José Martí, trabajador y vocero de los trabajadores
Por: Luis Toledo Sande

A lo largo de su existencia fue José Martí un trabajador incansable. Lo fue en oficinas, en la docencia –a veces sin paga, como en el club obrero La Liga, de Nueva York–, la edición y la traducción y, sobre todo, en sus dos ocupaciones centrales: la prensa –que, con la tribuna y su epistolario, resultó una de sus mayores trincheras de ideas– y la política, no como labor de pan ganar, sino consagrado a lavar con su vida el crimen de la esclavitud, o las esclavitudes.

Aunque monumentales, sus Obras completas cumplen más esa condición por su extraordinaria calidad que por la gran cantidad reunida: frecuentemente se hallan manuscritos inéditos y textos que han permanecido ignorados en distintas publicaciones. Y duele imaginar cuántos deberán considerarse definitivamente perdidos.

Escribió a mano en medio de una vida agitada por circunstancias y otras tareas. Solo ocasionalmente usó –fue pionero en eso– la dactilográfica, que empezaba a extenderse, y más de una vez tuvo que dictar los textos, porque la salud lo obligaba a permanecer en cama, sin fuerzas para manejar la pluma. Así vivió solamente cuarenta y dos años, pero legó un tesoro inmenso que contribuyó al enriquecimiento de las letras en lengua española, y de las virtudes humanas.

Particular muestra de su capacidad de trabajo la dio en la diplomacia, como cónsul a la vez de tres países, Argentina, Uruguay y Paraguay, no en cualquier plaza, sino en Nueva York, y representó al segundo en la Conferencia Monetaria Internacional celebrada en Washington en 1891. Esa etapa corroboró asimismo el sentido misional y la austeridad con que vivía –como opción cardinal, no como condena– quien echaba su suerte con los pobres de la tierra.

Colaboraciones periodísticas que le pagaban –no eran todas: muchas eran parte orgánica de su lucha, y otras le pirateaban– le permitían ayudar a la madre, que permanecía en Cuba; pero todo sugiere que ganaba poco. Priorizaba la utilidad de la virtud, y quién sabe cuánto de sus ingresos destinó a la lucha revolucionaria.

Desde su origen humilde y su condición de trabajador valoró a los pobres, que mantenían viva la causa de la independencia patria, mientras que la mayoría de los acaudalados la abandonaban. No es casual el hecho de que, aunque residía en Nueva York, quiso y logró que los documentos rectores del Partido Revolucionario Cubano nacieran en Tampa y Cayo Hueso, donde eran más numerosos sus compatriotas obreros, emigrados como él.

En ese camino se ubica la carta a Manuel Mercado interrumpida en la víspera de su muerte. Bregaba intensamente por la unidad patriótica, pero sin concesiones inmorales. Con temprano y decidido antimperialismo repudió a los anexionistas y, en general, a la casta de quienes, “por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta solo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de su oficio de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante,–la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,–la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.

No son un hecho aislado sus denuncias, entre 1886 y 1887, del proceso que sirvió para linchar, en Chicago, a varios obreros, a quienes se descalificaba llamándolos anarquistas. Ese rótulo –que requeriría un comentario particular– lo esgrimía el capitalismo para legitimar sus acciones, como luego manipularía comunistas y terroristas, entre otros.

Uno de los obreros condenados estaba lejos del lugar del motivo por el cual se les juzgó: la bomba que –según la prensa– mató a siete policías. Otros hechos históricos autorizan a preguntarse si sería improbable que, en aquella acción, intervinieran provocadores al servicio del sistema que buscaba escarmentar a quienes exigían justicia en la potencia que ya vendía hipócritamente su imagen de modelo democrático. Lo seguro es que el escarmiento se aplicó.

En su mayoría, las crónicas de Martí sobre dichos sucesos –origen de la significación mundial del Primero de Mayo– se hallan en el tomo11 de la edición vigente de sus Obras completas (1963-1966). Él las escribía en Nueva York, basado por lo general en despachos de la prensa a su alcance, y eso explica que al inicio estimase posible culpar a los obreros como lo hacían tales fuentes. Puede verse en la crónica fechada 2 de septiembre de 1886 y publicada en La Nación, de Buenos Aires, el 21 de octubre siguiente.

Pero sin que aún esa crónica hubiera visto la luz, escribió con fecha 17 de aquel octubre la que el siguiente 7 de noviembre apareció en el diario mexicano El Partido Liberal, donde permaneció olvidada casi un siglo, sin pasar a las Obras completas del autor. Con otras treinta que habían corrido igual suerte la rescató el poeta, ensayista e investigador nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez en Nuevas cartas de Nueva York, libro publicado en México en 1980 y editado en Cuba en 1983 con el título de Otras crónicas de Nueva York.

Para el texto del 17 de octubre de 1886 dispuso Martí de testimonios de primera mano fundados en la verdad y la justicia, principalmente un discurso de la activista social Lucy Parsons, compañera de uno de los obreros linchados. Con esa luz y su sed de justicia expresó resueltamente al inicio de la crónica: “Santo es el mismo crimen, cuando nace de una semilla de justicia. El horror de los medios no basta en los delitos de carácter público a sofocar la simpatía que inspira la humanidad de la inten­ción. El verdadero culpable de un delito no es el que lo comete, sino el que provoca a cometerlo”. Y sostuvo: “No es en los anarquistas donde debe ahorcarse el anarquismo, sino en la injusta desigualdad social que los produce”.

Los acontecimientos –incluyendo en ellos “la prensa entera, de San Francisco a Nueva York, falseando el proceso” y pintando “a los siete condenados como bestias dañinas”– mostraban “la iniquidad del sistema que castiga al más laborioso con el hambre”. Lo escribió en la mayor de sus crónicas sobre aquellos sucesos, “Un drama terrible”, que, fechada en Nueva York el 13 de noviembre de 1887, circuló en La Nación el 1 de enero de 1888. Comienza así: “Ni el miedo a las justicias sociales, ni la simpatía ciega por los que las intentan, debe guiar a los pueblos en sus crisis, ni al que las narra».

Más adelante sostuvo:

“Esta república, por el culto desmedido a la riqueza, ha caído, sin nin­guna de las trabas de la tradición, en la desigualdad, injusticia y violencia de los países monárquicos”. Como rectificando lo que podía haber de impreciso en su valoración anterior de las inmigraciones, influida por lo que la prensa dominante difundía, conclu­yó: “¡América es, pues, lo mismo que Europa!”, y reconoció que “los inmigrantes europeos denunciaron con renovada ira los males que creían haber dejado tras sí en su tiránica patria”.

Quien también en lo político prefería métodos pacíficos, no vaciló en preparar una guerra que sabía necesaria. Esa realidad se debe tener presente al leer “Un drama terrible”: “Una vez reconocido el mal, el ánimo generoso sale a buscarle remedio: una vez agotado el recurso pacífico, el ánimo generoso, donde labra el dolor ajeno como el gusano en la llaga viva, acude al remedio violento”.

Lo ocurrido en Chicago fue representativo de todo el país: “Amedrentada la república por el poder creciente de la casta llana, por el acuerdo súbito de las masas obreras, contenido solo ante las rivalidades de sus jefes, por el deslinde próximo de la población nacional en las dos clases de privilegiados y descontentos que agitan las sociedades europeas, determinó valerse por un convenio tácito semejante a la complicidad, de un crimen nacido de sus propios delitos tanto como del fanatismo de los criminales, para aterrar con el ejemplo de ellos, no a la chusma adolorida que jamás podrá triunfar en un país de razón, sino a las tremendas capas nacientes”.

El peligro de “la chusma adolorida” lo advertía un político revolucionario y de alma popular que buscaba fundar en su patria “un pueblo nuevo y de sincera democracia” –como se lee en las “Bases”, redactadas por él, del Partido Revolucionario Cubano–, y que en su “Lectura de Steck Hall, del 24 de enero de 1880, proclamó: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”. Una cosa era el pueblo y otra los portadores de la incivilidad o la marginalidad delincuencial, el lumpen.

Con sus convicciones de veras democráticas resumió en “Nuestra América, ensayo publicado a inicios de 1891, el cometido que la independencia de los países de esta región había incumplido, y Cuba debía realizar para que su liberación fuera plena: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”.

Un ideal de tanto alcance apunta a una necesidad que la experiencia mundial valida para los afanes socialistas: enfrentar a los opresores no solo en sus intereses, sino también en sus hábitos de mando, de vida, acaso más difíciles de extinguir. También para esa lucha perdura el ejemplo de quien firmó con actos, hasta morir en combate, la voluntad de echar su suerte con los pobres de la tierra.

(Tomado de la Revista CTC No. 21)

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