José Martí en Zaragoza: "...allí quise a una mujer"
Por: Lucilo Tejera

El destino quiso que una noche, en el teatro Principal de Zaragoza, las miradas de dos jóvenes se cruzaran repetidas veces para descubrir lo inevitable: había llegado el amor.

En el palco 13, dos cubanos prestaban atención a la obra en escena. Uno era José Martí Pérez y el otro su entrañable amigo Fermín Valdés Domínguez, los dos deportados a España por el Gobierno colonial en la isla antillana, insurrecta desde años antes a aquel 1873.

Entonces con 20 años de edad, Martí se percató accidentalmente de que desde la platea lo miraban insistentemente. Encontró a la persona que le fijaba la vista, huidiza por el rubor, y era una joven rubia de innegable belleza.

En un entreacto fueron presentados, y el cubano, tocado por la sorpresa primero, y algo nuevo que le inundaba sus sentimientos después, fue, a partir de entonces, el ser insistente que lo marcó toda su fecunda vida.

Si hasta aquel momento el amor lo había rozado, con Blanca de Montalvo —que así se llamaba la zaragozana— lo tocó de lleno, y más cuando era correspondido.

Martí se trasladó de Madrid a Zaragoza, más al norte, en busca de mejor clima para sus males, que arrastraba desde los duros días de trabajos forzados como preso en las canteras de San Lázaro, en La Habana. Fermín se iría con él.

A fines de mayo de 1873 estaban en la capital de Aragón, y se alojaron en la pensión de Félix Sanz, en el número 13 de la calle de las Platerías (hoy Manifestación), donde encontraron un ambiente familiar.

Martí iba decidido a continuar los estudios universitarios que con dificultades emprendió en el convulso Madrid, envuelto entre el republicanismo y la monarquía.

Derecho y Filosofía y Letras matricula en la vieja Universidad de Zaragoza, en aquel entonces en la Plaza de la Magdalena, y también se dispone a terminar la enseñanza de bachiller que lleva desde La Habana.

A la sazón escribió:

“Cuando termino mis clases en la Universidad, me gusta pasear por la plaza del Mercado y llegar a la animada calle Platerías. Y ahí, no muy lejos de las ruinas romanas vivíamos como en familia. Mis días en la Pensión Don Félix fueron los más felices de mi vida estudiantil. Don Félix era nuestro amable y servicial casero, además de padre de dos bellas hijas.”

Es muy probable que los jóvenes amantes pasaran tardes en la Plaza de la Justicia, inmediata a la pensión —que hoy cuenta aún con una fuente instalada en 1866 con la escultura La Samaritana— frente a la iglesia Santa Isabel, o pasearan por la amplia plaza de la Catedral de la Virgen del Pilar.

A la vez que alguna actividad periodística y vivir la experiencia del restablecimiento a fuego, sangre y cañón de la reacción conservadora en la política española, la vida de Martí se centra en los estudios y en la pasión del amor con Blanca, quien vive con su acomodada familia también en la calle de las Platerías.

Además, allí Martí escribió el libro “La República española ante la Revolución cubana “, el drama “Adúltera” y la obra de teatro “Amor con amor se paga”.

Cuentan que Blanca lo cuidaba con especial dedicación y le preparaba infusiones de violetas para curar la tos y, dicen, la tristeza, y así quizás quitara de la mente del amado su deseo de regresar a la patria a buscar su independencia.

Pero ahora en Zaragoza tocaba el amor y el joven no lo deja escapar y lo vive con inusitada pasión. Amó y era totalmente amado.

Otras mujeres llegaron al corazón de Martí, pero Blanca, aseguran quienes lo conocieron y estudiaron después, fue quien primero lo arrebató.

Al terminar los estudios con excelentes calificaciones, Martí decide en diciembre de 1874 viajar para reunirse con su familia en México y emprender definitivamente el camino que le signó el destino dedicado enteramente a la independencia de la patria.

Blanca le escribe carta tras carta, pero no recibe ninguna a cambio. Sin embargo, Martí no la olvida.

En octubre de 1875, le dedicó en la nación azteca un cuento que tituló Hora de lluvia, y en un fragmento se puede leer:

“Llueve copiosísimamente; llueve sin cesar. Es, Blanca mía —y no te rías— que el cielo mismo frunce el ceño, y se pone mohíno, y llora, porque no hemos podido hablarnos hoy. Tú eres el cielo.”

Cuando partió de Zaragoza, Martí no pudo llevarse los títulos de sus estudios porque no tenía para pagar las tasas exigidas.

Tendrían que pasar muchos años, en 1995, en el centenario de su muerte en combate, fue que la universidad zaragozana entregó a Cuba sus certificados de Licenciado en Derecho y Filosofía y Letras.

La ciudad aragonesa no olvidó la destacada trayectoria del joven que durante 18 meses vivió allí: se colocó un busto de bronce en la entrada al Paraninfo universitario “como recuerdo permanente a uno de sus alumnos más célebres”, premios literarios, nombre de una calle, y dos tarjas en el lugar donde residió lo recuerdan.

Martí también le correspondió en sus Versos Sencillos:

Para Aragón, en España,
tengo yo en mi corazón
un lugar todo Aragón,
franco, fiero, fiel, sin saña.

Si quiere un tonto saber
por qué lo tengo, le digo
que allí tuve un buen amigo,
que allí quise a una mujer.

Y dicen que Blanca no lo olvidó nunca.

Dicen más: con el tiempo ella se casó con el médico turolense Manuel Simeón Pastor y Pellicer, y a su único hijo —que tuvo al año siguiente de la muerte de Martí en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895— lo nombró José.

Fuente: www.cadenagramonte.cu

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