La afrenta a José Martí no solo fue de los marines yanquis
Por: Delfín Xiqués Cutiño

La reacción del pueblo fue unánime al repudiar tan deleznable hecho. A las redacciones de los periódicos llegaban mensajes de veteranos de la guerra de independencia, intelectuales, obreros, estudiantes, y todo el pueblo, que pedía sanción para los culpables.

La presencia de buques de la armada estadounidense en el litoral habanero y en su rada, eran frecuentes antes del triunfo de la Revolución. Aquí mantenían una base naval—cuya devolución nuestro pueblo continúa reclamando— y una Misión Militar de las tres armas, que tenía su sede en el campamento de Columbia, hoy Ciudad Libertad.
En ese tiempo, los gobernantes cubanos serviles a Washington se esmeraban por mantener unas relaciones cordiales con el poderoso vecino del norte, sin importarles la política injerencista que siempre aplicaron sobre nuestro país.
De ahí que se realizaran las frecuentes visitas «amistosas» de las naves de guerra yanquis a La Habana, con cientos de marinos dispersos por la ciudad o, mejor dicho, por bares y prostíbulos.
De esas visitas quedan imágenes y recuerdos de personas ya mayores, que presenciaron las riñas en los bares, los insultos y la falta de respeto a los transeúntes, así como los destrozos en los comercios que causaba aquella ebria marinería yanqui.
Un 10 de marzo
Un convoy de unidades navales estadounidenses, encabezado por el portaaviones USS Palau, arribó al litoral habanero el 10 de marzo de 1949. Lo integraban, además, los barreminas USS Rodman, USS Hobson y el USS Jeffers, así como el remolcador USS Papago.
Al siguiente día la marinería, temprano en la mañana, embarcaba en lanchas rumbo a la ciudad para disfrutar de un pase. Ya en la noche, un grupo de uniformados de la Navy, casi ebrios como lo delataban sus comportamientos, se dirigió al Parque Central.
Y allí ocurrió lo que nadie siquiera imaginaría.
Uno de ellos comenzó a trepar por la estatua del Apóstol hasta quedar sentado a horcajadas sobre sus hombros, utilizándola como urinario público.
Abajo, otro comenzaba su ascenso por la escultura de mármol en medio de las risotadas y el aplauso del resto de los marines. La reacción de los cubanos indignados no se hizo esperar. De un cercano bar trajeron botellas y otros objetos que fueron lanzados a los profanadores de la estatua.
Casualmente, en ese momento cruzaba por el parque Fernando Chaviano, un fotógrafo ambulante que se dedicaba a retratar a los turistas de esa zona. Sin pensarlo dos veces, tomó las fotos de los marines en el momento del ultraje.
Inmediatamente la policía, que se había mantenido pasiva ante el agravio, intervino para proteger a los marines de la ira del pueblo y arremetió contra los que «alteraban» el orden público.
Pero no fue posible disolver aquella multitud, por lo que no les quedó más remedio que montarlos en un auto de la policía y llevarlos para la Tercera Estación, que estaba muy cerca.
Al día siguiente el diario Alerta publicaba las fotos en primera plana. También las reproducían las revistas Bohemia y Carteles; el periódico Hoy, y las agencias internacionales de noticias. Sin embargo, otros medios no publicaron nada.
La reacción del pueblo fue unánime al repudiar tan deleznable hecho. A las redacciones de los periódicos llegaban mensajes de veteranos de la guerra de independencia, intelectuales, obreros, estudiantes, y todo el pueblo que pedía sanción para los culpables.
La repulsa se incrementó al conocerse que los marines habían sido liberados. En efecto, a las pocas horas de ser encarcelados sepresentó en la estación de policíael agregado naval de la embajada yanqui, quien reclamó y les fueron dados todos los detenidos.
En aquel entonces la embajada de Estados Unidos radicaba en un vetusto edificio en la Plaza de Armas de La Habana Vieja, y frente a ella se congregó una enorme multitud que lanzaba gritos de protesta, entre ellos los estudiantes y miembros de la FEU.
La misión diplomática permanecía cerrada a cal y canto, por lo que algunos manifestantes comenzaron a lanzar piedras sobre su fachada. A los pocos minutos salió el embajador al balcón al mismo tiempo que irrumpía en la Plaza de Armas un contingente del policía encabezado por el jefe de ese cuerpo.
Inmediatamente los uniformados cargaron sobre los manifestantes a palos y fustazos, rompiendo brutalmente los grupos. Recibieron contusiones en el cuerpo los estudiantes universitarios Fidel Castro, Lionel Soto, y Baudilio Castellanos (Bilito), quien protegió con su cuerpo al también estudiante y dirigente de la FEU Alfredo Guevara, convaleciente de una enfermedad; entre otros jóvenes.
Resultaba indignante que la policía, que nada había hecho para impedir el ultraje a Martí, protegiera a los marines de la ira del pueblo, y luego los entregara a sus superiores en lugar de retenerlos para juzgarlos por las leyes cubanas, tratara de sofocar la digna repulsa.
Ante esta situación el embajador yanqui se trasladó, seguidos por dirigentes de la FEU, hasta el ministerio de Estado (Relaciones Exteriores) que en aquel entonces estaba situado en una antigua residencia en la Avenida de las Misiones.
En el despacho del Canciller entregó unas declaraciones que traía escritas, lamentando públicamente lo ocurrido. La nota sería leída a la prensa, pero algunos miembros de la FEU, no se sabe cómo lograron colarse en el salón de espera donde estaban los periodistas. También estaba previsto hacerlo en el Parque Central, cuando se fuera a colocar una ofrenda floral.
El embajador, acompañado por funcionarios de la embajada y la Cancillería, salió al encuentro con los periodistas y comenzó a leerles la nota de desagravio.
Aparentemente todo marchaba bien hasta que citó que, si bien algunos «marines» habían cometido ese acto condenable, otros «marines» habían ayudado a Cuba a obtener su independencia.
Inmediatamente el estudiante Alfredo Guevara lo interrumpió replicándole:
«Usted no tiene derecho a pronunciar esas palabras mientras el gobierno imperialista de Estados Unidos mantenga ocupada la Base Naval de Guantánamo».
Para el gobierno la afrenta a José Martí quedaba zanjada con esas declaraciones del embajador y con lavar la estatua con agua a presión, como así sucedió.
DENUNCIA ANTE LA PRENSA
Poco después, según consta en el libro titulado: “Antes del asalto al Moncada”, una representación estudiantil encabezada por Fidel Castro, Baudilio Castellanos, Alfredo Guevara y Lionel Soto, entre otros jóvenes, formulaban las siguientes declaraciones ante un periódico de la capital:
«Ante el bochornoso vejamen que sufriera la estatua del más grande representativo de nuestra dignidad patria: José Martí, un grupo de estudiantes organizó un acto de protesta frente a la embajada de Estados Unidos, demandando que aquellos autores del suceso fueran juzgados por tribunales cubanos. Cuando estábamos frente a la embajada se aparecieron cinco perseguidoras, dirigidas por el coronel Caramés, cuyos ocupantes, con fustas y pistolas, agredieron brutalmente al público que se había congregado para escuchar nuestras palabras. Paradójicamente, policías cubanos atacaron a estudiantes y al pueblo que sólo trataban de defender la dignidad patria mancillada. ¿Por qué no desplegaron esa agresividad y celo frente a los osados marineros que ultrajaron a nuestro más grande prócer?».

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