Los estudiantes de La Habana

Los estudiantes de La Habana

Los hijos que le nacen hoy a Cuba son como los que le nacieron ayer. De las aulas salieron en 1868 los adolescentes que se maduraron luego en la guerra continua, o cayeron en ella con honor. Y ahora, el mismo espíritu alienta a la generación que se resiste, en la Universidad de la Habana, a asistir a las cátedras hasta que el gobierno de España le levante a Cuba la humillación de privarla de un derecho que le pertenece por práctica constante, y por la cultura probada de sus hijos: aunque la tierra que da Nodas, puede pasar sin doctores!

La prohibición de tomar el doctorado en Cuba, priva a los universitarios de las preferencias y derechos a que habilita el grado de doctor, y obliga al graduando al gasto de un viaje a España tanto más costoso por el bochorno con que lo ha de hacer, que por los sacrificios de dinero que le cueste. Lo que la juventud levanta del suelo es el guante que le echa al país el Ministro de Ultramar: una Universidad descascarada, con estudios de pergamino y de polvo, es todo lo que tienen para su cultura, y pagándolo a muy alto precio, los estudiantes cubanos: y un hombre que jamás puso el pie en el país quiere negarles la justicia de que les vean acabar su carrera los que se la vieron empezar, quiere impedir al padre que abrace a su hijo el día en que al fin le ve la toga comprada con sus esfuerzos, quiere forzar a cada hijo de Cuba a que vaya a España a tomar carta de esclavo…!

El Rector convidó a los estudiantes a revocar su acuerdo de ausentarse de las clases hasta que el Ministro alzase el decreto que reserva a España el doctorado, y entrar a cátedra mientras se recibía la respuesta del Ministro a la protesta. Los estudiantes arrancaron de los cristales la alocución del Rector. En las paredes y columnas fijaron carteles que decían

«Estudiantes: cumplid vuestra palabra.
La dignidad y el honor se imponen.
Sacrificaos y no os dejéis alucinar por hipócritas ofertas, ni temáis a veladas amenazas».

Al Rector que les quiso convencer, le ahogaron la voz. «Renuncie el Rector», decían a gritos y silbidos: «renuncie, para que se vea que la Universidad entera protesta de la injuria». Un estudiante movió a sus compañeros «a salir de esta Universidad, donde no hay nada que hacer», y con él se fueron todos. Los catedráticos iban saliendo por los claustros vacíos. A la puerta del aula magna, flotaba un velo negro.

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