El centenario americano

Washington y la Constitución.—La mano del héroe.—En la paz y en la guerra.—¡Aquellos tiempos, aquellos hombres!—El principio de la fiesta.

Nueva York, mayo 11 de 1889

Señor Director de La Nación:

Salen las manos como consagradas de revolver las páginas viejas, donde están, como con su voz y sus vestidos de paño y encaje, los hombres que se pusieron por columnas, sin temer el peso ni contar la fatiga, a la casa más amplia que se ha sabido labrar aún el decoro humano. Quedan ante ellos como enanas y sin sentido, como procesiones de anca y luminarias de feria, las fiestas con que Nueva York ha celebrado el primer centenario de su obra, los arcos de triunfo, las paradas marciales, el baile desordenado, el gentío ejemplar, el banquete magnífico, la oración fulmínea y profética del obispo de los protestantes en el templo, rodeado de huesos de héroes, donde después de jurar la Presidencia vino a postrarse ante el padre Benigno, temblando de miedo, aquel ante quien a menudo temblaban los hombres, y pedía perdón al ofendido con la misma mano colosal donde se aplastaron las balas del indio, tropezó el caballo triunfante del inglés, y saltó en pedazos la corona que quiso darle su tropa descontenta; aquella mano de Washington, «que era una curiosidad», tan grande que le tenían que hacer el guante a la medida, torpe en los versos de amor, cuando en las penas del desdén de Betsy pide al sueño refugio contra sus inveterados enemigos, y más firme y certera que mano alguna de hombre cuando guía en salvo a su patria naciente por entre los celos del mundo y las propias pasiones; aquella mano huesuda de jinete de más de seis pies, que aprendió, domando todos los caballos del contorno, a sujetar sus iras, y dominó con el desinterés, en la hora revuelta de la constitución del país, las envidias locales que se habían comido, con dientes de fiera, el lazo flojo que ligó a los trece Estados, y los ímpetus despóticos con que quiere encadenar la libertad la tropa que había ayudado a conquistarla. Para Washington ha sido, al cabo de un siglo, la apoteosis destinada a la Constitución que ató con más firmeza a los trece Estados deshechos, y dio un gobierno equitativo y fuerte a las colonias celosas, cuya ruina acechaban, con el veneno en la sonrisa, los pueblos tiránicos donde se erguía ya, mirando a América, el hombre oprimido. Por Washington llegó a su término la guerra con toda la fuerza de la ley, sin que la milicia, sólo enfrenada por aquella mano, se echase sobre el Congreso flaco y mandarín, que pagaba los sueldos con reprimendas y decretos, y andaba con la silla al hombro, sin que los Estados reunidos en él le reconocieran más que una autoridad aparente, que hiciese de gobierno ante el mundo, sin cobrarles tributos, ni mermarles en un ápice la autoridad local, que cada Estado ponía por sobre la de la República, a que no querían dar ente ni fuerza. Por Washington volvió a sus faenas de hombre trabajador el ejército colérico y clamoroso que aprendió en él a deponer ante la ley la espada que pudo emplear en asesinarla. Por Washington llegaron a juntarse en la Convención de Filadelfia los representantes encargados de imaginar una nueva manera de gobierno en que el pueblo quedase como uno según lo quiso y dijo la Declaración de Independencia, sin que perdiesen los Estados aquella soberanía, ya a medio desmoronar, que siempre defendieron con frenesí, ni delegasen de ella más que lo indispensable para no caer en nueva esclavitud. Por Washington, que sabía balbucear, se salvó en la hora sublime en que dijo sus frases de padre, el proyecto de Constitución que la furia de los convencionales tenía ya echado abajo. Por Washington, que juntó sobre su corazón a los partidos hostiles, salió triunfante de sus primeras pruebas la Constitución, que sólo a regañadientes aprobaban los Estados recelosos. «Por eso la aprobamos, como experimento, porque el Presidente va a ser Washington » Entre cañones y campanas nació por fin el Congreso que mandó a Thomson a sacar de su paz de Mount Vernon al que vino a Nueva York a jurar en la Biblia ser buen Presidente, por entre arcos de laurel y sobre hojas de rosa. Le sacaban los hijos, a que los bendijese con la mirada. Le escondían en un arco al niño que le puso al pasar una corona en la frente. Salían a recibirlo con pompa marcial, y con coros de vírgenes. En la punta de Elizabeth se embarcó para Nueva York, toda llena de júbilo y banderas, en un bote donde iban de remeros trece capitanes. A media bahía vino cantándole una oda una barca enflorada. Se le fueron detrás, cañoneando y vitoreando, las carboneras ponderosas, las barcas de tres velas, las corbetas galanas. El aire era oro, un grito la bahía, las caras rosas.

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