José Martí: el pueblo como guía
Por: Luís Toledo Sande

Al autor de este artículo se le ha pedido que abunde en una idea que expresó recientemente en otro, titulado: ¿Polémica o batalla entre razones e insultos? En ese, al contextualizar ciertos hechos ocurridos en el país, sostuvo que no han faltado indicios del daño que puede venir de no trazar los límites necesarios entre pueblo y chusma, confusión contraria a criterios sustentados por José Martí.
La petición aludida no nació del aire. Va siendo tan generalizado como insatisfecho el reclamo de erradicar la indisciplina social –irrespeto, grosería, déficits de civilidad…– que se da en parte de la población. Es una lacra que roza actos delictivos o forma parte de ellos, y daña la convivencia. Frente a eso, acudir a Martí, quien en 1884 afirmó que «ser culto es el único modo de ser libre», rinde honor a su sabiduría para señalarle caminos a la dignidad humana.
Una de las raíces de la vigencia de sus ideas se halla en su actitud democrática, resumida en la decisión de echar su suerte con los pobres de la tierra en general, no solo de la suya. Esa actitud la plasmó en palabras y la confirmó con su vida quien, fiel a sus orígenes humildes, optó por ser pobre, a despecho del talento con que pudo haberse hecho rico.
De espíritu estético, hizo a su amigo Manuel Mercado confesiones como esta: «Quiero ver siempre junto a mí color, brillantez, gracia, elegancia. Un objeto feo me duele como una herida. Un objeto bello me conforta como un bálsamo»; y en otra carta le dijo que preparaba su campaña revolucionaria, su guerra, «como una obra de arte». Pero le eran ajenas las ranciedades aristocráticas, y en su discurso del Steck Hall neoyorquino, del 24 de enero de 1880, proclamó: «Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones».
Con el adjetivo verdadero afirmó el carácter de guía que la tradición dominante le negaba y seguiría negándole al pueblo. Al año siguiente de aquel discurso, en uno de sus apuntes caraqueños, caló a fondo en la historia latinoamericana: «En América, la revolución está en su periodo de iniciación.
–Hay que cumplirlo. Se ha hecho la revolución intelectual de la clase alta: helo aquí todo. Y de esto han venido más males que bienes».
La visión popular de la sociedad fue cardinal en su vida. En 1883, en su prólogo a Cuentos de hoy y de mañana, libro de Rafael de Castro Palomino, sostuvo: «De todos los problemas que pasan hoy por capitales, solo lo es uno: y de tan tremendo modo que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia».
Es significativa la cercanía de esas palabras, en tiempo y contenido, a las ya citadas sobre la relación entre ser culto y ser libre. Esta idea se comprende cabalmente si se tiene en cuenta que no abogaba por el sometimiento de los humildes a los cánones de las clases altas, que emplean su cultura como arma de dominación. Su camino era otro, y lo señala aquel apunte de 1881, que diez años después tuvo expansión y ahondamiento en «Nuestra América».
En ese ensayo señaló la raíz de los déficits que el independentismo tuvo en la región. En ella se incumplió un deber redentor que para él era fundamental: «Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores». Sabía que a las masas, de cuyo lado estaba la justicia, les urgía fomentar los valores apropiados para defenderla, sin renunciar a los grandes logros de la cultura universal.
A eso ha de sumarse otro hecho: atesorar conocimientos implicaba para Martí el deber de usarlos al servicio del bien, sobre la base de una civilidad que garantizara las relaciones de cordialidad y respeto indispensables para mantener lo que él tenía como un pilar de la existencia: la dignidad humana, el decoro. Asumidas como él las entendía, las buenas maneras no eran un adorno banal, sino expresión de vínculos dignos entre las personas. De ahí que no confundiera al pueblo con el lumpen o –en un término más cotidiano– con la chusma.
Identificado con los pobres, denunció las maniobras montadas por los poderosos en Estados Unidos para dar un escarmiento a los trabajadores que se rebelaban contra la injusticia. Aquella república, que él llamó «cesárea», quería «aterrar, con el ejemplo de ellos, no a la chusma adolorida que jamás podrá triunfar en un país de razón, sino a las tremendas capas nacientes».
Sentía solidaridad, más que compasión, tanto con el pueblo en sentido general –del que era y se sentía parte–, como con el sector calificable de chusma.
De la actitud con que veía esa escisión habla el calificativo adolorido, o adolorida, que aplica respectivamente a uno y a otra. Pero si el pueblo es el verdadero jefe de las revoluciones, la chusma no debe triunfar donde prime la razón.
Como a todos los seres humanos, también a ella es justo librarla de formas de existencia que la hagan sufrir y le impidan alcanzar una vida decorosa.
Pero sería ingenuo suponer que mimarla evitará que se subleve contra la civilidad. Antisocial por definición, vive sublevada de distintos modos, y en diferentes escalas, contra las mejores normas sociales, y no se ha de favorecer que el centro de la colectividad lo usurpen quienes sean marginales, ya porque hayan escogido tal condición o porque esta les haya venido de circunstancias hostiles que deban revertirse para bien de todos.
Tampoco se ha de olvidar que no son marginales únicamente los individuos o grupos identificables como lumpen o chusma. En un proyecto revolucionario que busque la equidad, son también marginales –es decir: contrarios al centro del proyecto– quienes intenten medrar por caminos delictivos, aunque vistan el famoso cuello blanco, o del color que sea, y ostenten maneras de salón. El centro le corresponde –y debe ocuparlo– al verdadero pueblo, a quienes luchan por la equidad y el buen funcionamiento social.
Uno de los mayores peligros asociados a la chusma estriba en su carencia de noción de límites, en su poder para hacerse notar. Se le da impunidad, y se adueña del entorno hasta marginar a las personas decentes. Así ocurre, sobre todo, si no se aplica acertadamente la plausible voluntad de borrar barreras sociales, un propósito que debe hacerse sobre la base de la elevación de valores y virtudes, no de la corrupción de las costumbres, o de la corrupción sin apellidos.
El desmadre irreverente que le es consustancial al lumpen, hace de este un virus capaz de infectar el cuerpo social en su conjunto, y no cabe olvidar la interrelación que, quiérase o no se quiera, vincula a las partes de ese cuerpo. Es pertinente recordar un juicio emitido por Martí pensando en la realidad estadounidense, pero con miras que la desbordaron.
Portador de una visión que vale considerar dialéctica, aunque usara ese término con apego a su etimología, emparentada con diálogo, no en la acepción con que –también venida de ese origen, en tributo a las confrontaciones verbales que en la antigüedad enriquecieron a la limitada democracia griega– pasó a la filosofía clásica alemana y de ahí al marxismo y otras áreas del pensamiento moderno. Martí escrutaba la interrelación de los elementos de la realidad, y escribió: «Un pueblo es en una cosa como es en todo».
Lo dicho hasta aquí no intenta ofrecer en plenitud la explicación pedida al autor del artículo y citada al inicio; pero sí, al menos, invitar a seguir reflexionando sobre el tema. A ello convocan el pensamiento de Martí y –fundamentalmente, si de urgencia se trata– los desafíos que la sociedad cubana tiene ante sí cuando desde fuera la amenazan graves peligros, y por dentro pueden minarla otros que también es ineludible enfrentar.
Esos peligros o males internos se manifiestan por todas partes: en un mercado de viandas, en un establecimiento comercial «de lujo», en un ómnibus, en un centro de recreación, en una cola cualquiera. Y también en ciertos productos supuestamente artísticos, así como en escarceos con que, no desde lo mejor del pueblo, se intenta defenderlos, empleando menos razones que insultos. El tema requerirá más textos y, sobre todo, más conciencia y acciones.

Fuente: http://www.granma.cu/

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