Martí, siempre el Líder, el Maestro, el Apóstol
Por: Pedro Pablo Rodríguez

Seguramente  nadie pensó en la muerte en el campamento de  Dos Ríos aquella ajetreada mañana del 19 de mayo de 1895. Es probable que la noche antes Martí interrumpiera su carta a Manuel Mercado ante la llegada de Bartolomé Masó con su tropa de jinetes manzanilleros, quienes luego siguieron hacia el campamento de la Vuelta Grande para dar descanso a la caballería.

El encuentro con aquel patriota que, junto a dos de sus  hermanos, había secundado a Céspedes el 10 de Octubre, era imprescindible para la organización y dirección de la guerra, pues Masó, además de ser  el líder patriótico de su región natal, significaba la continuidad de la nueva contienda con la revolución iniciada en Yara, como escribiera semanas atrás Martí en el Manifiesto de Montecristi.  Por eso, bien temprano, antes de dirigirse a La Vuelta Grande, el Maestro escribió el que sería su último texto: una nota a Máximo Gómez  informándole del arribo de Masó.

Lo sucedido después le impidió continuar  la misiva al mexicano amigo, a quien, como indican las líneas finales, comenzaba a hablarle de sí: “… puesto delante lo de interés público, le hablaré de mí.”. Perdimos, pues, la posibilidad de tener su análisis más personal, más íntimo, si cabe decir así en su caso, y en esta carta, en la cual lo que él llama “lo público” es nada más y nada menos que la argumentación de su ambicioso proyecto antimperialista y liberador de estatura continental y universal:  “impedir a tiempo con la independencia de  Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y  caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.”

A caballo, en compañía de la docena de hombres que le había dejado Gómez al salir de operaciones; a Masó, a la espera del General en Jefe, que se les une poco después del mediodía.  Y mientras se prepara la comida Masó, Gómez y Martí hablan a la tropa mambisa. Había exaltación patriótica, alegría, vivas a los jefes. Fue aquel el cuarto y último discurso mambí de Martí.  Gómez lo recuerda así en su Diario de campaña: “Pasamos un rato de verdadero entusiasmo.  Se arengó a la tropa y Martí habló con verdadero ardor y espíritu guerrero…”  Casi que a su fin, en tropel exaltado, todos subieron a sus monturas para ir en busca del enemigo. El orador iba entre ellos.

Durante aquellas semanas en el oriente cubano llegó a su máxima expresión el liderazgo martiano.  Su camino hacia ello se había iniciado a su vuelta a Cuba en 1878, al entrar a conspirar contra el colonialismo y ser electo el año siguiente vicepresidente de un  Club Central Revolucionario en La Habana para dirigir la conspiración en la Isla, a pesar de su reserva en cuanto a la peligrosidad de ese tipo de organismo ante la vigilancia de las autoridades españolas. Al ser deportado a la metrópoli y escapar  para reunirse en 1880 con el general Calixto García en Nueva York, este reconoció sus  capacidades y al embarcar hacia Cuba lo dejó interinamente a la cabeza del  Comité Revolucionario que desde esa ciudad  dirigía la Guerra Chiquita en curso.

Así se fue destacando el liderazgo martiano, quien junto a sus condiciones como organizador y como movilizador con la pluma y la oratoria, iba elaborando y ofreciendo nuevas perspectivas en el combate contra el colonialismo. Desde entonces fijó dos  bases esenciales: la nueva revolución no sería consecuencia de la cólera sino de la reflexión, y el pueblo, “la masa dolorida” era el verdadero jefe de las revoluciones. Así, la pelea para la libertad debía obedecer a un plan, a un proyecto, a una organización, cuya base social serían las grandes mayorías populares.

Más  de diez años de intentos fracasados, de divisiones entre los patriotas, de aparente predominio de las ideas reformistas dentro de Cuba, de reaparición de voluntades anexionistas aupadas desde Estados Unidos, fueron afrontados por Martí al crear el Partido Revolucionario Cubano en 1892. Él, quien había ido formando un activo grupo de seguidores en Nueva York, fue atrapando los corazones de la emigración en otros lugares de Estados Unidos, particularmente de los  trabajadores de la Florida, y, ya desde el PRC, de las emigraciones en  Centroamérica, las Antillas y hasta Europa.

El secreto de su éxito unitario, que logró ir rompiendo las desconfianzas de los viejos jefes y personalidades así como los celos personales y de grupos por localidades, sectores sociales y generaciones, descansa,  precisamente, en valerse de una organización de la política moderna —el Partido— cuyas bases contaban con autonomía de actuación práctica, que elegían democráticamente su dirigencia sencilla y sin burocracia, y cuyas Bases establecían los elementos requeridos para una república de plena soberanía, de justicia social para el pueblo dolorido y de solidaridad con la independencia de Puerto Rico .

Electo cada año como Delegado del PRC, Martí se convirtió en el líder de las emigraciones, cuya entrega y recursos financieros permitieron adquirir los recursos bélicos imprescindibles para acudir a la lucha armada, el único camino que dejaba el colonialismo español explotador de la Isla. Las ideas martianas, expresadas en su periódico Patria, en sus numerosos discursos, en los documentos del Partido, en su voluminosa correspondencia  sabia y afectuosamente escrita para ganar los sentimientos y las ideas de sus destinatarios explican su ascenso como dirigente fuera de Cjuba. Mas también fue, crecientemente, el líder de los involucrados en la conspiración dentro del país.

Su palabra en todos los ámbitos impulsó la guerra necesaria, de amor y no de odios, rápida como el rayo para evitar la injerencia de la potencia del norte; la guerra de espíritu republicano, ajena al caudillismo; la guerra que ofrecía la república con todos y para  el bien de todos, que abriría al país a toda la justicia para el negro, para el campesino, para el obrero, para el inmigrante español de trabajo; la guerra para empujar a la acción unida de los pueblos de nuestra América y para impedir de ese modo su dominación por los nacientes monopolios de Estados Unidos, la Roma americana, como él decía.

Su elocuencia fue fuerte y descarnada solo cuando le atacaron a la patria y a la dignidad del cubano. Nunca llegó al insulto, a la palabra soez,  al desplante o a la furia irracional.

No deja de estremecernos todavía su verbo apasionado, deslumbrante  y sincero que ofrecía su rosa blanca a todos; que apenas dormía para trabajar por la patria; que supo  ganarse el respeto hasta de muchos de aquellos que no compartían plenamente sus puntos de vista y que nunca cerró las puertas de la revolución  a persona alguna. Combatió fieramente ideas, más que a personas. Convencía con sus palabras y con sus hechos. Manejó con honrada pulcritud los fondos de la revolución. Predicaba con el ejemplo  de su vida cotidiana tanto como con su palabra arrebatadora.

Escribió que se estaba haciendo tarea de grandes y pidió respeto a los flojos, y a los grandes, que fueran adelante. Dijo que el Partido Revolucionario Cubano era el pueblo cubano. Insistió en crear, en ser originales, en pensar en nuestros problemas y desde ellos, sin  desconocer al resto del mundo, pero adaptando lo válido de otros a nuestros requerimientos.

Tenía un alto sentido del deber y por eso insistió en que debía venir a la guerra: era el compromiso del líder con su pueblo, debía acompañar  a los combatientes y  garantizar que se mantuvieran y se practicaran los principios de la revolución para alcanzar que la colonia no perdurase en la república y evitar que sobre ese peligro se erigiera el mayor: la dominación de Estados Unidos.

Lo dijo más de una vez: comenzada la guerra la dirección patriótica pasaría a residir en la Isla.  Por ello desembarcó en Playita de Cajobabo el 10 de abril con aquel pequeño grupo que bien pudo perecer ahogado y que marchó acosado por la persecución enemiga. Y luego de reunirse con las tropas cubanas trabajó arduamente, tras agotadoras jornadas por montes y serranías: carta y todo tipo de documentos para organizar y disciplinar la guerra y unir en la idea de dar una institucionalización eficaz a la revolución que dejase a un lado las divisiones del 68; conversaciones con jefes y oficiales, y con los soldados y los heridos para entender sus ideas y deseos, como un compañero más y como el líder que no se separaba de su pueblo.

Entre Martí y Gómez se estableció durante aquellas semanas un respeto y una admiración mutua, que pueden apreciarse en sus comentarios en sus respectivos Diarios de campaña. Quizás la mejor muestra de ello por parte del General en Jefe fue su decisión en consejo de jefes de otorgarle a  Martí el grado de mayor general. Gómez  supo lo que hacía: le entregaba así rango y voz entre los militares, y ya Martí no solo era el Delegado del PRC: se convertía así en un líder político y militar; su autoridad se aumentaba.

Los mambises que le escucharon y le vitorearon en las cuatro ocasiones en que habló en  los  campamentos demostraban de ese modo cómo le admitían en su nueva condición de conductor de su pueblo todo, ya no solo de la emigración. Por eso en varias ocasiones le llamaron presidente al escucharle.

Esta responsabilidad suprema se afincó en un férreo sentido del cumplimiento  del deber.  Ya días antes de su partida hacia la patria, en carta de despedida a su amigo dominicano Federico Henríquez  y Carvajal, el 25 de marzo, afirmó: “Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar. Para mí la patria no será nunca triunfo, sino agonía y deber.”

Aquel que expresó entonces acertadamente su comprensión del deber impuesto por su condición de Delegado, fue la misma  persona que en el campamento de Dos Ríos, tras declarar a Manuel Mercado su gran objetivo antimperialista,  le señala meridianamente su responsabilidad: “Por acá, yo hago mi deber.” Y le comenta, además, que iba a deponer la autoridad dada por la emigración, la cual sería renovada por una asamblea de delegados de los revolucionarios en armas.

Muchos de sus amigos y de sus lectores de nuestra América no entendieron entonces por qué Martí fue al combate; todavía hay  quienes  comparten tal criterio.

Aquel 19 de mayo el mambí José Martí fue a pelear, revólver en mano, consecuentemente con la arenga que momentos antes había entregado a aquella tropa. No fue aquel un acto irresponsable ni, mucho menos, suicida: el jefe militar, el Delegado, el líder, el mambí partió a cumplir su deber en Dos Ríos. Por eso es y será el Maestro y Apóstol, es decir, el que enseña, el que explica, el que guía.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*