Las estridencias de la pólvora
Por: Senén Alonso Alum

Este tiempo revuelto que nos cobija, avezado en intrincar sus maneras, ha multiplicado considerablemente sus métodos para acercarnos al mundo. Hemos asistido, casi de improvisto, a una dilatada ramificación de las rutas que nos encauzan hasta la información, la cual, como era de esperar, se ha propulsado hasta niveles de pronóstico imposible. Con el celebrado (y todavía más aguardado) arribo del Internet a Cuba, nuestra isla comenzó de lleno su andadura en el infinito universo de posibilidades que surgen de la navegación online. Aun así, a la par de ventajas que se erigen innegables, los riesgos se amontonan con una ligereza que inquieta.

La juventud (en su mayoría, no en su total amplitud) ha relajado sus costumbres y perdido de vista, casi por completo, la dinámica histórico cultural que nos festejamos en alojar. La recargada inclinación hacia productos de factura foránea (y dudosa calidad artística), así como la canonización de ídolos que poco (o nada) tienen de admirables, han ido forjando en las generaciones de menor andadura un preocupante desapego a las raíces de esta tierra y sus frutos insulares.

La literatura, el cine, los momentos que remedan eternidad al interior de un lienzo, el espíritu sedente de una arquitectura acomodada por el vendaval de las circunstancias, ¡la música!: ese ritmo acompasado de sudores que dilatan la madera y aletargan al Cancerbero de la indiferencia; por desgracia, el consumidor cubano promedio tiende a desdeñar casi cualquier producto cultural que se aparte en algo del limitado catálogo de sus preferencias. Ahora, cabe razonar que si toma forma entre los jóvenes esta desmemoria selectiva con respecto al arte, que suele llegar en empaque dispuesto para dulcificar el ánimo, tanto más sucede en otros ámbitos de catadura aparentemente inflexible. La historia, por ejemplo, se muestra uno de estos parajes bastante desatendidos por el ojo adolescente.

En las postrimerías de 2018, cuando la efervescencia del neófito digital todavía envuelve al cubano, tiene lugar el estreno de la película Inocencia, con Alejandro Gil y Amílcar Salatti protagonizando el binomio director-guionista, respectivamente. Esta propuesta cinematográfica, enmarcada dentro del género histórico, trae a cámara los últimos días de vida de los ocho estudiantes de medicina fusilados en La Habana el 27 de noviembre de 1871.

A través de un guion elaborado para resaltar la candidez pueril de los muchachos asesinados (que evoluciona hasta un digno fervor patriótico mientras progresa el metraje), el espectador (sobre todo el coetáneo de los protagonistas) puede identificarse con los condenados y sus inquietudes. Bajo esta premisa, corresponde a los promotores culturales, independientemente de nuestra formación, facilitar el acceso a piezas como esta y recomendarlas confiadamente. Basta para ser grande intentar lo grande, apuntaría Martí.

El filme presenta dos líneas temporales que, en lugar de narrar dos sucesos, relatan un hecho y el afán de un personaje por esclarecer lo relativo a sus circunstancias. Fermín Valdés Domínguez (interpretado con maestría por Yasmani Guerrero[1]) forma parte de los estudiantes agraviados en 1871, mientras que en 1886 será el principal responsable de una investigación redentora. Su cualidad de testigo próximo al fusilamiento marcará su existencia futura, al punto de devenir en obsesión el rescate moral de sus amigos mártires.

Más allá de una plena caracterización de Fermín como intelectual comprometido, los restantes jóvenes gozan igualmente de minutos en pantalla que contribuyen a su identificación. Como era de esperar, los elementos individualizadores no están repartidos equitativamente entre todos los estudiantes. La duración de la película (algo más de dos horas) resulta escasísimo tiempo para el adecuado desarrollo de ocho personalidades distintas, además de constituir una considerable cantidad de información que debe ser procesada por el espectador.

Son varias las temáticas que el filme proyecta hacia el público a través de algunos de los estudiantes. Aunque muy sutil y de protagonismo secundario, la trama de inclusión racial es escenificada en el simbólico abrazo en que se funden Alonso Álvarez de la Campa (Carlos Busto), y su hermano de leche, un negro liberto. Sin portar la relevancia y significado del apretón de cuerpos en el que se entregan Diego y David en Fresa y Chocolate (fundidos en aprobación mutua, tanto sexual como política), esta cercanía entre razas constituye un claro mensaje sobre la ideología de aceptación y equidad defendida por el director y su cuerpo técnico. Este tema será retomado durante el fusilamiento, cuando un grupo de abakuá (al que pertenecía el hermano de Alonso) arremete en intento de rescate suicida contra el pelotón de ejecución, que resguarda su temor tras el fuego letal de sus armas.

Durante los primeros compases del largometraje, cuando la saña e impotencia de los voluntarios todavía no se ha manifestado en todo su horror, una referencia literaria es citada. Ángel Laborde (Reinier Díaz), partidario incondicional de la poesía de Walt Whitman (¿quién capaz de rechazarla?), recita algunos versos del estadounidense. Inflamado de goces libertarios, el joven ratifica en las letras del poeta su celebración de la vida, agasajo existencial que acaba de serle concedido. El conocimiento de su muerte, información inherente al espectador, implica una ironía trágica que robustece el mensaje independentista amparado por su enardecida declamación.

Sin embargo, para cualquier observador medianamente atento, Anacleto Bermúdez (Luis Manuel Álvarez) resulta el estudiante que monopoliza la mayor atención del público. Su frustrado romance con Lola, así como el beso eternamente pretendido, dotan a este personaje de aspectos que, a más de fomentar la empatía del espectador, ilustran con precisión el sesgo criminal que sufrió la vida de cada estudiante fusilado.

Anacleto, abonando enteros para su individualización, se perfila, además, como un personaje contestatario que planta con firmeza su dignidad ante el atropello de las autoridades. Esta intransigencia (patriótica y juvenil a partes iguales) conecta fácilmente con el espectador y logra encarnar la sensación de rebeldía que comparten los jóvenes en sus últimos minutos. La negación por parte de Anacleto de vendar sus ojos y el enfrentamiento directo a la muerte que esto conlleva, constituyen la apoteosis de un sentimiento de inconformidad que ya se había hecho extensivo a toda la isla.

Llegados a este minuto del filme ambas líneas temporales superponen sus eventos y motivan en el espectador emociones encontradas. Por una parte, el hacinamiento de los cadáveres realza la zozobra gimiente del público, que ha precisado de un pañuelo benefactor durante casi toda la proyección. Por la otra, el persistente Fermín ha dado con los restos de sus compañeros y un suspiro universal anuncia el cese de los sollozos entre los espectadores. El encuadre definitivo de esta secuencia toma lugar, mediante un picado que abarca en su totalidad la fosa común que acoge a los estudiantes, cuando ambas épocas yuxtaponen armónicamente sus temporalidades. Una delgada transparencia permite visualizar la disposición de los cuerpos recién despojados de vida, al tiempo que Fermín celebra con efusividad la coronación de su dilatada labor.

Inocencia recrea, en primer término, las interioridades de un suceso archiconocido de nuestra historia, pero no lo suficientemente desentrañado. De ahí la opulencia lacrimógena de cuanta persona se le aproxima: la comprensión visual del hecho cala mucho más profundo que un ligero repaso sobre las desatendidas páginas del libro de Historia de Cuba.

En segundo lugar, la aparente particularidad de esta injusticia funge como pie de apoyo para la denuncia de crímenes universales y desgraciadamente de hoy. El abuso de poder, la corrupción administrativa, la violencia injustificada y desmedida, así como la degradación moral que debía soportar el cubano, son algunos de los temas que Alejandro Gil pone sobre el lienzo de este largometraje. Todo lo anterior, por supuesto, atizado por el degradante estado de colonialismo que nos confinaba y carcomía.

Por último, Inocencia se instituye como la memoria visual (y reinterpretada) de la fragua sangrienta de nuestra identidad. Asistimos, en trance de angustia irrevocable, a ese momento preciso de nuestra historia donde languidece el término “criollo” y nos arropamos, definitivamente, con ese gentilicio solemne que viene sincero de nuestra isla. Después de ese 27 de noviembre no habrá transigencia posible con el enemigo: solo la libertad plena se muestra como camino hacia la felicidad.

Creo firmemente en las potencialidades de la juventud. Comparto el afán por la asimilación de influencias exóticas, pero el tronco debe permanecer erguido de cubanía. El disfrute de una obra de tal alcance, más allá de incitar a una extroversión de nuestra sensibilidad, es capaz de transformar los intereses inmediatos del consumidor. Ahí, en esos cuerpos que moldearon la Historia, yace la clave para un futuro del que formamos parte como entes activos, y no como ingenuos condenados aguardando por las estridencias de la pólvora.

[1] A quien, al parecer, se le acomodan con facilidad los personajes decimonónicos de intensa personalidad, si tomamos en cuenta su actuación como Julián del Casal en el largometraje de 2019 Buscando a Casal.

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