La marcha del mambí hacia Dos Ríos
Por: Carmen Suárez León

Una lluviosa noche de abril de 1895, con las manos firmemente aferradas al remo de proa, se encamina José Martí con un grupo de compañeros a las cosas de las sierras de Baracoa, para incorporarse a una guerra en la que soñó participar desde los días de su infancia. En su Diario[1] va describiendo las impresiones, accidentes e incidencias del viaje. El deslumbramiento y la alegría que experimenta al encontrarse con la tierra cubana en calidad de libertador es de una fuerza prodigiosa. Anota dos palabras que son como una cifra de nuestra identidad: “Dicha grande”,[2] y unos días después apunta: “Y en todo el día, ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado!”[3]

José Lezama Lima ha escrito una bella y honda valoración de dicho texto: “En esos momentos es cuando José Martí comienza a fijar la escritura dibujada de su Diario, que es para mí el más grande poema escrito por un cubano, donde las vivencias de su sabiduría se vuelcan en una dimensión colosal.”[4]Y a continuación compara esos apuntes con la escritura de Góngora y con la de Rimbaud y señala que “No importa la diferencia de los estilos ni las apariencias del ceremonial, me refiero solo a la cantidad hechizada”.[5]

A cada paso por el monte se produce en el soldado poeta el reconocimiento apasionado del monte cubano y las esencias mismas de la patria. Habla con naturalidad, pero con insólita penetración y potenciación poética, de las plantas, las comidas mambisas, los dichos y hechos de la tropa. Un discurso que podría ser un encadenamiento de trivialidades, José Martí puede arrancarlo de su rutina, de la costumbre, y verlo en su más densa verdad de avasalladora poesía. Vive el paisaje y las rutinas de la marcha de los guerreros como lo que son en su más profunda realidad: un hecho épico de la más alta intensidad y tiene el poder de fijarlo en la escritura tal como lo experimenta. Describe así una noche de jaleo en el campamento:

El río nos corta. Aguardamos a los cansados. Ya están a nuestro alrededor, los yareyes en la sombra. Ya es la última agua, y del otro lado el sueño. Hamacas, candelas, calderadas, el campamento ya duerme; al pie de un árbol iré luego a dormir junto al machete y el revólver y de almohada, mi capa de hule; ahora hurgo el jolongo y sacó de él la medicina para los heridos. Cariñosas, las estrellas, a las 3 de la madrugada. A las 5, abiertos los ojos, Colt al costado, machete al cinto, espuela a la alpargata y a caballo.-[6]

Mientras anota estas entrañables impresiones para que las muchachas que dejó en Nueva York las lean alguna vez, escribe decenas de cartas, envía recados, organiza los pasos que hay que dar, prevé para el futuro, ataja contradicciones, salva conflictos, en fin, va organizando la guerra que, al fin, protagoniza como mayor general. Pasa por Baraguá, llegan frente al Cauto y José Martí escribe la emocionada exclamación que escucha al generalísimo: “¡Ah, Cauto –dice Gómez–¡cuánto tiempo hacía  que no te veía!”[7] Por su parte él anota también su sentimiento:

De suave reverencia se hincha el pecho, y cariño poderoso, ante el vasto paisaje del río amado. Lo cruzamos, por cerca de una seiba, y, luego del saludo a una familia mambí, muy gozosa de vernos, entramos al bosque claro, de sol dulce, de arbolado ligero, de hoja acuosa. Como por sobre alfombra van los caballos, de lo mucho del césped. Arriba el curujeyal da al cielo azul, o la palma nueva, o el dagame, que da la flor más fina, amada de la abeja, o la guásima, o la jatía. Todo es festón y hojeo, y por entre los claros, a la derecha, se ve el verde del limpio, a la otra margen, abrigado y espeso.[8]

Era el 9 de mayo de 1895, no muy lejos de allí, en Dos Ríos, diez días después cayó en combate José Martí.

[1] José Martí. Diarios de campaña. Edición Crítica. Investigación, prólogo, notas y anexos de Mayra Beatriz Martínez. La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2007.

[2] Ibídem, p. 82.

[3] Ibídem, p. 85.

[4] José Lezama Lima. La cantidad hechizada. La Habana Ediciones Unión, 1970,  p. 184.

[5]Ibídem, p. 185.

[6] José Martí, ob. cit., pp. 102-103.

[7] Ibídem, p. 129.

[8] Ídem.

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