La soberbia esperanza en José Martí
Por: Rolando González Patricio

El comercial de mercancías y servicios, y hasta de personas, es uno de los productos más consumidos por el receptor contemporáneo, sea o no su voluntad, en la época histórica de la universalización del capital y la capilaridad del mercado hasta límites insospechados. La ciencia y el arte de la comunicación han echado raíces en las tierras del comercial, por lo que su empleo no comercial impone un ejercicio creativo de asimilación crítica.

Así, la comunicación eficaz deviene un desafío mucho más complejo cuando va al servicio de la ética y la memoria histórica, lejos de las comidillas sobre la vida privada de alguna de las estrellas de la industria del entretenimiento. Si además, fuera de esa moda, se intenta comunicar acerca de las ideas, la obra o la vida ejemplar de José Martí, se tropezará también con otros obstáculos que no es preciso enumerar ahora.

Uno de los inconvenientes en este minuto va asociado al hecho de la imantación secular probada por los alcances de José Martí. Esa relevancia para las generaciones que le sucedieron ha motivado que Martí fuera objeto de muy reiterados esfuerzos comunicacionales que pueden entumecer la sensibilidad del receptor y, en consecuencia, generar no sólo efectos deseados. El uso y abuso de citas en los medios y la apelación discursiva a la idea martiana como aplauso y no como horizonte aún sobreviven.

Al por qué y al cómo dar a conocer la obra martiana me he aproximado de modo recurrente durante algo más de un cuarto de siglo (i), por lo que revisitarla al amparo de las motivaciones y urgencias del momento no me salvan de reiterar algún enfoque o argumento que haya esgrimido antes. En consecuencia, las líneas que siguen intentan interrogar brevemente la pertinencia del quehacer comunicacional en torno a la vida y la obra de Martí. Sin espacio para abordar ahora el modo martiano de comunicar y lo propiamente martiano en este campo, finalmente trato el maridaje memoria y esperanza.

Antes de preguntarnos cómo comunicar, se impone precisar por qué o para qué. En este punto, que reclamaría todo el espacio disponible, no es posible obviar las razones del comunicador.

El influjo de las ideas y la palabra de Martí comenzaron mucho antes de la arremetida mortal en Dos Ríos, pero ha sido su agigantamiento posterior un denominador común de los tiempos en la Cuba que le sucedió y, a veces, mucho más allá. Este fenómeno, esencialmente cultural y político, ha reclamado atención desde muy diversas perspectivas.

Paralelas a las apropiaciones artísticas y los estudios literarios e históricos, se han sucedido las adjudicaciones políticas muchas veces ilegítimas, descontextualizadas y francamente contrarias a las esencias del proyecto liberador martiano.

Entonces, si se busca comunicar lo martiano como parte de la construcción cultural de un proceso liberador, hemos de ser consecuentes. Se impone admitir que no se trata, o no solo se trata, de una manifestación de fe, que resulta perfectamente válida. Estamos sencillamente ante la necesidad de emplear un capital cultural propio para una obra nuestra. No se acude a Martí por el gusto de hacerlo o por no disponer de otros abrevaderos. Nos servimos de su obra porque sintetiza las esencias de la nación, por su caudal ético, y porque resulta esencialmente válida para enfrentar buena parte de los desafíos contemporáneos, toda vez que en lo fundamental compartimos objetivamente la misma época histórica, y necesitamos vencer obstáculos políticos, económicos, sociales y culturales semejantes. Prescindir de la compañía martiana, además de un desperdicio, ayudaría a despejar el camino para la maquinaria hegemónica arrolladora de libertades y alternativas.

Comunicar en los ámbitos martianos exige y exigirá capacidades creativas tanto científicas como culturales innovadoras, pero en esta ruta no hay por qué desconocer los pilares de la práctica comunicacional que ejerció Martí. De todos ellos, tomaremos uno más adelante.

Toda reflexión concienzuda sobre la viabilidad de la difusión de una idea radicalmente liberadora en el mundo actual no puede prescindir de conocer algunas tendencias en curso. La cultura contemporánea sostiene una relación difícil con la memoria. Los fundadores de la filosofía de la praxis insistieron desde mediados del siglo XIX en que la burguesía que rige la producción y el comercio a escala internacional se forja un universo a su imagen y semejanza, y se representa el mundo en que ella domina como el mejor de los mundos.

Los más consecuentes seguidores de aquellos fundadores han desarrollado el análisis de cómo la oligarquía transnacional produce a gran escala un consenso global con idénticos fines. Como clase dominante se asegura de sembrar y abonar a cada instante una cultura afín a su dominio. Semejante cultura debe, por definición, propiciar ganancias multiplicadas mediante todos los aparatos culturales disponibles.

Pero el imperio de las oligarquías no se sostiene solo con ganancias. Necesita tanto de la fuerza bruta que le proteja ―venga del poderío económico y tecnológico o de las policías represoras de masas en protesta y los ejércitos disuasorios e invasores―, como del consenso edificado mediante la producción de un sentido común afín a la dominación. Semejante ejercicio hegemónico requiere y fomenta una cultura tan capaz de propiciar la maximización de ganancias como la minimización de las resistencias. Es por eso que la oligarquía transnacional y sus administradores nacionales necesitan, muy lejos del ciudadano culto, libre y consciente, de consumidores acríticos, atomizados y finalmente indefensos.

En el paisaje del futuro que impulsaron por décadas y aun promueven los intereses oligárquicos, el pensamiento crítico es una piedra en el zapato.

Librarse de ella, en el proceso de hibridación secular del ciudadano en consumidor, implica también garantizar la reproducción de una cultura política adocenada. Y una materia prima indispensable en ese proceso es la producción industrial de la desmemoria.
Desde esa orilla se echó mano a todos los instrumentos capaces de amputar a escala de masas cuanto referente histórico pueda servir de combustible a la menor de las llamas de la resistencia social y nacional. Los programas escolares amputados, la erosión neoliberal que casi logra extirpar las Humanidades de las universidades, la industria editorial, los medios corporativos de comunicación y sus expresiones en el mundo virtual suelen operar como puntas de lanza con ese fin.

Del lado de la resistencia y la liberación, las izquierdas y las fuerzas progresistas vienen reaccionando desde hace décadas. Memoria y cultura política, historia y acción liberadora forman parte indisoluble del hacer contrahegemónico. No es casual que Fidel Castro dedicara atención recurrente al alcance político del conocimiento histórico a escala popular.

Sin embargo, a los efectos de un programa o estrategia política liberadora contemporánea, todo paso efectivo en esta dirección resulta tan imprescindible como insuficiente. Con frecuencia las izquierdas padecen lo que en alguna charla he llamado el síndrome del retrovisor. La dolencia parte del abuso o exceso de atención a los hechos del pasado, cuya apropiación, vale repetirlo, es impostergable e imprescindible. Pero, al mismo tiempo, el presente exige todas las argumentaciones y no solo las históricas. Y, por si fuera poco, todo andar se hace menos seguro cuando se avanza solo ―o casi solo― atento al camino vencido.

Las izquierdas están urgidas de proporcionar en su discurso movilizador muchos más elementos del horizonte a construir, especialmente aquellos que les presentan como fuerzas liberadoras y no como negaciones timoratas o infecundas de las derechas. Individuos y pueblos se distinguen entre sí no solo por sus acumulaciones históricas; también se diferencian por sus certezas y esperanzas.

A estas, Martí dedicó atención temprana y sostenida. Valga recordar que en 1873, tras la proclamación de la primera República Española, en un saludo acompañado del reclamo del derecho igual de los cubanos a erigir la propia, alcanzó a definir: “Patria es comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas”. (ii)

Por el camino de las esperanzas encontramos una autorreferencia, en abril de 1879, durante el brindis en el banquete en honor de Adolfo Márquez Sterling, pocos días antes de que el capitán general Ramón Blanco, al escuchar su discurso en el Liceo de Guanabacoa lo calificara como “un loco peligroso”. En aquella oportunidad aseguró: “de memorias vivo; de memorias y esperanzas, ―por lo que tienen de enérgicas las unas y de soberbias y prácticas las otras”.( iii)

En su segundo destierro, a tres semanas de haber arribado a Nueva York, el concepto reaparece con toda fuerza en su discurso conocido como “Lectura en Steck Hall”. Luego, a mediados de 1882, al escribir al general Máximo Gómez para informarle acerca de los trabajos emprendidos con el fin de organizar un nuevo intento insurreccional y solicitar su adhesión, Martí deja testimonio de la necesidad de estar prestos a encarar los peligros de las esperanzas cómodas de liberales y anexionistas:

“¿A quién se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hablan de una solución fuera de España. Pero si no está en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país ―¿a quién ha de volverse, sino a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces? ¿Cómo evitar que se vayan tras ellos tobos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es llegada la hora de ponemos en pie”. (iv)

De igual modo, en julio de 1894, tras la muerte de Nicolás Azcárate, afirma en Patria: “El hombre, como hombre patrio, sólo lo es en la suma de esperanza o de justicia que representa”. (v)

Recuerdo la vehemencia con que Cintio Vitier explicaba por qué prefería emplear el término esperanza en lugar de utopía, pero no alcanzo a recordar, en la amplia literatura disponible sobre Martí, el ensayo sobre la esperanza como factor transformador o impulsión libertaria. Estas líneas no pretenden suplirlo, tal vez incentivar su (¿re?) escritura, pero sí buscan, a la luz del reto actual, invitar a retomar ese recurso del pensamiento y el discurso martianos.

La historia ofrece abundante testimonio del manejo de las esperanzas al servicio de los intereses dominantes en diferentes épocas, pero la capacidad del capitalismo contemporáneo ha probado ser incomparablemente superior a todos sus predecesores. Las oligarquías han sabido jugar al fomento de las falsas esperanzas, fáciles y vergonzosas, y han logrado con mucha frecuencia moldear a su antojo las expectativas de la gente. Como he afirmado en otra oportunidad, la tecnología de las esperanzas y las expectativas es parte de la ingeniería del consenso creada al servicio del capital.

En cambio las izquierdas, consecuentes con el principio de no mentir, no siempre han dispuesto oportunamente de programas de futuro o no han logrado llevarlo a los sentimientos de las mayorías.

Desde esta perspectiva, el terreno de las ideas de futuros posibles es un campo de batalla, y ante la imposibilidad de esquivar esa contienda, se impone disponer de armas propias. A la puerta del arsenal de los cómplices de la virtud aguarda en pie José Martí para ofrecer, fundidas, memorias y esperanzas.

Soroa, julio 8 de 2021

Tomado de: https://www.cubaperiodistas.cu

Notas

i “Tientos y divergencias” La Gaceta de Cuba, N° 2, 1995, pp. 16-17; “Programa José Martí” en Creadores y públicos del porvenir, La Habana, Casa Editora Abril, 2000, pp. 13-19; En torno al pensamiento de José Martí (en coautoría con Rafael Cuevas Molina y Mario Víquez Vargas), IDELA, Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica, 2002; y “El hombre que sabía desaparecer”, La Jiribilla, N° 612, 2013; entre otros, así como aproximaciones puntuales en otros textos, reseñas, charlas, conferencias y conversatorios.

ii J. Martí. La República Española ante la Revolución Cubana. Madrid, febrero de 1873. En Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 1, p. 93. Otras remisiones a esta edición se identifican como O.C.

iii J. Martí. Brindis en el banquete celebrado en honor de Adolfo Márquez Sterling, en los altos del café El Louvre. La Habana, 21 de abril de 1879. O.C., t. 4, p. 177.

iv J. Martí. Al General Máximo Gómez. New York, 20 de julio de 1882. O.C., t. 1, p. 170.

v J. Martí. “Azcárate”. Patria, 14 de julio de 1894. O.C., t. 4, p. 473.

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