Otro aniversario para Martí

El pasado 24 de febrero conmemoramos, como todos los años, el aniversario de no pocos acontecimientos históricos. El reinicio de la Guerra de Independencia (1895), el secuestro de Fangio (1958), la proclamación de la Constitución (1976)…  Otro hecho que cumplía años ese día se mencionó de pasada, sin entrar en detalles. Es el del develamiento de la estatua de José Martí en el Parque Central habanero, en lo que se tiene como el primer monumento erigido a la memoria del Apóstol de la Independencia de Cuba.

Me recuerda el hecho, en amable mensaje,  el coronel Hugo Crombet, cuya tía Flora del Rosario, hija de Flor, fue «la graciosa niña» que recitó en el acto los versos que la puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió,  a pedido del Generalísimo Máximo Gómez, compuso expresamente para la ocasión, y que dicen en su estrofa final

«…Mas no en vano el mártir llora/ Su hermosa tierra querida;/ Si dio en ofrenda su vida/ De su sangre redentora/ Surge Cuba redimida./ Cuba, que fue el ideal/ Que llenó su pensamiento,/ Cuba, su tierra natal/ Hoy consagra un monumento/ a su memoria inmortal».

La historia de esta historia

La estatua en cuestión fue develada el 24 de febrero de 1905 por don Tomás Estrada Palma, presidente de la República. Momento antes, Máximo Gómez, a los acordes del Himno Invasor, izó en el lugar la bandera cubana y pronunció  unas breves palabras.  El general Emilio Núñez, presidente de la Asociación de Monumentos a Martí, hizo entrega del mausoleo al Alcalde de La Habana, a quien se confiaba su custodia. Juan Gualberto Gómez, José Dolores Poyo y Horacio S. Rubens, entre otros, con sus alocuciones, rindieron homenaje al héroe.

El monumento es de mármol de Carrara y se compone de pedestal, fuste y estatua. Una representación de la patria y de soldados del Ejército Libertador, está tallada a relieve en la parte inferior del fuste, mientras que en su parte superior, también en relieve, aparece el escudo de la República. Las figuras aludidas son de tamaño heroico, y la de Martí es la mayor. Aparece de pie, con su vestimenta habitual y como si pronunciara un discurso.

Su autor es el escultor cubano José Vilalta Saavedra, un mulato nacido en La Habana, en 1862, que gracias a la generosidad de su maestro Miguel Valls, escultor y marmolista con taller en la ciudad de Cienfuegos, pudo hacer estudios en la Academia de Bellas Artes de Ferrara, en Italia, donde sobresalió como uno de los alumnos más distinguidos, y que tuvo, en su momento, taller propio en Florencia.

Se dio a conocer en Cuba cuando el concurso para la ejecución  del monumento a los ocho estudiantes de Medicina, primer monumento hecho en la Isla por un artista cubano. También es obra suya la representación de las virtudes teologales —Fe, Esperanza y Caridad— que coronan la entrada principal de la necrópolis de Colón, y, en el propio cementerio la  estatua de Amelia Goyri, «La Milagrosa», así como, frente a la Manzana de Gómez, el monumento a Francisco de Albear, constructor del acueducto habanero que lleva su nombre. En Italia, donde falleció en 1912, ejecutó sus más importantes encargos monumentales.

El ciclón nacionalista de 1903

En el lugar donde se alzó la estatua de Vilalta Saavedra lo ocupó la imagen de bulto de la reina Isabel II, de España, hija del odiado Fernando VIII, el llamado rey felón. Dos fotos curiosas aparecieron en la revista El Fígaro. Una, capta el momento en que, el 12 de marzo de 1899, la estatua de la soberana es retirada del pedestal  desde donde, por casi 50 años, presidió el majestuoso Paseo del Prado. La otra foto muestra el pedestal vacío y encima, gracias a un montaje, aparece en lugar de la estatua, un signo de interrogación.

«¿Qué estatua debía ser colocada en el Parque Central?», se preguntaba El Fígaro. Se organizó una encuesta en el intento de decidir qué figura llenaría el lugar dejado por Isabel II. La de Martí ganó por muy escaso margen; solo cuatro votos más que una estatua de la libertad, propuesta que alcanzó el segundo lugar. La investigadora Marial Iglesias ofrece los detalles en su libro Las metáforas del cambio en la vida cotidiana; premio Uneac 2012.

El resultado de la encuesta se dio a conocer el 28 de mayo de 1899. El tercer puesto por el número de votos fue para una estatua de Cristóbal Colón. En los siete lugares siguientes, figuras como José de la Luz y Caballero, Carlos Manuel de Céspedes y Máximo Gómez alternaban con la estatua del presidente norteamericano en el momento en que firmaba la proclama de independencia y el grupo alegórico que representaría a Cuba, España y EE. UU., Maceo ocupaba el último lugar de los diez primeros.

La postergación del Titán en la encuesta, dice Marial,  era «una muestra más de la dificultosa inclusión de los cubanos negros en el “nosotros” nacional construido en las versiones de las “clases superiores” de las que la revista aludida es uno de los mejores exponentes». Los resultados de la indagación fueron, precisa la investigadora, «una especie de radiografía del equívoco ambiente ideológico de los tiempos que se vivían».

En febrero de 1900 se constituyó una comisión para iniciar los trabajos del monumento. Nada se había hecho al finalizar la intervención militar norteamericana. Llegaba el momento de la instauración de la República, el 20 de mayo de 1902 y, a fin de aprestar el sitio para la fiesta, se colocó en el lugar una estatua de la libertad comprada en EE. UU. por 2 000 dólares, símbolo para muchos de la vocación anexionista de don Tomás, nuestro primer presidente. Duró muy poco. Era de calamina y fue arrancada y destrozada por el ciclón «nacionalista», dice Marial, que pasó por La Habana en 1903, justo el 10 de octubre, aniversario 35 del grito de  Céspedes de Independencia o Muerte.

Por cuestación popular se allegaron 5 000 pesos para el monumento. El Ayuntamiento habanero y la Secretaría de Obras Públicas aportaron un dinero adicional, y lo mismo hicieron algunos particulares, como el propio escultor Vilalta Saavedra. Máximo Gómez colocaría la primera piedra en 1904. De cualquier manera, para entonces, tenía ya Martí su monumento.

Palo de corazón

El 10 de octubre de 1895, Enrique Loynaz del Castillo, por órdenes del Marqués de Santa Lucía, presidente de la República en Armas, recorrió la zona de Dos Ríos, donde Martí murió  en combate. Debía precisar, con la mayor exactitud posible, el lugar donde cayó el Apóstol para erigirle el monumento merecido. Ambos desconocían que apenas finalizada la pelea, un campesino de la zona, José Rosalía Pacheco, que había compartido con el Héroe poco antes de su muerte, salió en  compañía de su hijo al campo de batalla y buscó el pedazo de terreno donde quedó tendido el cuerpo de Martí y al localizarlo, por la sangre coagulada sobre la tierra, lo marcó con un palo de corazón.

El 9 de agosto de 1896, el Generalísimo Máximo Gómez se dirigió al sitio donde confluyen los ríos Cauto y Contramaestre. Mientras avanzaba dispuso que toda su tropa, desde los oficiales hasta los soldados, recogiese una piedra a fin de depositarla en el lugar de la tragedia. El sitio, marcado meses antes  por Loynaz y José Rosalía, apareció al fin cubierto por la yerba de guinea. Ordenó Gómez su limpieza y, una vez desbrozado, depositó allí la piedra que portaba.

Lo imitó de inmediato el mayor general Calixto García y luego, uno a uno, por orden jerárquico, toda la tropa. Habló Gómez entonces. Evocó el combate de Dos Ríos de aquel 19 de mayo de 1895, la situación comprometida, la noticia inesperada de la desaparición de Martí, la incertidumbre acerca de su muerte, la imposibilidad de rescatarlo. Algo dejó claro el General en Jefe: el mayor general José Martí fue a la muerte «con toda la energía y el valor de un hombre de voluntad y entereza indomables».

Los hijos de flor

El general Flor Crombet, radicado en la colonia cubana que Maceo estableció en Nicoya, Costa Rica, contrajo matrimonio allí, en septiembre de 1892, con la guanacasteca Elena Castillo Baldonado. De esa unión nacieron Flora del Rosario y Francisco Adolfo Flor, tía y padre del coronel Hugo Crombet. Flor cayó en combate apenas reiniciada la Guerra de Independencia.

Después de numerosas gestiones su viuda e hijos fueron traídos a Cuba por decisión del Gobierno de Estada Palma. Era tanta su pobreza que los niños debieron ser internados en la Casa de Beneficencia, en el departamento llamado «Huérfanos de la Patria». Allí, los domingos y días de fiesta los recogía Máximo Gómez para llevarlos de paseo en su coche y comprarles helados y golosinas. Fue el Generalísimo quien escogió a Flora del Rosario, la hija de Flor Crombet, para que recitase el poema de Lola Rodríguez de Tió en la inauguración del monumento a José Martí en el Parque Central de La Habana.

Tomado de: http://www.juventudrebelde.cu

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