Fidel por siempre

El nombre del Comandante en Jefe Fidel Castro ha estado ligado al Centro de Estudios Martianos desde los mismos orígenes de la institución, creada por el Decreto no. 1 del Consejo de Ministros,  firmado por él y el Dr. Armando Hart Dávalos, el 19 de mayo de 1977.  Luego, a lo largo de más de cuatro décadas de labor, su reconocimiento al desempeño del CEM fue frecuente. Tal vez la muestra más elecuente de ello sea su nota de presentación  a la Edición Crítica de las Obras Completas de Martí, cuyos valores exaltó.

Lector incansable y martiano raigal, que encontró en el legado del Maestro la inspiración y guía de su conducta cívica desde la más temprana juventud, merece que en esta fecha de conmemoración nacional, su onomástico 94, le rindamos desde nuestro Portal  homenaje agradecido.

Recordemos ahora su sentido del deber, su optimismo, su perseverancia, y su capacidad inaudita de confiar en el triunfo y luchar por él en los momentos más arduos de la lucha revolucionaria. Seguir su ejemplo y continuar su legado es nuestro tributo en este 13 de agosto. Y qué mejor manera de festejar este nuevo aniversario de su natalicio que evocarlo desde la poesía, porque Fidel fue un hombre legendario, que inspiró versos vibrantes a  poetas en Cuba y en otras regiones de Nuestra América.

Por eso, compartimos con nuestros lectores los siguientes textos:

Canto a Fidel, de nuestra Carilda Oliver Labra

Fidel, del poeta chileno Pablo Neruda

El Cantar de Alejandro, del poeta peruano  Hildebrando Pérez Grande

Fidel, del poeta argentino  Juan Gelman

Por último, cerramos estos honores con varios artículos sobre diferentes facetas de la trayectoria vital de Fidel, con énfasis en su vocación martiana, americanista y universal.

Centro de Estudios Martianos

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FIDEL ANTE MARTÍ[1]

Autor: Dr. Pedro Pablo Rodríguez

No caben dudas de que el ideario de José Martí es la fuente ideológica más significativa en la formación y desarrollo del pensamiento de Fidel Castro, como se evidencia en numerosos escritos y discursos del líder de la Revolución cubana.

Al igual que su generación, Fidel vivió su infancia y juventud en una sociedad que hizo de Martí paradigma de la nación, y que durante los años del frustrado proceso revolucionario del 30 sometió a crítica el sistema neocolonial desde los enjuiciamientos del Maestro. Las batallas por la Constitución  de 1940, los afanes renovadores incumplidos por los gobiernos del Partido Auténtico y las esperanzas  de adecentamiento y dignificación moral representadas por Eduardo Chibás tuvieron como punta de lanza el verbo martiano. La escuela y la Universidad habanera, a su vez, dieron coherencia y sistematicidad a Fidel en la lectura y asimilación de la prédica del Maestro. El líder estudiantil y el joven abogado que se introdujo en las lides políticas demostró disponer de un sólido conocimiento de la historia patriótica cubana y de un extenso  manejo de la obra martiana.

Muchos años después, Fidel recordaba esa adscripción suya: “De lo primero que yo me empapo mucho, profundamente, es de la literatura martiana, de las obras de Martí, de los escritos de Martí; es difícil que exista algo de lo escrito por Martí, de sus proclamas políticas, sus discursos, que constituyen dos gruesos volúmenes, deben ser unas dos mil páginas o algo más, que no haya leído cuando estudiaba en el bachillerato o estaba en la Universidad.”

Y precisaba Fidel la doble influencia que desde entonces le guiara: “Yo en ese momento tenía una doble influencia, que la sigo teniendo hoy: una influencia de la historia de nuestra Patria, de sus tradiciones, del pensamiento de Martí, y de la formación marxista-leninista que habíamos adquirido ya en nuestra vida universitaria.”

Los grupos de revolucionarios que fueron reunidos por Fidel para afrontar con las armas a la tiranía batistiana compartían semejante culto patriótico e interés por las ideas del Apóstol, al punto de que ellos mismos se denominaron la generación del centenario ante aquel aniversario de su natalicio. Fidel no fue una excepción: basta recordar a Raúl Gómez García, Abel Santamaría, a Armando Hart, a Frank País, a los hermanos Saíz Montes de Oca, quienes mostraron repetidas veces por escrito la sólida inscripción martiana en su pensamiento. Fueron decenas y centenares los jóvenes combatientes de entonces, en la Sierra y en el Llano, que se sintieron convocados por la palabra del Maestro a combatir a una sangrienta y corrupta tiranía, y a construir una república con todos y para el bien de todos y libre de la dependencia de los amos del norte.

“Traigo en el corazón la doctrina del Maestro.”

Así, como sabemos, dijo Fidel durante su alegato de defensa en el juicio por los sucesos del 26 de julio de 1953. No era propaganda hueca la frase sino profunda convicción, como lo patentiza el programa revolucionario expuesto en La historia me absolverá, una verdadera guía de incuestionable impronta martiana para alcanzar la república diseñada desde el siglo XIX y para cumplir la verdadera liberación nacional del país.

Por eso durante los preparativos en la Isla y en el extranjero para reanudar la luchar armada, la amplia campaña en busca de apoyo político y material no sólo se asentó en la palabra del Maestro sino que, de hecho, siguió su estrategia unitaria contra el colonialismo. Demostraba así Fidel nuevamente que no era un mero repetidor de sus frases sin que ellas calaban tanto en su propia doctrina como en su acción.

Como prueba de su adscripción plena a la ética martiana, al referirse al martirologio del Moncada y describir los crímenes de la tiranía contra sus compañeros prisioneros y asesinados, afirma Fidel también en 1955: “Eduqué mi mente en el pensamiento martiano que predica el amor y no el odio.”

Desde luego, que tras el triunfo del primero de enero y comenzar la obra de transformaciones revolucionarias y hacia el socialismo, el desarrollo y maduración del pensamiento de Fidel nuca dejó de lado las enseñanzas martianas.

“¡Al fin, Maestro, tu Cuba que soñaste, está siendo convertida en  realidad!”

Así señalaba en un discurso de 1960 al fundamentar cómo se cumplía el deseo martiano, frustrado en 1898, mediante la obra de cambios que emprendía la Revolución: esta no era algo impostado sino expresión de las tradiciones y las necesidades insatisfechas del pueblo cubano. Raíz nacional y popular, raíz martiana tenía y tiene el proceso que rescató las riquezas y la soberanía nacionales, que abolió los privilegios y la explotación, que elevó las condiciones de vida y abrió amplio espacio al desarrollo de las capacidades de todos los cubanos.

El gran combate contra el imperialismo de Estados Unidos fue siempre entendido por Fidel como la continuación del que en silencio —quizás no tan en silencio, como sabemos sus estudiosos— emprendiera Martí, quien además, a su juicio, es la fuente esencial de los sentimientos latinoamericanistas y de las muestras de solidaridad e internacionalismo expresadas durante todos estos años por los cubanos. De ese modo, y dado el objetivo antillanista de Martí, la Revolución cubana no ha cejado en su apoyo manifiesto a la independencia de la hermana isla de Puerto Rico.

De igual manera, desde que fue creado el Partido Comunista de Cuba como elemento culminante del proceso unitario de las fuerzas revolucionarias, Fidel ha insistido siempre en su fundamentación martiana junto a la marxista-leninista. En 1973 dijo: “El partido de la unidad. Como el Partido Revolucionario Cubano de la independencia, hoy dirige nuestro Partido la Revolución. Militar en él no es fuente de privilegios sino de sacrificios y de consagración total a la causa revolucionaria.”

Estas consideraciones éticas que Fidel coloca en primer plano para el Partido, siguen desde luego las enseñanzas quizás más importantes de Martí: su sentido de la moral, de la dignidad humana, del camino de servicio que se ha de emprender en la vida frente a los apetitos materiales y de poder, y las vanidades de la gloria.

Hace casi treinta años Fidel manifestaba una idea que no sólo hoy es imprescindible tomarla en cuenta sino que constituye un basamento eterno para  nuestro acercamiento y nuestra  comprensión del mayor de los cubanos: “Podemos decirle a Martí que hoy más que nunca necesitamos de sus pensamientos, que hoy más que nunca necesitamos de sus ideas, que hoy más que nunca necesitamos de sus virtudes.”

Ese papel de guía eterno, de ejemplo de conducta y de alineamiento con los pobres de la tierra, frente a toda acción de injusticia, de preocupación por el decoro y la dignidad son probablemente los elementos esenciales asumidos de Martí por Fidel, quien se ha encargado de trasmitir esos valores una y otra vez.

Quizás más allá de todos sus aportes al pensamiento revolucionario, de su extraordinaria comprensión de la política, de su dedicación a su pueblo y a las causas populares, Fidel quedará para la historia como un líder moral, continuador de esa gran fuerza que proclamara Martí que es el amor, el amor a los seres humanos y a su vida digna. Cuánta verdad, pues, en su declaración pública de 1955: “Es el Apóstol el guía de mi vida.”

Continuemos, pues, la obra de Fidel, con el Apóstol como el guía de nuestras vidas.

La Habana, 25 de noviembre de 2019

[1] Palabras en el Centro de Estudios Martianos el 25 de noviembre de 2019 con motivo del tercer aniversario del fallecimiento de Fidel Castro.

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– Algunas reflexiones en torno a José Martí y el socialismo en Cuba

 

María Caridad Pacheco González

Tras haber sido apresado por los sucesos del 26 de julio de 1953, Fidel se hallaba incomunicado, con su vida bajo amenaza perenne. Todos los abogados que trataron de representarlo legalmente fueron víctimas de intimidaciones y se vieron imposibilitados de acceder al sumario y de entrevistarse con el detenido. Estas condiciones hicieron que el joven letrado asumiera su propia defensa en la Causa no. 37 de 1953 del Tribunal de Urgencia de Santiago de Cuba, por delitos contra los poderes del Estado

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Fidel y Guayasamín: el arte como puente entre los pueblos

Por: Mauricio Núñez Rodríguez

Instantes significativos del singular diálogo entre dos personalidades de la historia y la cultura latinoamericana y caribeña a lo largo de varias décadas de la segunda mitad del siglo XX, Oswaldo Guayasamín y Fidel Castro, fue la idea que protagonizó la muestra fotográfica “A 50 años del primer encuentro” que durante los meses de mayo y junio del año 2011 brindó la Casa Oswaldo Guayasamín de La Habana Vieja con el apoyo de la Sociedad Cultural José Martí y que, posteriormente, tuvo una ruta itinerante por varios países del continente empezando por Ecuador.

A propósito del cumpleaños noventa y cuatro de Fidel, rememoro ―a través de esta propuesta artística― la entrañable amistad que lo unió con el pintor ecuatoriano.

El primer encuentro entre ambas personalidades fue en el año 1961 y derivó en un diálogo intercultural intenso, plural y latinoamericano. No es casual encontrar en el contexto de esa amistad a Mario Benedetti, Juan Bosh, Gabriel García Márquez o a reconocidos escritores y artistas cubanos. Y es que la creación en su más amplio sentido caracterizó a esta comunicación.

A través del viaje que ofreció esta colección de imágenes, asistimos a instantes del proceso creativo de Guayasamín mientras preparaba el primer retrato de Fidel o a momentos en que ambos en Ecuador dialogan sobre antigüedades de arte latinoamericano precolombino o piezas de estilo más contemporáneo.

Su amistad constituye un hecho significativo en ambas biografías porque no es conocido que Fidel haya sido retratado en cuatro ocasiones por ningún otro artista plástico ni la figura de otro líder generó tal seducción en Guayasamín para recrear su imagen en varios momentos de su extensa y prolífica obra. Fue una oportuna coincidencia artística e histórica que consolida la unidad latinoamericana y caribeña que, a su vez, enaltece la obra pictórica de Guayasamín y enriquece la iconografía sobre Fidel.

Esta exposición ―que bien pudiera definirse como un ensayo fotoperiodístico de carácter histórico, sociocultural y también, latinoamericano― estuvo formada por 50 piezas: 30 pudieron ser apreciadas en el salón, mientras que otras 20 se hallaban en un álbum. La mayoría de estas imágenes son poco conocidas, muchas inéditas, otras, sencillamente únicas, atesoradas en los archivos de la Fundación Oswaldo Guayasamín en Ecuador y una pieza que pertenece a los fondos de la revista Bohemia. Gracias a la gentileza de ambas instituciones todas las obras se hermanan en esta idea.

Las fotografías que integraron aquella colección quizás no formen parte de la historia de la fotografía en Cuba; pero bien que pudieran ilustrar los programas de asignaturas relacionadas con el fotoperiodismo en especialidades de comunicación porque su valor documental es incalculable, pues atesoran para el presente y la posteridad, una amistad que convocó el arte, la creación, la admiración entre íconos históricos y estéticos de la región que José Martí definiría ―no solo desde el punto de vista geográfico― como nuestra América hace más de un siglo.

Es un recorrido fotográfico que se inicia en 1961 en el momento en que Guayasamín y Fidel en la Embajada de Ecuador en La Habana, muestran el primer retrato, en una instantánea en blanco y negro, donde se pueden ver entre los presentes al Canciller de la Dignidad Raúl Roa García y al Poeta Nacional Nicolás Guillén. La imagen que cierra la muestra está fechada en 1999 y fue tomada en el avión en que Fidel y el artista ecuatoriano volaban desde Santiago de Cuba a La Habana luego de participar en los actos por el aniversario cuarenta del triunfo de la Revolución Cubana.

Diferentes asuntos convergen en esta muestra: ceremonias oficiales, condecoraciones, encuentros informales, aniversarios o momentos del proceso creativo de un artista. Son imágenes que brindan el testimonio gráfico de varias décadas de encuentros, intercambios, diálogos.

Diferentes autores, múltiples perspectivas, ángulos, discursos, épocas, latitudes que se unifican en una sola idea: captar la admiración, el respeto y el afecto mutuo entre protagonistas del arte y la historia, entre dos hacedores del mejoramiento humano, dos soñadores, dos Quijotes de estos tiempos cuyos caminos confluyeron hace más de cinco décadas.

Es una amistad que trasciende y se multiplica en el tiempo y el espacio porque no implica únicamente a dos creadores, sino a culturas, a pueblos, a naciones, a un pensamiento, a una forma de ser y existir, a una región y a su futuro. Una comunicación expresada en imágenes que unifican desde el punto de vista cultural, histórico y humano a una zona del planeta: América Latina y el Caribe.

 

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Martí en Fidel.

Autores: Lic. Ángel Avelino Fernández Espert.

Dra. Cristina Rivero García.

Dotado de un talento excepcional, una inconmesurable capacidad para la observación y el análisis y, sobre todo, de una aguda sensibilidad; el decoro del hombre, su bienestar y felicidad, fueron en José Martí sustrato rector para sus ideas y praxis.

Tal es así que la defensa del negro y del indio, su visión sobre las nefastas consecuencias  que traería el desarrollo del naciente imperialismo para las masas humildes de norte y de Suramérica, y el conocimiento de la precaria situación económica y política de los países hispanoamericanos, que los convertían en presa fácil de los afanes expansionistas de dicho imperialismo, conllevaron a que asumiera una posición antiesclavista a la temprana edad de nueve años y posteriormente antirracista; a defender al indio ante la marginalidad que padecía y a considerarse hijo de América, con lo que asumía un latino americanismo activo;  a enarbolar un democratismo genuinamente revolucionario, concretado en lo que denominó “república nueva” o “república moral”; y a asumir un antimperialismo, también activo, al trazar un plan de acción en el que la independencia de Cuba y Puerto Rico tenían un alcance americano y universal, como factor que impediría el dominio estadounidense sobre la América hispana. Como el mismo confesó en carta inconclusa, escrita un día antes de su muerte física, todo lo que había hecho y haría era para eso.[1]

Esas ideas han estado presentes, por su trascendencia, en cada momento del devenir histórico de Cuba, como brújula que ha guiado el accionar de los revolucionarios, en la lucha por la conquista y posterior defensa de la república soberana y justa que el anheló. Existe, por tanto, una coherencia ideológica en la que Fidel, como máximo líder del proceso revolucionario cubano en su última etapa —que es en la que el sueño martiano alcanzó su plena realización— es el más fiel  exponente.

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