Pinochet no pudo desaparecer a Martí

Corría 1963 y el prestigioso poeta Nicolás Guillén llegaba a Chile para participar en la Asamblea Nacional de Amigos de Cuba, en la que departió con distintos intelectuales, entre ellos Pablo Neruda. Su visita coincidía con el décimo aniversario de los hechos del 26 de Julio, fecha que sería conmemorada por el pueblo chileno.

El entonces encargado de negocios de la Embajada cubana en Santiago, Pedro Martínez Pírez, acompañó a Guillén durante la visita. «Juntos fuimos a la Universidad de Chile —relata—, donde participamos en el acto por los sucesos del Moncada. Pero días antes nos llegamos hasta Lota y honramos el compromiso de nuestro país con los mineros, al inaugurar una escuela que llevó el nombre de República de Cuba». El diplomático y periodista hace una valiosa acotación: «Al igual que en los centros docentes de la Isla, pusimos a la entrada del colegio un busto del Apóstol, fundido en bronce».

Tiempo faltaba aún para que Salvador Allende arribara al poder con el Gobierno de la Unidad Popular y su apoyo incondicional a las causas revolucionarias. Sin embargo, en esta comuna seguía encendiéndose la llama de la lucha por la verdadera justicia. Y al lado de Guillén y Martínez Pírez permaneció todo el tiempo Isidoro Carrillo, el líder de la huelga de los más de tres meses, el padre de Vasili, entonces recién electo alcalde de la Municipalidad.

A partir de ese día, alumnos y profesores, además de cultivarse en las materias propias del currículo, conocieron más sobre la historia del país que daba nombre a su casa de estudios, indagaron en las tradiciones de lucha de los cubanos y comprendieron la dimensión ética y pedagógica del Héroe Nacional José Martí, quien escribió una vez: «Una escuela es una fragua de espíritus. ¡Ay de los pueblos sin escuela!».

Pero supieron realmente el valor de las ideas del Maestro cuando, al acercarse al busto instalado en el antejardín, descifraron el significado de la frase expuesta en su pedestal: «Ser culto para ser libre».

La llegada de Allende al poder en 1970 significó para los chilenos un verdadero despertar, Sus primeras medidas estaban encaminadas a lograr la honestidad administrativa, aunque ya para septiembre de 1973,la dictadura de Pinochet convirtió al país en un campo de exterminio, al estilo nazi. El olor a cadáveres calcinados recargaba el aire. Muchos fueron apresados, torturados y condenados al exilio. Mencionar el nombre de Allende era un delito que podía conducir al patíbulo. El pánico y la amnesia forzada se apoderaron de las mentes. Y los símbolos que olieran a cualquier atisbo de socialismo y revolución, ferozmente los eliminaron.

En ese paisaje de violencia militar y psicológica, ¿qué destino tomaría la escuela inaugurada por Guillén en Lota? ¿Sobreviviría el busto de Martí que se instaló a su entrada?

«La escuela siguió y se mantuvo con el mismo nombre de República de Cuba hasta 40 años después de inaugurada, a pesar de la dictadura»,

—¿Y qué ocurrió con el busto del héroe cubano?

—De pronto desapareció. No lo vimos más. Todos pensamos que, al igual que había pasado con las esculturas de otros patriotas revolucionarios, los militares lo habían arrancado y convertido en pedazos. Pero, realmente, nos equivocamos. No fueron los militares.

—Si no fueron ellos, ¿quiénes se lo llevaron?

—Los propios trabajadores de la escuela. Un maestro lo escondió durante los años de la dictadura para evitar que le pasara algo. Sabía que Pinochet y los suyos no verían con buenos ojos la figura del Apóstol y la mandarían a eliminar. Terminado ese período trágico de la historia de Chile, un día reapareció, como por arte de magia.

—¿Cómo se llama quien lo salvó? ¿Todavía vive?

—Nunca se supo su nombre; asumimos que fue uno de los  maestros, pero decidió permanecer en el anonimato; tal vez por miedo, porque a pesar del regreso a la democracia todavía quedaban pinochetistas y el propio dictador tenía la condición de senador vitalicio. Tampoco puedo decirte si está vivo. Lo cierto es que gracias a este hijo de la comuna, Pinochet no pudo desaparecer a Martí.

Año 2005. Se reúnen los vecinos de Lota y amigos de muchas partes. Los convoca el Instituto de Amistad chileno-cubano y el Centro Cultural Isidoro Carrillo Tornería. Algunos vienen de Concepción, donde existe la Asociación de Amistad con Cuba José Martí. Otros pasan y se quedan para observar la ceremonia.

Es la imagen que se yergue hoy en esta Plaza de Armas, como si el héroe que representa —con toda la historia de nuestra sufrida América sobre los hombros— dirigiera a quienes lo contemplan las mismas palabras que escribiese a Manuel Mercado, un día antes de su muerte: «Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento».

Tomado de: http://www.juventudrebelde.cu

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