Carruajes eléctricos

Carruajes eléctricos

Éxito pleno ha tenido la Exhibición de Electricidad de Viena. Con más espacio, y cuando las noticias que se refieren a ello, estén en junto, dará LA AMÉRICA minuciosa cuenta de ella, como de la que ahora celebra, con más aspiraciones que presente fortuna, la retirada y severa ciudad de Boston.

Entre las novedades de más nota en la Exposición de Viena, atraían la mirada unos lindos carruajes, en un todo iguales a aquellos ligeros que guiados por aristócratas fornidos ruedan por las amplísimas calzadas del vasto y noble Prater; o a aquellos landaus cómodos de casa de Alonso, de que surgen, como hadas traviesas de una caja de bombones, las agraciadas madrileñas; o aquellas elegantes victorias, graves coupés, encopetados broughams que dan inolvidable aire de fiesta, moviéndose como con gracia y prudencia, y espíritu y habla, a los alrededores del arco de la Estrella.

Estos que en la Exposición se veían eran carruajes eléctricos sin lanzas, ni caballos; nada más que la caja del carruaje. La electricidad, depositada en un acumulador de Faure, la lleva el cochero, como lleva ahora sus cepillos y otros cachivaches, debajo de su asiento.

Estos acumuladores para carruajes están preparados de modo que el vehículo pueda andar a buena velocidad unas sesenta horas, lo cual, al decir de los inventores del sistema, cuesta muy poco.

El carruaje echa a andar, gira y se detiene por electricidad. Su costo varía según lo acabado del trabajo y modelos del carruaje; algunos pueden obtenerse a $425.00.

La América. Nueva York, octubre de 1883.

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