Las despedidas martianas
Por: Carmen Suárez

El siglo XX hizo un precioso regalo a la humanidad: el de poder conservar la voz y la imagen en movimiento de las personas. La tecnología moderna permitió entonces el milagro de registrar esas preciosas señales. Desafortunadamente, José Martí cayó en combate sin habernos podido dejar testimonios fílmicos o sonoros. Sin embargo, ciertos logros de la ciencia de nuestro tiempo han hecho obsoletos y muy poco frecuentes algunas prácticas que antaño nos dejaban huellas preciosas de los hombres.  El teléfono, y en la actualidad los medios de comunicación digitales, nos privaron de la carta y el recado sobre el papel, prácticas intensas en otra época, que nos permitieron contar con epistolarios y documentos escritos que resultaban obras literarias y otros que, como escritura corriente, eran duraderos testimonios históricos y culturales.
Gracias a esa práctica imprescindible en un hombre que, como José Martí, debió realizar esfuerzos ingentes para la coordinación de muchos hombres o la comunicación afectiva con los suyos, contamos con numerosas cartas y billetes  enviados por él a familiares, amigos y compatriotas. En ellos se reflejan con maestría las más íntimas calidades de su alma, su enorme y exquisita delicadeza, su amor y su dolor, la pasión con la que necesitaba el afecto de los demás.
Las despedidas de nuestro apóstol, por ejemplo, pueden estudiarse como muestras acabadas de su sensibilidad poética, amoldadas maravillosamente a la personalidad de cada destinatario y muy ceñida al tipo de relación existente entre ambas partes. De su entrañable amigo Manuel Mercado se despide así:
Bese la mano a Lola y a los niños. Para Manuel, tan pronto tenga cómo mandarla, tengo una Geografía nueva, con láminas hermosas y muchas de México.
Para Lola, el agradecimiento que sentían por la reina de la fiesta los caballeros heridos en el torneo.
Para usted todo
José Martí
Y de su madre, a la que quería con el dolor enorme de no poder estar a su lado y trabajar para ella, le dice a modo de adiós en su carta:
A usted, madre mía, ni una palabra. La quiero y la sufro demasiado para eso. Toda la verdad y la tristeza de su hijo
José Martí
De María Mantilla, la niña que tanto amó, de despide con esta ternura:
Quería, antes de entrar en viaje, recibir carta tuya, y temo que no llegue. A ver si piensas en mí, que te cuido y te quiero tanto, cuando todos estén alegres, y yo no esté donde tú estás,–  cuando está el cielo tranquilo, y muy lleno de estrellas.
Tú      José Martí
De modo que cada despedida martiana es un pequeño poema, un reclamo de amor, el envío de un regalo, una evocación poética, y siempre un profundo calor de aquel ser humano tan auténtico y solidario. Veamos, para terminar, este pequeño recado a Rafael Serra, en enero de 1895:
Serra queridísimo:
Por dondequiera que yo ando, hablo de Ud., hablo con Ud., espero en Ud., corazón contra toda maldad, flor de toda ternura, y hermano mío. Esté yo aquí o allá, haga como si lo estuviese yo siempre viendo. No se canse de defender, ni de amar. No se canse de amar.
Un beso a Consuelo,                                     Martí

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