Carros eléctricos

Carros eléctricos

El día 22 de Agosto, veía París un bello espectáculo. Un anciano hercúleo, de hermosa cabeza, en que los cabellos canos sólo sirven para realzar la mocedad del rostro, montaba, seguido de personajes de nota, en un carro que era un triunfo, un carro movido ya sin tropiezo, y con gracia y holgura, por la electricidad. ¡Oh, cuán distantes éstos de aquellos otros carros de victoria en que entraban por Roma, precedidos de esclavas desnudas y de hombres atados, los generales triunfadores!

Aquel anciano era Lesseps, y los que iban con él dignatarios de la ciencia y del Gobierno.

Celebrábase con este viaje de personas ilustres el perfeccionamiento del sistema por que se han de mover los carros eléctricos de la Compañía General de Ómnibus de París. No serán ya caballos los que guíen los ómnibus parisienses, esos hermosos caballos que recuerdan los que Henri Regnault pintó en el Automedonte: serán unos cuantos acumuladores de Faure, diestramente escondidos debajo de los asientos. Levantan éstos, cargan los acumuladores, que pesan en junto dos toneladas y media, y ya está listo para andar el carro.

En esta carrera de prueba hubo que parar el vehículo, y aligerarlo un poco de pasajeros, porque sobre el peso de los acumuladores, el de los pasajeros era demasiado para la resistencia del carro. El cálculo que remedia este obstáculo es muy simple, y ya queda hecho. Tanto van sabiendo ya los hombres, que va siendo cosa simultánea darse cuenta de una dificultad y vencerla.

Con salvas de aplausos acogían los espectadores cada rápida vuelta, fácil cambio, o súbita y feliz parada del carro nuevo. La electricidad es más dócil que el caballo. El nuevo carro eléctrico obedece a la inteligencia que lo guía, como un enamorado a su amada. Da gozo ver una fuerza sometida así a una inteligencia. Ya no presenta dificultad alguna el manejo, detención y marcha de los carros movidos por la electricidad.

Hízose la prueba en la avenida de los Campos Elíseos: pasó por el Quaie de la Conference, camino del Trocadero, y no andaba a menos de once millas por hora.

Para los científicos, el problema, que presentaba hasta aquí menudas dificultades, está resuelto.

Para los hombres de negocios, también: el mantenimiento de los carros movidos por electricidad cuesta menos que el de los carros de tracción animal.

¡Qué crónicas, las de este tiempo! ¡Qué gigante, el que ose escribirlas!

La América. Nueva York, septiembre de 1883.

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