la muerte hizo tan grandes. Los culpables han hallado en su impiedad su castigo. Así sus espíritus se esparcen por la tierra toda; así hablan con todos los mártires; así se nutren de su excelsa vida; así vagan por toda la extensión; así viven a nuestro lado, y así pesan sobre todos aquellos que vertieron su sangre o no se estremecieron de dolor al verla vertida;–así, mártires y héroes, van más pronto hacia Dios.

¿A qué recordar ahora todos los horrores de su muerte? Cuando se ha matado, cada idea es de duelo, cada hora es de pavor, cada ser que vive es un remordimiento.–Cuando se ha visto morir, cada recuerdo es una lágrima, y son todas las horas–horas de amor por los que murieron, horas de fe y de esperanza para los que aún luchan en la vida.–Y cuando las cabezas han rodado y sonreían al rodar, al par que la sonrisa, se ha alzado la mano de los cadáveres para decirnos que no lloremos demasiado, porque hay un límite al llanto sobre la sepultura de los muertos, y es el amor infinito a la Patria y a la Gloria, que se jura sobre sus cuerpos, y que no teme, ni se abate, ni se debilita jamás–porque los cuerpos de los mártires son el altar más hermoso de la honra.

Aún buscan las madres en la sombra la sonrisa de sus hijos; aún extienden los brazos para estrecharlos en su pecho; aún brotan de sus ojos raudales de amarguísimo llanto; aún se alzan tremendas ante los matadores con este inmenso grito, juez que no se equivoca, juez aterrador, juez terrible:–¡HIJO MÍO!

Aún intentan despertar con llanto la vida amada de los seres que partieron;–aún gimen.–¡Siempre gemirán!

Y en las horas calladas en que el espíritu se aleja de nosotros, tal vez los labios queridos recogen con sus besos tantas lágrimas, tal vez aquellas manos estrechan con amor sus manos, tal vez de aquellos pechos brota atmósfera de ternura y de paz!

Pero las madres son amor, no razón; son sensibilidad exquisita y dolor inconsolable.–Y ellas no besan ya sus frentes,–y ellas no se apoyan ya en sus brazos,–y ellas no gozan ya con su alegría;–ellas han trocado su vida de placeres inefables, de satisfacción encantadora, de orgullo enamorado por una masa informe y desgarrada que sirvió de pasto a una furia asesina e infernal.–¡Oh! ¡No se sabe llorar más que hasta cuando se piensa en este horror!

Nosotros amamos más cada día a nuestros hermanos que murieron; nosotros no deseamos paz a sus restos, porque ellos viven en las agitaciones excelsas de la gloria;–nosotros vertemos hoy una lágrima más a su recuerdo, y nos inspiramos para llorarlos en su energía y en su valor.–¡Lloren con nosotros todos los que sientan! ¡Sufran con nosotros todos los que amen! ¡Póstrense de hinojos en la tierra, tiemblen de remordimiento, giman de pavor todos los que en aquel tremendo día ayudaron a matar!–Madrid, 27 de noviembre de 1872.

PEDRO J. DE LA TORRE. FERMÍN VALDÉS DOMÍNGUEZ, condenados ambos a seis años de presidio por la misma causa.

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