Cleveland. El incidente de las banderas

Los veteranos en la Casa Blanca.–Admirable escena en el campo de batalla de Gettysburg.–»Grises» y «azules».–La viuda del general confederado.–4 de Julio.–Procesión sombría en el Sur.–La raza negra en los Estados Unidos.

Nueva York, julio 8 de 1887.

Señor Director de La Nación:

El carácter impera. La elocuencia brilla más: el atrevimiento lleva lejos: el que sabe dominar las pasiones ajenas o tiene grandes las propias, es guía natural de los hombres, aunque efímero, a menos que la virtud no lo posea; pero el que al fin triunfa, no es el que enciende y desata las pasiones, sino el que sabe reprimirlas.

Aquí acaba de verse. Cleveland, con aquella autocracia legítima que va con la honradez, ordenó, como cosa natural en esta época de abrazos entre el Norte y el Sur, que se devolvieran a los Estados de la Confederación los pabellones que les tomó el Norte en buena lid: ciertos políticos mostachudos y marciales, de esos que quedan siempre como excrecencias de las guerras, pidieron con dramático ademán que cayera del cielo la parálisis sobre la mano que se apresuraba a cerrar las heridas de los hombres: pareció que el país los atendía, no porque tuviese a mal la orden de Cleveland, sino porque le extrañó que en medida de tanta significación no se hubiera solicitado su consejo: ¡acá se quieren Presidentes que guíen, no que manden! Los adversarios de Cleveland, que hasta hoy son todos los que quieren hacer pesebre propio de los puestos públicos, se asieron de esta rara oportunidad de atacarlos con visos de justicia.

Pero se vio que sin esfuerzo alguno de Cleveland, la polvareda se aclaraba, volvía el Presidente a todo su renombre y se alcanzaban las razones interesadas de la ira. El Sur, en silencio, se apretó, como para mejor combatir en defensa del que osó poner en riesgo su influjo político por alejar de la memoria de sus conciudadanos un estímulo constante al odio. El Norte, con esa dote del sentido común que es la flor de los pueblos libres, aquietó su censura, y una vez aleccionado el gobernante, reconoció públicamente su nobleza, tal como el buen jinete, luego de verse obligado a herir los ijares de su caballo generoso, le acaricia las crines y tiene para él voces de hermano.

Nada hace padecer tanto a un hombre virtuoso, ni le pone más cerca el juicio de la ira, que ver interpretadas por la malignidad o el interés sus intenciones: pero sólo merece gobernar a los hombres quien tiene menos flaquezas que ellos: el uniforme da valor y el gobierno estatura: ya se sabe que el que entra en medio de los hombres, no saldrá a su cabeza sino lapidado: nadie se baje a recoger las piedras, sino échelas con el pie adonde las puedan ver los hombres justos: las piedras del odio, a poco de estar al sol, hieden y se desmoronan, como masas de fango.

Calló Cleveland, mientras las asociaciones de veteranos, creyéndolo vencido, apretaban la lanza, vociferaban su desdén, se vengaban con encono del que les ha negado sus inmorales solicitudes de pensiones, y como el Presidente prometió a los veinte mil ciudadanos de San Luis que lo invitaron, asistir a las fiestas de la ciudad, donde los veteranos levantarán su campo este año, dijeron las asociaciones que allí iba a verse el modo de silbar, y que el ejército es rey y señor, y que al santo ejército no lo ha de tocar nadie. Cleveland, forzado a explicar su ausencia a la ciudad de San Luis, ha publicado ayer su excusa en una carta tan sencilla y serena que no hay diario o persona que no diga, seducidos por esa viril moderación:–»Este es Presidente».

Porque no rebaja el puesto hasta el hombre, sino eleva el hombre al puesto. Porque ni alude siquiera, sino con su mismo silencio sutil, a las causas de interés y rencor por que los veteranos atacan su persona. «Porque–dice–conmigo va mi puesto, que es más que yo, y debo preservarlo de mi propia pasión y de la ajena: y me ha lastimado, ¿cómo no?, el caprichoso e indigno ataque de que en este asunto he sido objeto, pero no siento rencor, ni ha de entenderse que creo que haya acto que me haga temer ver frente a frente a las asociaciones del gran ejército, ni a ninguna otra asamblea de mis compatriotas: la cuenta de mi administración está siempre pronta para ser presentada a mis conciudadanos.»

¿Qué misterioso influjo es el de la palabra justa? Literalmente se ve a los veteranos con los mostachos caídos. La alabanza del digno hombre es a coro. Los generales mismos lo celebran. Sus adversarios políticos ven que se alza por donde parece que caía. La ciudad de San Luis quisiera, si no causase escándalo, negarse a recibir al gran ejército, que se vale de las pasiones nacionales para cebar su ira privada y vergonzosa en un hombre puro. Cleveland ha rescatado con su dignidad de hoy su error de ayer. Los Presidentes son para unir, no para dividir. En las elecciones próximas, será difícil vencer a este candidato a quien hoy todos aclaman porque ha domado el odio.

Los comentarios están cerrados.