Calixto García Íñiguez

El cubano famoso, el héroe que prefirió el suicidio al cautiverio, el militar brillante y culto, el hijo fiel que por sobre todas las apariencias le guardaba a Cuba el corazón leal, ha desaparecido violentamente de la vida. La vida tiene espantos que no salen jamás a luz, y sorpresas y revelaciones de que suelen estallar las almas que por sus flaquezas o por sus muchos sufrimientos no tienen bríos ya con qué sufrir el golpe, no tienen calma ya para presenciar el horror, o no tienen fuerzas para llevarlo escondido. Unos van como muertos, otros matan, y otros se matan. Con la bandera de la revolución cubramos el cadáver del hombre desdichado. Venerémosle como a héroe.

En New York vivía humildemente con su larga familia en un piso interior de la calle 45 y Novena Avenida. En el hogar había como la frescura de la renovación después de una prolongada ausencia, y eso hacia más conmovedor el sacrificio de un hombre dispuesto a abandonar por el servicio de su patria, entonces indiferente, o por lo menos lastimada y temerosa, la familia que le sonreía, con todos los encantos de una boda, después de diez años de destierro, de atentado heroico contra su vida, de prisión. Su hija Leonor muy estudiosa y agraciada, se arrimaba con especial ternura a la frente rota por el bello balazo. Su hijo mayor, arrebatado luego en las tormentas de la vida, traía orgulloso de su escuela los mejores diplomas. Un niño recién nacido celebraba la vuelta del padre a la casa, pobrísima, no tenía más sostén que el patriota indómito, y él dejaba a su familia recobrada en la miseria para ir con unos cuantos secuaces a morir por en patria o levantarla al honor. Sean cualesquiera los yerros y amarguras de la vida, momentos así y decisiones mi son como bálsamo que perpetúa la memoria de los hombres. Aún lo recuerdan los cubanos de New York en los días últimos de su permanencia aquí: bajaba de mañana a la tienda de Leandro Rodríguez tesorero de la Junta Revolucionaria, y allí en un rincón estrecho, recibía sus visitas, con benevolencia hidalga, castigaba con arranques elocuentes la desidia o abyección de sus paisanos, recordaba con chispas en los ojos la bravura de la guerra, comentaba, con lucidez singular, la historia de los pueblos y la literatura militar. Un día desapareció, y con él algunos valientes oficiales e intrépidos novicios; demoraron en Jamaica, cayeron al fin sobre Cuba, por lugar muy perseguido, y cuando el Oriente, abnegado y leal, había rendido ya las armas, las Villas se mantenían revueltas, y se hubieran mantenido así, sin el permiso que a tiempo recibieron de rendirse. Nuestra historia, cuando llegues las horas serenas, tendrá un capitulo para aquella tentativa honrada, y juzgará sobre la oportunidad o suficiencia de ella.

Calixto García tuvo que rendirse; fue enviado a España, allí ha muerto.

¡Desosase el jefe!

Con la bandera de la revolución, cubanos, cubramos el cadáver del hombre desdichado. Venerémosla como a héroe.

Patria, 16 de enero de 1893

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