Martí en las Memorias de Sindo Garay

Mito necesario lo llamó hace casi 30 años la compositora Marta Valdés; mientras que el profesor Manuel Alvar, en su libro De la canción de amor medieval a las soleares, lo identifica como el autor del primer bolero de que se tiene noticia, lo cual se opone al criterio más extendido que otorga la primicia del género a Pepe Sánchez, amigo de la familia Garay y dueño de la guitarra que tocó ocasionalmente el entonces niño Sindo.

“No me olvides, mujer, ni un momento,/que tu amante por siempre seré;/ quiéreme, trigueña, quiéreme,/ porque jamás yo te olvidaré”, cantaba en aquel precoz Quiéreme trigueña, compuesto en 1879. Entrado el siglo XX insistiría: “Retorna, vida mía, que te espero,/ con una irresistible sed de amar./Vuelve pronto a calmarme, que me muero/ si presto no mitigas mi dolor”.

Ese lirismo auténtico que también aparece en La tarde, Perla marina, Rendido y otras hermosas canciones hasta sumar más de 600 bastarían para construir el mito. Pero el cantor vivió 101 años. Viajó, conoció a innumerables personalidades y participó, sin proponérselo, del proceso de formación de la identidad cubana.

Aprendió a escribir por sí mismo cuando el ardor adolescente le impuso la necesidad de contestar una carta de amor. También supo de armonías, arpegios y melodías por cuenta propia, pues la música comenzó a brotarle “con pasmosa felicidad, como si estuviera lleno de ella y se me desbordara”, según confesó a su amiga, la cantante Carmela de León, quien compartió para la eternidad las Memorias de trovador, libro que felizmente ha visto tres ediciones en Cuba.

Noel Nicola, fundador, junto a otros, del Movimiento de la Nueva Trova afirmó que “cuando uno escucha las creaciones de Sindo Garay sabiendo esto (su nula preparación académica), no puede menos que preguntarse: ¿cómo pudo?, es decir, que solo a partir de su desmesurada sensibilidad y capacidad para sintetizar y reelaborar hechos sonoros, pudo, desde su ‘analfabetismo musical’ hacer las cosas que hizo, cosas que aún nos sorprenden y que nos hacen concluir que tenía que ser lo que fue: un auténtico genio”.

Pero junto al ser inspirado habitaba un pichón de insurrecto que varias veces cruzó a nado la bahía de Santiago de Cuba para llevar mensajes a las tropas de José Maceo. Algunos aseguran que estas acciones riesgosas lo obligaron a salir del país rumbo a Haití y Santo Domingo.

En 1895 se hallaba en Dajabón, provincia dominicana, y allí conoció a José Martí: “Tenía una voz fuerte, gruesa, como de barítono, muy penetrante”, narró. “Hablaba despacio, pausadamente, como si pensara muy bien lo que iba a decir antes de hablar. Me emocioné oyéndolo. Después de arengar a los cubanos, unos 150 hombres más o menos, se despidió. A punto de marcharse, me acerqué a él y le di la mano”.

Por esa época se casó con Petronila Reyes Zamora, madre de sus hijos. A todos les puso nombres aborígenes (Guarionex, Guarina, Hatuey, Caonao, Anacaona) pues se sentía “indio” y orgullosamente cubano: “Yo no cambiaría Cuba por ningún país del mundo”, declaró a la revista Cuba en julio de 1966.

Para entonces ya no componía ni cantaba. “Yo sé que me voy a morir pronto”, dijo esa vez, y con tristeza miraba su anular izquierdo, rígido por la artritis. “Ya no puedo tocar, ya no puedo tocar…”. Dos años después, el 17 de julio de 1968, se apagaría en La Habana la prolífica existencia de Antonio Gumersindo Garay y García, justo cuando tenía lugar en Santiago de Cuba el Festival de la Trova que había ayudado a fundar:

Cuando lo esperábamos vivo, tuvimos el penoso deber de ir a recibir sus restos mortales al aeropuerto, y de ahí, hasta darle sepultura, según sus deseos, en Bayamo —relató tiempo después la cantautora Teresita Fernández—Le hicimos guardia de honor con las guitarras en un excepcional velorio donde se bebió ron, se fumaron tabacos y se cantaron canciones ininterrumpidamente. Recuerdo las inmensas coronas del Presidente de la República y del Primer Ministro, Fidel Castro Ruz. Lo acompañamos hasta el cementerio en coche y cantamos las notas de La Bayamesa como si fuera un himno.

Esa vez Sindo habló a través de la trovadora, quien compuso: Cuando ya sea ceniza/ ponme en el hueco sonoro y tibio/ de una guitarra./ Ponme en el pecho el aliento/ de la flor de la guayaba./ Y cuando ya en el tiempo/ se pierdan flor y guitarra,/ ponme la canción al viento,/ que es todo lo que esperaba.

Fuente: www.trabajadores.cu

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