Cómo se crea un pueblo nuevo en los Estados Unidos

Una ciudad de diez mil almas en seis horas.–Un incendio en Nueva York, y un domingo de Pascuas.–El paseo de los ricos.–El paseo de los negros.–Colonización súbita de las tierras libres.–La invasión de los colonos en Oklahoma.–Cuarenta mil colonos invaden Oklahoma a la vez.–La tierra de la leche y la miel.–El seminola Osseola.–Rivalidad de los ganaderos y los agricultores.–Vencen los agricultores.–La peregrinación y la entrada.–Miles de carros.–Cuadrillas de jinetes.–Los pueblos vecinos.–La noche en el camino.–Muertos.–Tempestad.–El domingo de las vísperas.–Cuadrillas de mujeres.–Mujeres solas.–Los veteranos.–El sacerdote improvisado.–El combate con los intrusos.–Ella Blackburne, la bonita.–La periodista, Nanitta Daisy.–La hora de la invasión.–Desborde por las cuatro fronteras.–Carros a escape y caballos en masa.–Pie a tierra y posesión.–El espectáculo magnífico.–Cómo se creó la ciudad.–La oficina de Registro.–El primer tren que llega.–Traición y desconsuelo.–¿Quién trazó la ciudad?–Tiendas, hoteles, anuncios.–El banco.–El primer periódico.–La primera elección.–La noche en el desierto.

Nueva York, 25 de abril de 1889

Señor Director de La Opinión Pública:
Montevideo

Todo lo olvidó Nueva York en un instante. ¿Muere el Administrador de Correos tanto de enfermedad como de pena, porque su propio Partido Republicano le quita el empleo que ganó palmo a palmo, desde la cachucha hasta la poltrona, para dárselo a un buscavotos de barba larga, que se pasa la vida convidando a cerveza y allegándose los padres de barrio? ¿Se niega el Ayuntamiento a extender las vías del ferrocarril aéreo, que afean la ciudad, y la tienen llena de humo y susto? ¿Se ha puesto de moda una corbata nacional, con los tres colores del pabellón, y con las puntas tiesas a los hombros? ¿Están las calles que no se puede andar por ellas, de tanta viga por tierra y estrado a medio hacer, y el aire azul, blanco y rojo, y de calicó y muselina, porque las banderas del centenario no dejan ver el cielo? ¿Se pagan a diez pesos los asientos para ver pasar la procesión, a ciento cincuenta una ventana, a mil un palco en el teatro del gran baile? ¿Se ha trabajado el Viernes Santo como todos los demás días, sin que la santidad se viera más que en la hermosura primaveral, que se bebe en el aire, y les centellea a las mujeres en los ojos?

Todo lo olvida Nueva York en un instante. Un fuego digno del centenario consume los graneros del Ferrocarril Central. El río, inútil, corre a sus pies. Las bombas, vencidas, bufan, echan chispas. Seis manzanas arden, y las llamas negruzcas, carmesíes, amarillas, rojas, se muerden, se abrazan, se alzan en trombas y remolinos dentro de la cáscara de las paredes, como una tempestad en el sol. Por millas cunde la luz, y platea las torres de las iglesias, calca las sombras sobre el pavimento con lim¬pieza de encaje, cae en la fachada de una escuela sobre el letrero que dice: «Niñas». Muda la multitud, la multitud de cincuenta mil espectadores, ve hervir el mar de fuego con emociones romanas.–De la refinería de manteca, con sus millares de barriles en el sótano, y sus tanques de vil aceite de algodón, sale el humo negro. Del granero mayor, que tocaba a las nubes, chorrean las llamas, derrúmbase mugiendo el techo roído, cae el asbesto en ascuas, y el hierro en virutas, flamea, entre los cuatro muros, la manzana de fuego. De los muelles salta al río el petróleo encendido, que circunda al vapor que huye, seguido por las llamas. El atrevido que se acerca, del brazo de un bombero, no tiene oídos para los comentarios,–la imprudencia de permitir semejante foco de peligro en el corazón de la ciudad, la pérdida que llega a tres millones, la magnificencia del espectáculo, más bello que el del incendio de Chicago, la majestad del anfiteatro humano, con caras como de marfil, que lo contempla;–el susurro del fuego es lo que se oye, un susurro como de vendaval; y el corazón se aprieta con el dolor solemne del hombre ante lo que se destruye. Un monte está en ruinas, ya negras, con grietas centelleantes, de las que sale el humo en rizos. Otro monte está en llamas, y se tiende por sobre la ciudad un humo dorado. A la mañana siguiente contemplaba en silencio el cascajo encendido la muchedumbre tenebrosa que acude siempre a ver lo que perece,–mozos fétidos, con los labios manchados de tabaco; obreras jóvenes, vestidas de seda mugrienta y terciopelo; muchachos descalzos, con el gabán del padre; vagabundos de nariz negra, con el sombrero sin ala, y los zapatos sujetos con cordeles. Se abre paso el gerente de una compañía de seguros, con las manos quemadas.

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