José Martí llega a Guatemala
Por: Pedro Pablo Rodríguez

“ESTOS SON MIS AIRES Y MIS PUEBLOS.”
En los primeros días de abril de 1877 hacía su entrada en la Ciudad de Guatemala un joven de espesa cabellera negra, con el rostro seguramente algo tostado luego de un mes contorneando la península de Yucatán en todo tipo de barquichuelos y de andar por más de una semana a lomo de mula, atravesando la Sierra de las Minas.
Ese joven de veinticuatro años era José Martí, quien, con semejante recorrido, se había adentrado en el mundo de la cultura maya, extendida por los territorios de México, Honduras Británica (hoy Belice) y Guatemala. De esa aventura viajera se conservan escritos suyos con observaciones acerca de los lugares mexicanos por donde pasó y un diario, ya en territorio guatemalteco, que, a pesar de su conservación fragmentaria, narra su día a día por aquellas montañas bajo la guía de Lola y Aniceto, la pareja de arrieros que lo movieron por esa zona montañosa.
En la capital fue muy bien recibido, al punto de que algunos ministros y hasta el propio presidente de la República, Justo Rufino Barrios, se entrevistaron con Martí. En el propio abril fue admitido en el cuerpo profesoral de la Escuela Normal, formadora de maestros, fundada por la Revolución Liberal de 1871 que dirigieron Miguel García Granados y Barrios. Daba así comienzo a una intensa vida pública en la que durante sus primeros meses en Guatemala su oratoria hizo vibrar a sus oyentes varias veces, publico un análisis sobre el Código Civil recientemente puesto en vigor en el país, escribió la pieza teatral Patria y Libertad (Drama indio) para conmemorar la independencia, escribió un comentario acerca del Informe gubernamental para la reunión anual de los Jefes Políticos de los Departamentos administrativos de Guatemala, y recibió el nombramiento de catedrático de Literatura Francesa, Inglesa, Italiana y Alemana, y de Historia de la Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad.
Dos instituciones más le abrieron sus puertas: la Sociedad Literaria El Porvenir, que agrupaba lo más destacado de la intelectualidad liberal de la época, y la Academia de Niñas de Centroamérica le solicitó que impartiera clases de Composición para sus alumnas, las hijas de lo más selecto de la alta sociedad guatemalteca de entonces.
Tal acogida hizo del joven cubano un miembro significativo y apreciado de la intelectualidad de aquel momento, a lo cual, como siempre, respondió entregando su talento, su esfuerzo, su previsión y lo mejor de sus sueños ya empeñados en abrir cauce a la nueva América que dejara atrás los vestigios de los tiempos coloniales.
Por eso, en carta a su amigo mexicano Manuel Mercado, le decía el 19 de abril de 1877 lo siguiente:
“Yo vengo lleno de amor a esta tierra y a estas gentes; y si no desbordo de mí cuanto las amo, es porque no me lo tengan a servilismo y a lisonja. Estos son mis aires y mis pueblos.”

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