El castellano en América

No es por pedantería, sino por cariño: cuentan de Toussaint L’Ouverture que no sabía una vez cómo librarse de un bravucón de su ejército, empeñado en ser teniente; y luego que lo hubo recibido muy bien y dispuesto día para la toma solemne de grado, cuando llegó la hora: «¿Sabes latín, por supuesto?», le preguntó de repente: ¡jamás había sabido el bravo aquel latín! «¿Pues cómo, grande y grandísimo bribón, te atreves a querer ser oficial de mi ejército sin saber latín?»

Y de cierto director de diario cuentan en España que cada vez que le llegaba un aspirante con deseos de escribir en su periódico, le mostraba una pizarra llena de esas que llaman frases de estampilla y de adverbios en mente: «por mejor decir», «digámoslo así», «todos, absolutamente todos», y correas del mismo arnés: «¡Si usted sabe escribir sin usar una sola de estas muletas, lo tomo para mi diario!»

Algo así pasa con muchos periódicos de nuestros países; llenos de noble juventud y excelente intención, pero donde se habla una jerga corriente, y desluce con modismos bárbaros y acepciones inauditas un párrafo bello o una idea feliz.

Bueno está que vayamos dando a la lengua acá en América la distinción, elegancia y profundidad que, aunque lluevan piedras, podemos decir que aun en España faltan, quitando algún Maragall o Baralt, y Picón o Giner; porque si sale un ingenioso, resulta Varela, que va paseándose aprisa de discreto a chabacano; si crítico, un Clarín, con una azumbre del peleón por caca gota del añejo; hay que venir a los cronistas de los Lunes, más afrancesados de lo que conviene, para encontrar de vez en cuando esa elegante soltura que en Francia es acaso, con la claridad, lo más original y saliente de la lengua literaria, que en España apenas se ve, aun en aquellos que saben más de idioma español, como Pereda y la Bazán.

Bueno es que, para no ir como momia de cuello parado en mundo vivo, escribamos como los que escriben en nuestros tiempos, pero como los que escriben bien; porque decir, por ejemplo, como leemos en un diario: «ayer tuvo verificativo», «intimidaron los dos amigos», «Carrera jugó un gran rol», «la tropa está bien munida», es dahomeyano o iroqueño, pero castellano no es. Y la lengua que se habla debe hablarse como lo manda la razón, y como sea la lengua, por lo mismo que se pone uno la ropa a su medida, y no a la del vecino, con el pretexto de que todo es ropa. Ni cuando se escribe una carta se la llena de borrones, porque como quiera es carta. Ni el que ostenta un jarrón en su juguetero lo tiene de loza burda y mal cocida cuando lo puede tener de fino Sevres. Pues, porque se llevan zapatos, ¿hay razón para poner la gala en llevarlos rotos?

La verdad es que con el uso del castellano pasa como con el traje verde que llevaba en Madrid el pobre Pedro Torres, que lo llevaba porque no tenía otro, y aun ese se lo habían regalado, pero se enojaba con quien le sostuviera que a él no le gustaban los trajes verdes. ¡Le gustaban, y «muy mucho»! Lo mismo que con el paraguas, que él no tuvo jamás, y salía a la calle de intento en cuanto empezaba a llover, para demostrar que «por eso no tenía paraguas, porque le gustaba que le lloviera encima».

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